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La niña que rezaba por la conversión de Azaña
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La niña que rezaba por la conversión de Azaña

Gabriel Ariza
20 Octubre, 2015

Hace hoy un año se trasladaron los restos mortales de Mari Carmen González Valerio, que ofreció su vida por la conversión del político de la II República.El 12 de enero de 1996 el Papa Juan Pablo II declaró Venerable a la niña María del Carmen González-Valerio, y mandó publicar el Decreto de sus virtudes heroicas. «Consta que la niña María del Carmen González-Valerio y Sáenz de Heredia -así se lee en el decreto- ejercitó en grado heroico las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, y las cardinales de Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza». Desde los primeros años después de su muerte, han sido miles las cartas recibidas agradeciendo los favores alcanzados de Dios por intercesión de María del Carmen. Más de mil de estas cartas son de niños. El proceso diocesano de beatificación lo clausuró el cardenal Vicente Enrique y Tarancón el 16 de abril de 1983. «Esta niña de nueve años -afirmó- fue dotada por Dios de excelentes cualidades morales, manifestando una entrega generosa al Señor, que culminó en su penosa enfermedad. Era capaz de entender y vivir el Evangelio con una profundidad asombrosa, que a nosotros los mayores nos conmueve». El cardenal Suquía también habló de ella como «alma recta», que «gozaba de una sensibilidad espiritual exquisita; su voluntad fue vigorosa y perseverante; practicó su bien probada virtud con sencillez y sacrificio ejemplares». Y el cardenal González Martín, escribía así a propósito de María del Carmen González-Valerio: «Los niños, por su propia índole y naturaleza, son siempre mensajeros de bondad y belleza. Son lo más hermoso que crece entre los seres humanos. Merecen que se les llame ángeles en la tierra que viven en la presencia de Dios. Esto es lo que sucedió con la niña María del Carmen». *** Su historia Segunda en una familia de cinco hijos, Mari Carmen nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Sus padres, muy piadosos, pertenecían a la nobleza española. Profesaban una devoción especial a la Virgen María y ayunaban todos los sábados en su honor. Desde el primer mes de su concepción, la madre consagró su hija a la Santísima Virgen, durante la novena de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Doña Carmen pidió que fuera conservada la pureza de su vástago y prometió vestirlo de celeste y blanco -los colores de la Inmaculada- hasta la edad de tres años. Desde su nacimiento, pareció que Dios tenía prisa de tomar posesión del alma de la niña: gravemente enferma, fue bautizada el 18 de marzo en la parroquia Santa María, de Madrid, con el nombre de Mari Carmen del Sagrado Corazón; Mari Carmen era el diminutivo de María del Carmelo. Gracias a una iniciativa de Monseñor Tedeschini, Nuncio en España y amigo de la familia, Mari Carmen recibió la confirmación a los dos años, como solía suceder en aquella época con algunos niños muy pequeños. El Espíritu Santo parecía presuroso por enriquecer a Mari Carmen con sus dones y dotarla de la fuerza que más tarde le sería tan necesaria. El llamado a la santidad Desde su tierna infancia Mari Carmen se mostró particularmente generosa. Si abre la puerta a un necesitado que llama, le entrega sus economías y luego le dice: “Ahora llame otra vez para que mamá le dé algo”. Como sabe que su madre da su ropa usada a los pobres, dice que su abrigo o sus zapatos apenas estrenados están usados, para que se los den a ellos. Por una gracia particular, pasa mucho tiempo mirando imágenes piadosas, que ordena en una caja, o a darles un “curso de espiritualidad” a sus muñecas para enseñarles a rezar sus oraciones y a hacer la señal de la Cruz. Desde los cuatro o cinco años dirige el rosario en familia y recita de memoria las letanías de la Virgen en latín, hecho frecuente en numerosos hogares cristianos de la época. En una ocasión, mientras jugaba con su hermano Julio, su abuela le pregunta a éste si quiere