Así relataba Parolin en 2007 su viaje a Vietnam

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ppal2 Durante el mes de Marzo de 2007, el recién nombrado Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, visitó Vietnam con una delegación de la Santa Sede. Al regresar, escribió esta carta que hoy les traemos, para la revista 30 giorni, dirigida por Giulio Andreotti. Del 5 al 11 de marzo del 2007 una delegación de la Santa Sede se trasladó a Vietnam por decimocuarta vez. La serie de visitas fue inaugurada en 1989 por el cardenal Roger Etchegaray. Sucesivamente, la delegación de la Santa Sede siempre ha sido guiada por el sub-secretario para la relación con los estados, en orden, Claudio M. Celli y Celestino Migliore. Para mí se trató de la segunda visita, después de la del 2004. En el 2005 vino a Roma una delegación vietnamita y en el 2006 no pude andar por causa de las asuntos en la sección para la relación con los estados. Me acompañaron Luis Mario Montemayor, consejero de nunciatura en la secretaria de Estado y Bernabé Nguyên Van Phuong, vietnamita, jefe de oficina de la congregación para la evangelización de los pueblos. El programa fue muy intenso, dividido en una parte, por llamarla de una forma, “política” y otra “eclesial”, que corresponden a los dos objetivos propios de las visitas, que es continuar los contactos con las autoridades vietnamitas y reunirse con la Iglesia local. En la práctica, la delegación de la Santa Sede desarrolla, por una semana, los deberes que en los otros países son confiados a los legados políticos, ya que en Vietnam todavía no hay un representante del Papa. Encontramos la misma acogida cordial del 2004, con la ventaja, respecto a entonces, de conocer ya a muchos de nuestros interlocutores, con los cuales por lo tanto se ha tratado de reforzar esos vínculos de respeto, estima y confianza que son muy apreciados por la sociedad vietnamita y que hacen más fluido el diálogo, sobre todo sobre las cuestiones espinosas. Nuestra visita seguía a la venida al Vaticano, el pasado enero, del primer ministro Nguyên Tân Dung, que en aquella ocasión se había reunido con el Papa Benedicto XVI y los superiores de la secretaría de Estado. Quizá precisamente esa circunstancia contribuyó a hacer todavía más atenta y constructiva la acogida hacia nosotros. Lo notamos por tantos detalles, desde el modo en que fuimos tratados hasta la cobertura mediática que dieron a nuestra presencia. El nutrido programa de diálogos con las autoridades vietnamitas tuvo su punto culminante operativo en las tres sesiones de trabajo con el comité para los asuntos religiosos, presidido ad interim por Nguyên The Doanh. Después se tuvieron las visitas de cortesía al primer viceministro de los asuntos exteriores Le Cong Phung, al vicepresidente de la comisión par los asuntos exteriores del comité central del partido comunista de Vietnam, Pham Xuan Son, y al presidente del comité para los asuntos exteriores de la asamblea nacional, Vu Mao. Durante las visitas a las provincias de Binh Dinh, Kontum y Gia Lai nos reunimos también con los presidentes de los comités populares locales: los organismos que gobiernan las provincias en las que está subdividido el país. En las reuniones de trabajo se afrontaron cuestiones referentes a la vida y la actividad de la Iglesia católica en Vietnam – como por ejemplo, el nombramiento de los obispos y la construcción o reconstrucción de los lugares de culto – y las relaciones entre Iglesia y Estado. Es sabido que la política religiosa del gobierno vietnamita está contenida en la ordenanza sobre las creencias y sobre las religiones del 18 de junio del 2004, y gira en torno a los dos principios según los cuales los creyentes – y por tanto también los católicos – son parte integrante de la nación y el Estado se compromete a responder a sus legitimas exigencias. La delegación ha recibido información sobre tal ley y sobre la necesidad de asegurarle una aplicación siempre más uniforme en todo el país, como también sobre la posibilidad de mejorarla donde sea necesario, teniendo en cuenta de las sugerencias de las comunidades religiosas que nacen de la experiencia, con la finalidad de que la libertad religiosa, que es un derecho fundamental de los individuos y de la comunidad, pueda ser cada vez más respetada y hecha realidad. Objeto de los diálogos fueron también las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Vietnam. Aunque por el momento no hayan sido fijados los plazos, creo que se ha dado un notable paso adelante: por parte vietnamita se nos refirió que el primer ministro ha dado instrucciones a los órganos competentes de examinar la cuestión y nos han propuesto dar vida, en los próximos meses, a un grupo de expertos encargado de estudiar tiempos y modalidades concretas para iniciar el proceso de enlace de las relaciones diplomáticas. Hemos dedicado el jueves 8 y el viernes 9 de marzo a las últimas dos diócesis que todavía no habían recibido una visita de la delegación de la Santa Sede, Quy Nhon y Kontum, al centro del país, en la provincia eclesiástica de Huê. Han sido días intensos y, agrego, no poco fatigosos por los horarios y desplazamientos en automóvil y en avión (una lluvia torrencial nos hizo contener la respiración al momento de aterrizar