Por Joseph R. Wood
Estamos a pocos días de iniciar la Novena a san Agustín, cuya fiesta se celebra el 28 de agosto. A mi parecer, cualquier excusa es suficiente para hablar del pensamiento de este gran santo. Su fiesta, en el primer año del pontificado del agustino León XIV, sencillamente no puede pasar desapercibida.
Durante una pausa en las conversaciones sobre fe y razón en el Free Society Seminar de este verano de 2025 en Eslovaquia, nuestro editor jefe y yo compartimos la sensación común de que, tras bastantes años de compromisos filosóficos, quizá el mayor placer y luz provienen de leer a san Agustín y a uno de sus influjos, Platón.
Agustín pensaba que los platónicos eran, entre los filósofos paganos, los más cercanos a las grandes verdades del cristianismo. Al leer su Ciudad de Dios, parece evidente que también estaba familiarizado con Aristóteles. Las influencias fueron indirectas: conoció a Platón a través de escritores “neoplatónicos” que vivieron siglos después, y tenía la obra de Cicerón sobre la filosofía griega.
El papa Benedicto XVI buscó devolver a primer plano elementos de la teología de san Agustín, subrayando los aspectos relacionales de nuestro ser humano como igual de importantes que nuestra razón. La naturaleza racional que se nos da a imagen de Dios había recibido gran atención en la tradición tomista, pero otros aspectos de la divinidad para los que estamos hechos a veces quedaron oscurecidos.
En su Summa Theologiae, santo Tomás cita constantemente a san Agustín, más que a cualquier otro Padre de la Iglesia y (dependiendo de qué conteo se acepte) incluso más que a Aristóteles. Dejemos la contabilidad exacta a otros, pero la dependencia de Tomás en estas dos fuentes es evidente.
Parece tener al menos dos proyectos en mente. Primero, corregir las muchas interpretaciones erróneas de Agustín que habían surgido en los ocho o nueve siglos entre ambos.
Segundo, reconciliar el pensamiento de Agustín y Aristóteles. Ambos tenían mucho que decir sobre la vida natural del hombre y los aspectos divinos o sobrenaturales del cosmos.
Esa reconciliación no alinea a los dos perfectamente, y a veces Tomás parece forzar un poco su argumento. Pero demuestra que la razón de Aristóteles (y la nuestra) puede llevarnos muy lejos hacia las verdades que, en última instancia, la enseñanza católica –basada en gran parte en los dones de fe y razón de san Agustín– puede comprender y expresar mejor.
Como explica Agustín en Sobre el libre albedrío, usamos nuestra razón para entender mejor los preceptos revelados de la fe, aunque los misterios cristianos están, en definitiva, más allá de nosotros.
Aristóteles no fue el único filósofo pagano que atrajo la atención de Agustín. En La ciudad de Dios, también se ocupa de los estoicos.
Algunos piensan en el estoicismo como un “culto al sufrimiento,” pero está lejos de ser cierto, si entendemos “culto” como adoración o amor al sufrimiento por sí mismo. Los estoicos se preocupaban por la paz interior, lo que requería aceptar el sufrimiento como parte de nuestro “destino” y como medio para cultivar virtudes necesarias. Aceptamos el sufrimiento, pero no lo amamos por el mero hecho de sufrir, y esa aceptación contribuye a la paz del alma.
Los dioses de los estoicos estaban hechos de materia, como nosotros. Creían que el sufrimiento que soportamos es enviado o permitido por los dioses para nuestro propio bien; nuestro error es pensar que es un mal, lo cual sacude nuestra paz.
Lo que le faltaba al estoicismo era un sentido eterno y espiritual de nuestro sufrimiento en esta vida. Sin vida eterna, el sufrimiento podía ayudarnos a ser más virtuosos en esta vida, pero no podía conducirnos a la salvación espiritual y a la resurrección del cuerpo.
San Agustín criticó particularmente a los estoicos por su aprobación e incluso admiración del suicidio. El cristianismo católico ofrecía un camino mejor hacia una paz verdadera y definitiva.
En nuestros días, la resignación estoica atrae a muchos que, faltos de fe, no tienen esperanza en los grandes dones de la entrega cristiana. Leer a san Agustín, especialmente sus Confesiones, y ver cómo su culpa por los pecados se transformó en fe, esperanza y amor, podría ayudarles a abrirse a esos dones.
De nuevo, en La ciudad de Dios, Agustín cita los Salmos para introducir la idea de su título. Esa ciudad está compuesta por los santos en el cielo y por quienes aún peregrinan en la tierra. Son las almas que se han vuelto a Dios, adorándole y rindiéndole culto.
Por el contrario, la ciudad terrena, a veces llamada la ciudad del hombre, está compuesta por aquellos que se aman a sí mismos y orientan su vida y sus elecciones en esa dirección, sin preocuparse por lo divino.
Las dos ciudades están mezcladas en la tierra. Las comunidades políticas terrenales –las ciudades– albergan una mezcla de la Ciudad de Dios y de la ciudad terrena.
Así que en esta vida no hay barrera entre las dos ciudades, aunque sí existe un abismo entre los componentes de la Ciudad de Dios en la eternidad y en el tiempo. Y si existiera tal barrera, ninguna fuerza política, ni siquiera un emperador romano, podría franquearla. Solo Dios encarnado pudo hacerlo, al cruzar ese abismo hacia nosotros.
Ambas ciudades tienen la paz como fin, como también esperaban los estoicos. La Ciudad de Dios tiene en el cielo –y avanza hacia ello en la tierra– una paz definitiva. La ciudad del hombre también quiere paz, aunque sea solo para disfrutar de los bienes temporales que prefiere al horizonte divino.
Somos afortunados, dice Agustín, si vivimos en un tiempo y lugar donde podemos gozar de paz terrena.
Pero todos nuestros intentos de progreso jamás harán que la ciudad terrena se convierta en la Ciudad de Dios sobre la tierra. Esa renovación de todas las cosas solo se completará al final de los tiempos, por elección de Dios, no por nuestra voluntad. Y aunque nuestros esfuerzos por mejorar nuestra condición y aliviar el sufrimiento de quienes nos rodean son esenciales, nuestra exigencia de perfección terrena es inútil e incluso peligrosa.
El papa Benedicto nos dio un gran regalo al recordarnos la enseñanza de san Agustín. Ahora veremos qué nos dará el nuevo papa de la orden del gran santo en su fiesta.
Sobre el autor
Joseph Wood es profesor adjunto en la School of Philosophy de The Catholic University of America. Es un filósofo peregrino y un ermitaño fácilmente accesible.