ser santo. Julio responde que sí y Mari Carmen exclama enfáticamente: “¿Pero sabes lo que es? ¡Para ser santo hay que sacrificarse!” La pequeña hace su primera comunión a los 6 años, el 27 de junio de 1936, el día en que la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, a quien su padre profesaba una devoción muy especial. Mari Carmen está perfectamente preparada, gracias a su inteligencia y a un correcto conocimiento del catecismo. Su madre explica: “Yo estaba convencida de que España, y nuestra familia en particular, iban a atravesar un período muy difícil; se notaba que se estaba preparando una persecución religiosa y quería que ella hiciera su primera comunión”. Y agrega: “Ella comenzó realmente a santificarse después de su primera comunión”. A partir de ese día, Mari Carmen comienza a asistir a misa y a comulgar diariamente. Torrentes de odio En efecto, algunos días más tarde explota la guerra, La persecución contra la Iglesia, que había comenzado algunos años antes, se hace demás violenta y se traduce por una voluntad terrible de aniquilar todo lo que es católico. “No creemos -dicen los obispos españoles- que haya habido jamás, en la historia del cristianismo, un estallido semejante de odio contra Jesús y contra la religión, manifestado en todos los aspectos del pensamiento, de la voluntad y de la pasión, y ello en sólo algunas semanas… Los mártires se cuentan por miles”. A fin de agosto es arrestado el padre y conducido a la “checa”, una prisión donde los detenidos eran sometidos a juicio sumario. Don Julio González Valerio es asesinado algunos días después. Justo antes de ser arrestado, había confiado a su esposa: “Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España, para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”. Oremos por papá y por quienes lo mataron Tras la muerte de su marido, doña Carmen se halla en gran peligro debido a sus lazos familiares con personalidades políticas del país. Se refugia en la embajada de Bélgica, confiando sus hijos al cuidado de su tía Sofía. Cuando ve partir a su madre, Julio, el hijo mayor, se siente persuadido de que va a sufrir la misma suerte que su padre. Mari Carmen consuela a Julio y a la tía Sofía, quien también está muy angustiada: “Recemos el Rosario y las oraciones a las llagas de Jesús”. “Durante su estadía en mi casa -testimonia su tía- la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. En su espíritu infantil, los asesinos se encarnaban en el presidente de la República, Azaña. Más tarde, en ocasión de preguntar: “Mamá, ¿Azaña irá al cielo?”, su madre le explicó que si ella se sacrificaba y rezaba por él, sería salvado. El 11 de febrero de 1937, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, los niños se unen a su madre en la embajada, escapando así al peligro de ser deportados a la URSS para ser educados allí en el marxismo. Mari Carmen ayuda a su madre, y sin embargo es aún una niña muy pequeña. Un día, su madre debe retarla al verla jugar con una muñeca que había quedado en la casa, y por la cual había pedido al embajador que la fuera a buscar. Finalmente, el 31 de marzo, la familia puede ser evacuada y logra pasar a la España nacionalista para instalarse en San Sebastián. Mari Carmen finaliza el año escolar en el colegio del Sagrado Corazón, y en octubre de 1938 ingresa como interna al colegio de las religiosas irlandesas de Zalla. En una carta a su abuela le dice: “Me gustaría mucho que me mandaras lana para hacer abrigos para los pobres”. Durante las vacaciones regresa su casa. Al ver a su madre agobiada por sus preocupaciones domésticas, le dice: “Mamá, te ocupas demasiado de las cosas de la tierra; deberías orar más”. Y ante la respuesta de su madre: “Hijita, es necesario que me ocupe de la casa”, insiste: “Mamá, el Cielo es tu casa…” Me he entregado En el transcurso de las vacaciones de Semana Santa, el 6 de abril de 1938, Jueves Santo, Mari Carmen asiste a misa con su abuela, que comprende mejor que nadie la profundidad espiritual de su nieta. Al entrar a la Iglesia, la niña pregunta: “¿Abuela, me entrego?” La abuela asiente, sin