Un intercambio en X entre dos sacerdotes volvió a colocar bajo los focos una cuestión delicada: cómo hablar del racismo desde la doctrina católica sin caer en consignas ni en eufemismos.
“El racismo es pecado, no una virtud.”
La sentencia inicial, escrita por el sacerdote JM. Marín, que por sí misma recoge la enseñanza de la Iglesia, recibió la respuesta del presbítero Luis Gil, que pidió mayor precisión:
“El pecado tiene que ser de pensamiento, palabra, obra u omisión. Reducid lo que llamáis ‘racismo’ a una de estas cuatro y lo discutimos.”
El racismo como pecado contra la dignidad humana
El padre JM. Marín defendió que el racismo “se puede dar en las cuatro formas” y que, en consecuencia, constituye un pecado directo contra la dignidad del prójimo y contra la virtud de la justicia.
Según esta visión, no hay espacio para la ambigüedad: el racismo debe ser denunciado y condenado como ideología y como práctica. “Es un pecado contra la dignidad de todo hombre y contra la doctrina católica”, escribió.
Reclamo de discernimiento: “Estoy saturado de generalidades”
El padre Luis Gil, sin negar la condena, advirtió que hablar en abstracto banaliza la gravedad del pecado. “Discernimiento. Estoy saturado de generalidades”, afirmó, insistiendo en que la Iglesia debe concretar qué acciones, pensamientos u omisiones constituyen pecado de racismo.
“Dejen de hablar de racismo en abstracto. Bajen a la realidad y digan qué acciones son pecado.”
Para ilustrar su postura relató un caso de su ciudad natal en el que una protesta vecinal contra un crimen fue calificada de “acto racista”. Denunció que, bajo esa etiqueta, se colocó en el mismo nivel al padre que lloraba la agresión sufrida por su hija y al que comete un asesinato. “Ustedes no hacen grados en esa palabra tan terrible.”
Un debate pastoral y doctrinal abierto
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “toda forma de discriminación injusta […] por motivo de raza […] debe ser vencida y eliminada” (CEC 1935). Esta condena es inequívoca y nadie en el debate la puso en duda.
El problema surge en el lenguaje pastoral y mediático: ¿basta con proclamar que el racismo es pecado o es necesario precisar y discernir para que la denuncia no se convierta en un eslogan vacío?
“También los no inmigrantes son prójimos”
La cadena de mensajes alcanzó su punto más intenso cuando el sacerdote que pedía concreción concluyó con una advertencia pastoral:
“La Palabra de Dios es también consuelo de los que no son inmigrantes, porque esos también son prójimos.”
Con ello quiso subrayar que la Iglesia debe acoger al extranjero, pero también acompañar a las víctimas locales de injusticias y delitos. Para él, hablar de racismo sin esta concreción es una forma de injusticia pastoral.
Entre la consigna y la concreción
La polémica deja al descubierto una tensión real dentro de la Iglesia:
- Condena inequívoca del racismo como pecado contra la caridad y la justicia.
- Necesidad de discernimiento para evitar que el término sea usado como etiqueta ideológica que confunda el juicio moral.
El padre Luis Gil terminó agregando:
Quizá me tiren la cuenta después de este mensaje. Gente «católica» habéis estado insultándome por haberos corregido una soberana insensatez que ha encontrado tantos acólitos como gente que no ha dedicado ni un minuto a leer un argumento en contra.
Y es que en un mundo saturado de discursos simplificadores, la Iglesia está llamada a nombrar el mal con precisión y caridad, ayudando a los fieles a reconocerlo en sus pensamientos, palabras, obras y omisiones, y ofreciendo consuelo tanto a inmigrantes como a quienes no lo son, sin embargo, quienes deciden ir un poco más allá —de lo que comúnmente estamos acostumbrados— se ven solos ante un mundo que está cómodo con explicaciones genéricas y sin profundidad.
