Hoy celebramos a San Isaías, el conocido profeta, que en tiempo de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá, fue enviado a manifestar a Dios a un pueblo infiel y pecador. Murió martirizado bajo el reinado de Manasés.
En hebreo su nombre significa «Yahvéh es salvación». Este profeta, uno de los más importantes en la historia de Israel, vivió en el siglo VIII antes de la llegada de Jesús. Y como Jesús, pertenecía a la tribu de Judá.
Su actividad profética duró casi medio siglo, que abarcó cuatro reinados: Ozías (783-742), Jotam (742-735), Ajaz (735-715) y Ezequías (715-687).
Isaías estaba casado y tenía, al menos, dos hijos. El escenario de su actividad fue Jerusalén probablemente y tuvo lugar durante una trágica época para el pueblo hebreo. La amenaza asiria mermaba la moral de los judíos. Conquistas por parte de extranjeros de la tierra que Dios donó a los hijos de Abraham.
Si la crisis ‘geopolítica’ era fuerte, más lo era la espiritual, y ahí es donde entraba el profeta Isaías, tratando de arengar al pueblo elegido. Despertando ese espíritu nacional, cuya base era la fidelidad a Yahvéh, el único Dios, cuya supremacía estaba siendo cuestionada por parte del pueblo debido a las influencias extranjeras y la laxitud de los gobernantes.
Según la tradición, murió martirizado bajo el reinado de Manasés. Pero con su muerte no acabó ‘su’ obra. El libro de Isaías de la Biblia está diferenciado en tres partes. La primera está escrita por nuestro protagonista, pero la segunda y tercera por profetas anónimos influenciados por el espíritu de este santo. Les llamamos Segundo y Tercer Isaías y profetizan en períodos separados en el tiempo, entre ellos, y del profeta Isaías.