comprender bien lo que quiere decir su nieta; y luego cuenta: “La seguí después de la comunión; se hubiera dicho que la transportaban los ángeles. Se cubrió el rostro con sus pequeñas manos, luego se quedó un momento arrodillada en acción de gracias. A la salida de la Iglesia, me preguntó el sentido exacto de entregarse, y le respondí: es darse por entero a Dios y pertenecerle completamente. Ya en la calle, insistió para ir a la confitería e invitar a todos” No se trataba de un capricho para satisfacer su glotonería: sus padres tenían la costumbre de celebrar las fiestas del Señor comprando tortas a la salida de misa; su deseo de adquirirlas indicaba la importancia que Mari Carmen atribuía a ese momento. Nunca más habló de ese don; fue su secreto. Poseía un cuaderno en cuya tapa había anotado “personal”. Ese cuadernito, así como agenda, estaban dentro de un sobre cerrado con varios trozos de papel de pegar en los que también se leía: “Completamente personal, completamente personal, completamente personal”. Después de su muerte, se leyó en su agenda: “Me entregué a Dios en la parroquia del Buen Pastor, el 6 de abril de 1939″. No se puede precisar con certeza cual fue el motivo de su ofrenda, pero es seguro que más tarde, cuando cae enferma, esas palabras tomaran su sentido: se ha ofrecido por su padre y por quienes lo mataron. “Que se haga su  Voluntad” El 8 de abril, al regresar del colegio, Mari Carmen debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal. Una de sus compañeras de entonces ha escrito: “Desde que fue llevada a la enfermería, comenzó a hablar de su muerte con términos cuyo sentido exacto ya no recuerdo, pero nos hacían comprender que moriría pronto, lo cual nos conmovió hondamente porque en ese momento nada lo presagiaba”. La niña no tardó en anunciar aun el mismo día de su muerte. Mari Carmen se da a un abandono que se manifiesta en los menores detalles. En ocasión de que una religiosa corre las cortinas de su habitación diciéndole que esa luz debe molestarle, responde: “Gracias, Madre, que el Buen Dios se lo devuelva”. Pero entra otra religiosa y descorre las cortinas para alegrar el ambiente. Mari Carmen le agradece de igual manera “Gracias, Madre, así está bien”. Cuando su madre le propone pedirle al Niño Jesús que la sane: la niñita exclama: “No, mamá, no pido eso, pido que se haga Su Voluntad”. El 27 de mayo se la transporta a Madrid y allí es operada. Pero ya se sabe que la lucha será en vano; a pesar de ello, los médicos no renuncian a probar toda la medicación posible, por dolorosa que sea, causándole con ello un martirio inútil. Su enfermera testimonia: “Cuando le colocábamos el suero en las venas de las manos, porque las otras estaban dañadas, nos pedía que rezáramos. Entonces orábamos un Credo y un Padrenuestro, todas juntas con ella. Rezaba muy lentamente, y cuando la inyectábamos rezaba mucho más rápido”. De esta manera, soportaba más de veinte inyecciones de toda clase y en cualquier dosis: tonificantes cardíacos, sulfamidas, suero, inyecciones endovenosas… todas muy dolorosas; cada vez era más difícil hallar una vena en sus manos. La diarrea era “una de las cosas que más la hacía sufrir” debido a su amor a la higiene. Jesús!… La septicemia impide la cicatrización de una de sus orejas, atacada por el mal. Para facilitar la curación de su oreja, es menester cortarle algunos mechones de su cabello. La niña comenta: “Desde esos cabellos que acaban de cortarme, hasta la uña del meñique del pie, me duele todo el cuerpo”. Está repitiendo sin saberlo las palabras de Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay nada sano en él (Is. 1, 6). Viene a sumarse una doble flebitis, en las piernas se forman llagas gangrenosas. El simple contacto de las sábanas se vuelve un suplicio y se desmaya cuando las cambian. A nadie le viene en mente aliviar su fiebre, ni sus sufrimientos, ni sus largas noches de insomnio administrándole analgésicos o calmantes… Solamente el nombre de Jesús la ayuda a soportar el sufrimiento. En su lecho de dolor, Mari Carmen sigue pensando en los niños pobres. El doctor Blanco