en el aeropuerto de Quy Nhon), pero la experiencia eclesial vivida ha pagado largamente las eventuales incomodidades. En Quy Nhon nos acogieron el vicario general y casi todo el clero de la diócesis, junto a numerosísimos fieles que llenaban el recinto de la catedral engalanado de fiesta (el obispo Pierre Nguyên Soan estaba ausente porque estaba internado en el hospital). Allí celebramos la santa misa orando por el Papa y por la Iglesia en Vietnam. De la ciudad, que da cara al mar, nos desplazamos al interior, hasta la parroquia de Goi Thi, que fue el centro de la irradiación de la fe cristiana en la región y conserva la memoria del gran obispo mártir Etienne-Théodore Cuénot [1802-1861], francés, vicario apostólico de la Cochinchina oriental. También nos hemos acercado a venerar el santuario, meta de continuas peregrinaciones, después de un momento de oración en la amplia y bella iglesia parroquial, que rebalsaba de gente, en su mayoría jóvenes, muchachos y niños, y después hicimos nos detuvimos donde las religiosas Amantes de la Cruz de Quy Nhon. Es difícil expresar las emociones, los sentimientos, el reconocimiento al Señor, la alegría espiritual que se sentían en tales situaciones. En los encuentros públicos repetía siempre que lo que estábamos recibiendo era mucho más de lo que habíamos llevado. En la relación que al final del viaje entregaríamos al Santo Padre, anoté la dificultad de relatar una realidad así por escrito, y también por esto he deseado que llegue pronto el día en que el Papa mismo pueda darse cuenta de ello en persona. Hemos vivido experiencias análogas en la diócesis de Kontum, una circunscripción eclesiástica situada en los altiplanos centrales, habitada en su mayoría por las etnias minoritarias de los Montagnards. La eucaristía, concelebrada por la delegación con el obispo Michel Hoâng Dúc Oanh y muchos de sus sacerdotes, ha recogido en la plaza localizada frente a la catedral más de cincuenta mil fieles, en una velada climáticamente tibia, pero cálida en fe, en devoción, en amor al Papa, en testimonio cristiano. La mañana siguiente celebramos la santa misa en al iglesia de Pleicheuet, construida sobre el modelo de una casa común de los Montagnards, con el techo de paja, altísimo. La gran parte de los parroquianos son neófitos. Se veía en sus ojos la alegría de la fe y de la pertenencia a la Iglesia católica, que expresaban con sus coloridos trajes tradicionales, el sonido de sus instrumentos, los movimientos de danza que acompañaban los varios momentos litúrgicos. Al final, continuamos el encuentro en un clima de fiesta, degustando el alimento típico de los Montagnards sin rechazar, aun temprano en la mañana, un sorbo del licor de alto grado alcohólico que obtienen del arroz. El resto de la mañana trascurrió visitando varias instituciones de la Iglesia en Pleiku, escuelas maternas, internados, centros de minusválidos, etc., que expresan la atención y el compromiso de la Iglesia católica hacia estas poblaciones, que se estaban y están enfrentando todavía dificultades debido a varios tipos y situaciones de desventajas. No puedo además olvidar los encuentros con los alumnos del seminario mayor y las religiosas Amantes de la Cruz en Hà Nôi, las santas misas celebradas en la catedral de la capital, en presencia del arzobispo Joseph Ngô Quang Kiêt – con el que nos habíamos reunido junto con el presidente de la conferencia episcopal del Vietnam, Paul Nguyên Van Hóa, obispo de Nha Trang, y al eminentísimo cardenal Jean-Baptiste Pham Minh Mân, arzobispo de Hô Chí Minh Ville, venidos especialmente a Hà Nôi –, y en la parroquia de Ha Long (en la diócesis de Hai Phòng, vecina a China), antes de la excursión turística en la homónima bahía, inscrita en al UNESCO entre los lugares declarados patrimonio mundial de la humanidad. En todas estas ocasiones siempre me ha impresionado profundamente el modo de orar de las personas, lleno, atento y devoto y, al mismo tiempo, muy involucrado en el aspecto comunitario: niños y adultos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres cantan y responden juntos. Me ha impresionado el amor, la adhesión y la fidelidad al obispo de Roma, sentimientos de los cuales hemos recibido pruebas continuas. Es una Iglesia valiente, dinámica, plena de vitalidad, de las que son signo entre otros, los numerosísimos candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa. Es una Iglesia que se compromete a favor de la sociedad y cuida a cuantos se encuentran en necesidad, mientras espera poder tener un mayor compromiso en el campo educativo y social, para ofrecer un aporte cada vez más cualificado y eficaz al país y a todos sus habitantes, prescindiendo del hecho que sean creyentes o no, o que pertenezcan a uno u otro grupo religioso. En fin, es una Iglesia que toma conciencia de los problemas ligados a la rápida industrialización del país y al tumultuoso desarrollo económico (Vietnam, con una tasa de crecimiento de 8,4 por ciento previsto para el 2007, está en segundo lugar entre las economías del mundo que se desarrollan más rápidamente) y que quiere prepararse para responder a esta nueva situación, para continuar a ser sal y levadura e iluminar a todos con el feliz anuncio del Evangelio.

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