La sensibilidad no es debilidad en un católico; es la manera en que la verdad del Evangelio se encarna y toca nuestra humanidad.
Ayer vimos al Santo Padre visiblemente conmovido durante la Consagración en la Misa de la Asunción celebrada en Castel Gandolfo. Aquella imagen evocó inevitablemente el recuerdo de su rostro asomado a la ventana del Palacio Apostólico hace exactamente cien días, el 8 de mayo. Gestos así —que algunos podrían reducir a simples muestras de emoción— son, en realidad, la expresión de una convicción profunda.
Para la Iglesia, la compasión no es sentimentalismo ni concesión a modas; es justicia con el ser humano concreto. Las lágrimas al aceptar la elección no son espectáculo; son confesión pública de que el peso de guiar a la Iglesia sólo puede llevarse con un corazón traspasado —como el de Cristo— por el amor a cada persona. Y la emoción visible en la consagración eucarística nos recuerda que la vida se comprende a la luz de un Dios que se hizo pan para los hombres y se transforma en cada Misa: allí se aprende la compasión que “lava los pies”, se abaja y se hace prójimo.
No se trata de contraponer doctrina y sensibilidad, sino de comprender que la sensibilidad cristiana nace justamente de esa doctrina: si cada gesto, cada momento se mide con su valor trascendente, entonces el corazón se vuelve sensible por coherencia.
Si algo enseñan los gestos de León XIV es que el gobierno de la Iglesia necesita razones claras y un corazón sensible. La Eucaristía celebrada con lágrimas discretas da la medida: la vida merece ser defendida con inteligencia, pero también con manos que sirven y ojos que lloran.
Un Papa con un corazón sensible no es un detalle biográfico: es un recordatorio para todos. El católico que ama la vida no se endurece ante el dolor ni negocia la verdad; aprende, con la Iglesia, a mirar a cada persona con la dignidad que Dios ha colocado en ella, con compasión que abraza, verdad que libera, y esperanza que sostiene.
