Las mentiras de la superpoblación, al descubierto

Las mentiras de la superpoblación, al descubierto

superpoblacion Una empresa china estudia multar a las trabajadoras que se queden embarazadas sin permiso de sus jefes. Una consecuencia más de las mentiras de la superpoblación. Rosa Cuervas-Mons / Gaceta.es Multadas por quedarse embarazadas sin permiso de su empresa. Es la realidad a la que tendrán que hacer frente las trabajadoras de una firma financiera china, con sede en la provincia de Henan, de salir adelante el «borrador» que plantean los directivos de la empresa. Se trata solo de la última restricción del gigante asiático, experto en ejercer presión antinatalista a sus ciudadanos y principal promotor de  la política del hijo único, vigente todavía -aunque con cierta apertura- en el país. Discípulos destacados de la corriente malthusiana que alertó a finales del XVIII del problema de la superpoblación, empresarios y políticos chinos han creído encontrar en la reducción del número de nacimientos la solución a sus problemas de “exceso de habitantes”. Pero, ¿es realmente la superpoblación un problema? O, más aún, ¿existe de verdad la superpoblación? Fue en 1968 cuando Paul Ehrlich esbozó en The population bomb (La bomba de la población) el futuro que esperaba a la humanidad. Habló de una Inglaterra devastada, con 70 millones de personas hambrientas y con tendencias caníbales… en el lejano año 2.000. Con 15 años de margen de error, hoy se puede afirmar sin lugar a dudas que Elrich se equivocó: la población en Reino Unido no supera los 65 millones y, de tener un problema con la comida, este es, a buen seguro, por exceso de calorías y no por defecto. No es el único error del entomólogo (sí, experto en insectos) visionario: aseguró que en 1980 la esperanza de vida en Estados Unidos sería de 42 años debido al uso reiterado de pesticidas y calculó que en 1999 la población restante descendería hasta los 22,6 millones de personas. En 1999 la población de EE.UU superaba los 279 millones y la esperanza de vida del país es de 78 años. A pesar de sus errores, Ehlrich sigue defendiendo sus apocalípticas teorías y, por supuesto, la baja natalidad. A su juicio, de los más de 7.300 millones de personas que pueblan la Tierra, sobra más del 70% si queremos que el planeta ‘nos acepte’ a largo plazo. «Si todos quieren vivir como estadounidenses, tendríamos que ser menos de 1.000 millones. Si queremos vivir como un ciudadano de México, entre tres y cuatro mil millones», decía en 2014 en una entrevista concedida a El País. Partidario -en último extremo, eso sí- de la esterilización forzosa y defensor convencido de una «presión suave» por parte de los gobiernos «con sistemas contraceptivos» para reducir la natalidad, fija la tasa de reproducción ideal en 1,5 hijos por familia. «Con familias de padres maravillosos que tengan tres hijos y gente que no tenga ninguno».

‘El equilibrio llega por sí solo’

Sin necesidad de ver si se cumplían o no las predicciones del experto, el beatle John Lennon, preguntado en 1971 por el problema de la superpoblación, respondió con un sencillo y contundente «no creo en eso. Pase lo que pase, el equilibrio llegará por sí solo. No creo en limitar el número de personas». Menos científico, pero más acertado que Ehlrich. Más de cuatro décadas después, el verdadero problema en muchos países desarrollados es la escasa natalidad, que amenaza el equilibrio económico. Respecto al alimento disponible -mal repartido y mal gestionado, eso sí- podría alimentar con creces a la población mundial. Hasta el progresista ‘New York Times’ reconoció el mes pasado que los horrores que preveía la teoría de la superpoblación no tenían demasiado sentido y un discípulo de Ehrlich, Stewart Brand (otrora partidario de limitar la natalidad) señalaba que la cuestión de la superpoblación se había convertido, en realidad, en una cuestión de misantropía (aversión al género humano). El error ya lo han detectado los expertos: extraer conclusiones sobre el futuro de la humanidad sin tener en cuenta las capacidades del ser humano para reaccionar ante las dificultades –el progreso- conduce, irremediablemente, a la equivocación. Pero eso da igual. Donde quepa una teoría catastrofista, que se quite el sentido común.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando