Nos acercamos ya a la Navidad, fiesta cristiana por definición. Desgraciadamente, y pese a esta obviedad, hoy son muchas las voces que claman por una celebración navideña que respete todos los credos religiosos, que es como desear vaciarla de su verdadero contenido. Por este motivo, comenzamos también una época, en lo cinematográfico, en la que se sucederán multitud de películas que apuntarán a este último sentido, es decir, filmes cargados de buenos sentimientos que soslayarán el auténtico significado de este tiempo: el nacimiento del Hijo de Dios. Por esta razón, y en vísperas del 25 de diciembre, recordamos y recomendamos aquí un largometraje que nos ayudará a vivir correctamente estas fiestas: Natividad (Catherine Hardwicke, 2006).
La película narra los hechos previos al nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Para ello, profundiza en la vida de la Virgen María desde el momento en que esta recibe el anuncio del arcángel san Gabriel, y en la relación que, a partir de ese instante, ella mantiene con su esposo san José. Como de la biografía de ambos solo conocemos los pocos datos que nos aporta el Evangelio, la directora de la cinta fantasea con lo que esta pudo haber sido. Así, imagina cómo habría sido la reacción de los habitantes de Nazaret al descubrir el embarazo de María, el tiempo que esta pasó junto a su prima santa Isabel o los avatares del viaje de ella y de san José hasta el lugar donde nacería Jesús; además, podemos encontrarnos pasajes dedicados al rey Herodes, del que las Escrituras también revelan pocos datos, y a los magos de Oriente.
El film está dirigido con la sencillez que merece el relato, puesto que realmente trata la entrañable historia de una mujer que aguarda con ilusión el advenimiento de su retoño; además, y dado el carácter divino de este último, lo hace de manera catequética, con el evidente propósito de instruir al espectador en el misterio. Desafortunadamente, la Virgen no está descrita con la hondura que merece, pese a que hablamos de una niña que, con toda probabilidad, dedicaba muchísimo tiempo a la oración. Esta carencia, sin embargo, es completada por la figura de su esposo, sobre el que se vuelca toda esa profundidad que aquella necesita (lo vemos cuidando de María con la devoción que lo hace hoy cualquiera de sus hijos). En cuanto a los Reyes Magos, son abordados con cierta sorna, restándoles credibilidad a los personajes, aunque no a su función de heraldos de los paganos de buena voluntad, que queda bien clara durante el metraje.
Por tanto, la película es un acertado ejercicio de verdadera Navidad, un correcto recordatorio de lo que esta supuso para el mundo y, en la actualidad, para todos nosotros, por lo que merece la pena revisarla. Como hemos dicho arriba, a lo largo de estos días, proliferarán los encuentros familiares y las cintas de buenos sentimientos, pero ni uno ni otro tendrían sentido si no los enlazáramos con aquel que los ha traído a la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho niño en Belén.
¡Feliz Navidad!
José María Pérez Chaves