Tras las elecciones generales de ayer, España consolida un parlamento en el que reina la ‘cultura de la muerte’ y los principios no negociables no tienen ni uno solo de los 350 escaños.
Como señala gaceta.es, por primera vez en la historia de la democracia, los españoles se han acostado sin saber quién será el próximo presidente de Gobierno.
El confuso parlamento nacido de estas elecciones sólo contempla dos opciones de cierta gobernabilidad: un pacto a la alemana entre los dos grandes partidos –probablemente sin la figura carbonizada de Rajoy- o un espeluznante frente de izquierdas, tan radical en sus planteamientos como extravagante en las figuras que lo encarnan. No hay más opciones, al menos si descartamos la de una nueva convocatoria electoral.
A pesar de que los dirigentes del PP se esforzaban por vender su breve e insuficiente victoria, la cara de desolación de sus líderes les desmentía por completo. El propio ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, se acercaba a los micrófonos de Intereconomía para transmitir su preocupación por la posibilidad de un gobierno radical de izquierdas. Otro gesto muy distinto se veía en las filas socialistas: a pesar del terrible batacazo del PSOE, Pedro Sánchez respiraba porque su formación es casi la única que se ha convertido en imprescindible para la formación de un Gobierno. Ya sea con unos o con otros, los menguados socialistas dispondrán de un poder de coacción parlamentaria que da un respiro al cuestionado señor de Ferraz.
Ese papel de árbitro imprescindible es precisamente el que añoraba Albert Rivera, pero sus cuarenta escaños no sirven para darle el poder ni a unos ni a otros, así que tampoco fue la noche del triunfo para los que han hecho de la equidistancia su proyecto político.
La gran paradoja de la jornada se vivía en Génova. Mariano Rajoy, que ha ganado las elecciones, es sin duda el gran derrotado.Hace sólo cuatro años ostentaba la mayoría política más amplia conseguida nunca por un partido, consolidando el poder en los principales ayuntamientos, la mayoría de las comunidades autónomas, el senado y congreso. El pasado mes de mayo se desintegraba su poder territorial, y el 20D ha culminado un desastre que puede enterrar definitivamente su carrera política. No hay precedentes de un descalabro tan vertiginoso. Su empeño en convertir el PP en un PSOE de tecnócratas, no ha convencido a casi nadie. Incluso parece evidente que una gran parte del voto que ha conservado se debe más al miedo del electorado a un Frente Popular que a un aval de su gestión.