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A buen juez, mejor testigo (fragmento)
Allá por el Miradero,
por el Cambrón y Bisagra,
confuso tropel de gentes
del Tajo a la vega baja.
Vienen delante don Pedro
de Alarcón, Iván de Vargas,
su hija Inés, los escribanos,
los corchetes y los guardias;
y detrás, monjes, hidalgos,
mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
en la vega les aguarda,
cada cual comentariando
el caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez,
en apostura bizarra,
calzadas espuelas de oro,
valona de encaje blanca,
bigote a la borgoñona,
melena desmelenada,
el sombrero guarnecido
con cuatro lazos de plata,
un pie delante del otro
y el puño, en el de la espada.
Los plebeyos, de reojo le miran
de entre las capas;
los chicos, al uniforme,
y las mozas, a la cara.
Llegado el gobernador
y gente que le acompaña,
entraron todos al claustro
que iglesia y patio separa.
Encendieron ante el Cristo
cuatro cirios y una lámpara
y, de hinojos, un momento
le rezaron, en voz baja.
Está el Cristo de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos que una vara;
hacia la severa imagen,
un notario se adelanta,
de modo que, con el rostro,
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez;
a otro lado, a Inés de Vargas;
detrás, el gobernador,
con sus jueces y sus guardas.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo
así demandó, en voz alta:
–Jesús, hijo de María,
ante nos, esta mañana,
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día,
a vuestras divinas plantas,
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?
Asida a un brazo desnudo,
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma
y, allá en los aires, ‘¡sí juro!’
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa…
Los labios tenía abiertos
Y una mano, desclavada.
José Zorrilla