Soler explica: “La capacidad de amor de esta niña era tan extraordinaria que desbordaba de su cuerpecito, y en todas sus miradas, sus gestos, su conducta, se veía ese profundo amor místico que la pequeña guardaba en su corazón”. A veces, alguien le trae libros para que se distraiga; pero ella no mira más que el conocido cuaderno parroquial “Jesús mío”, y siempre en la misma página: una donde se ve un ángel que lleva un niño apretado contra él, sobrevolando, entre sus estrellas, la cruz y los cipreses de un cementerio. Se trata del alma y en el texto se lee: “Cuando se oyen trinos en un matorral, no es el matorral que canta sino una avecilla en él escondida. En cuanto a nosotros, pensamos, deseamos y conservamos el recuerdo de las cosas: es el alma quien piensa y recuerda. El alma no morirá nunca, y cuando el cuerpo sea enterrado, el alma será juzgada por Dios”. A través de sus sufrimientos Mari Carmen ve la manifestación de la bondad de Dios. Frecuentemente le pide a su mamá: “Cántame ¡Qué bueno eres, Jesús! ¡Qué bueno eres!”, y siempre se emociona. “Me voy al Cielo” Mari Carmen había dicho que la Virgen María vendría a buscarla el día de su cumpleaños, el 16 de julio. Cuando se enteró de que su tía Sofía se casaría ese día, anunció que moriría al día siguiente. La víspera del casamiento, la tía va a verla y le dice que le traerá flores. La niña responde: “Envíame solamente flores de lis, ésas las necesitaré” El 17 en la mañana, Mari Carmen se sienta en su cama, cosa que no podía hacer desde hacía ya largo tiempo. Y dice: “Hoy me voy a morir, me voy al cielo!”. Doña Carmen congrega a toda la familia alrededor de la niñita. Esta pide perdón por no haber sabido amar a Maripé, su enfermera, y por haber omitido alguna vez sus oraciones. Después, le pide a su mamá que cante: “Qué bueno eres, Jesús!…” Y muy simplemente le dice: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?” A las trece horas, Mari Carmen se recoge totalmente, “en un recogimiento sobrenatural”, dirá su abuela. Y aconseja: “Ámense unos a otros”. Muero víctima Su mamá narra: “Mari Carmen se sentó en su cama, tendió sus bracitos abiertos al cielo y pareció querer librarse de algo que la molestaba, diciendo: ¡Déjenme, quiero irme! Cuando se le preguntó adónde quería ir, respondió: ¡Al cielo! Voy a él sin pasar por el Purgatorio, porque los médicos me han martirizado. Mi padre murió mártir, yo muero víctima”. Al médico que quiere aún retenerla en la tierra, le dice: “Déjenme partir, ahora, ¿no ve que la Santísima Virgen viene a buscarme con los ángeles?” Y ante la estupefacción de todos, dice: “Jesús, María, José, asistidme en mi última agonía! Haced que muera en vuestra compañía!” Son sus últimas palabras; cae sobre la almohada y exhala el último suspiro sin agonía, sin ninguna contracción del rostro. Son las tres de la tarde. En el momento de su muerte, Mari Carmen estaba destrozada y deformada físicamente por la enfermedad, pero uno de sus tíos, que se hallaba junto a su cama, exclama: “miren qué bella se vuelve!” Cuando murió, cambió completamente, un dulce perfume emanó de ella, totalmente diferente del de las flores que la rodeaban. La rigidez había desaparecido. Se transfiguró de tal manera, que el médico legista al principio se negó a certificar el deceso; afirma que la niña está ciertamente muerta pero que ese cuerpo no es un cadáver. Mari Carmen fue vestida con el vestido de su primera comunión y depositada entre las flores de lis del casamiento de su tía. La conversión de Azaña Un año más tarde, el 3 de noviembre de 1940, el presidente Azaña muere en Montauban. Según el testimonio de Monseñor Théas, obispo de la diócesis, que en ese momento le prestaba su asistencia espiritual, Azaña, a pesar de los amigos que lo rodeaban, “recibió con toda lucidez el sacramento de la penitencia, expirando en el amor de Dios y la esperanza de verlo”. Sin ninguna duda, ignoraba que su ruta se había cruzado con la de una niñita de nueve años que había orado y sufrido por él. Tomado de : Salutaris Hostia  

Gabriel Ariza


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