Cuando la tradición es más sabia que la ciencia

Cuando la tradición es más sabia que la ciencia

Por: Robert Royal

Un médico que asistió a una de mis conferencias me contó recientemente un problema dentro de la profesión médica: con algunas nobles excepciones, los médicos de cabecera saben cada vez menos de casi todo, y los especialistas saben cada vez más de casi nada. (Él mismo es especialista.) No sé si esto sea ampliamente cierto en la medicina. Lo que sí sé es que parece describir mucho de lo que ocurre en el mundo moderno.

Por ejemplo, Sigmund Freud fue una vez considerado como quien había expuesto por fin la verdad sobre las profundidades de la psique humana. Por lo que oigo, parece que psiquiatras y psicólogos han pasado a otra cosa –a qué, es difícil decirlo, aparte de interminables conversaciones y fármacos psicoactivos. Con todo, fuera lo que fuera que se diga de Freud, al menos abordaba las cosas por caminos (relativamente) humanos: mitologías antiguas como Edipo y sólidos términos latinos como ego, id y super‑ego. Probablemente se habría muerto de risa ante términos como «sexo asignado al nacer», que ahora acepta incluso la Asociación Médica Americana.

Pero Freud, que escribió tomos influyentes como El porvenir de una ilusión (es decir, la religión) y El malestar en la cultura (tristeza cotidiana), estaba casi ciego ante el ascenso del mayor mal de su época: el nazismo. Sólo sobrevivió huyendo de Viena a Inglaterra justo antes del Anschluss, la anexión de Austria por Alemania. Su despertar llegó demasiado tarde para salvar a sus hermanas, todas octogenarias; una murió en Auschwitz, otra en Theresienstadt y dos en Treblinka. Incluso entonces, el maestro de la psique humana no tomó realmente la plena medida del mal más obvio y real de su día. Escribió una carta desde la seguridad de Londres diciendo que esperaba que la Iglesia católica resolvería el problema nazi.

Si tan solo fuera así. Para nuestra vergüenza, la Iglesia al principio intentó trabajar con Hitler, pero rápidamente descubrió que era una ilusión mortal. Una figura heroica, Franz Jägerstätter, se negó a colaborar, incluso a aceptar los subsidios nazis que podría haber recibido para sus hijos, siendo un pobre agricultor y sacristán. Fue ejecutado, por supuesto. El papa Benedicto lo declaró mártir y lo beatificó en 2007. Vale la pena ver Vida oculta, la película de Terrence Malick sobre él.

A fin de cuentas, fueron los ejércitos aliados y soviéticos los que «resolvieron» el nazismo austríaco. Y de ahí viene otra historia.

Cuando las autoridades de la Iglesia (incluido el papa León, siento decirlo) nos dicen que «la guerra nunca resuelve nada» (contrario a mil quinientos años de tradición de la guerra justa) o que la pena de muerte es «inadmisible» (el papa Francisco, también apartándose de la sabiduría tradicional), o nos invitan a creer que la «justicia social» o la política en general es nuestra tarea principal, a pesar de las advertencias de san Agustín sobre la Ciudad del Hombre, debemos tener cuidado. Porque estamos construyendo torres de Babel con la «pericia» y alejándonos de la sabiduría más amplia y modesta de una larga tradición.

Hoy la mayoría de la gente, incluso muchos católicos, piensa en la tradición como un grillete para la libertad humana del que debemos liberarnos. Siempre se esgrimen razones plausibles para justificarlo. Pero las personas individuales –incluso generaciones enteras– son apenas una pequeña parte de la sabiduría acumulada de la raza humana. Es a través de la experiencia de muchas generaciones en muchas circunstancias como de verdad nos liberamos de las visiones parciales y estrechas que existen en cualquier momento histórico dado.

Está bien centrarse en Jesús, que nos libera del pecado y de la muerte. Pero aceptar esa verdad crucial nos llevará a otras. Al papa Benedicto le gustaba citar la frase de Hegel: «La razón tiene nariz de cera y puede ser girada en cualquier dirección». Hubo razones para el nazismo y el comunismo en su día, y hay razones hoy para el “sexo asignado al nacer”: malas razones que deben ser enfrentadas con la razón correcta.

A pesar de algunas de sus propias vacilaciones ocasionales sobre la tradición, el papa León ha ofrecido recientemente una especie de sabiduría perenne para guiarnos a través del manicomio actual. Hablando hace unas semanas a un grupo internacional que había venido a Roma por el Jubileo de los Gobiernos, enfatizó la necesidad de «buscar un elemento que unifique a todos». Y continuó: «un punto de referencia esencial es la ley natural, escrita no por manos humanas, sino reconocida como válida en todo tiempo y lugar, y que encuentra su argumento más plausible y convincente en la propia naturaleza».

Esto habría sido un punto de partida obvio para los asuntos públicos en épocas pasadas. Y dejó claro que no se trata sólo de un punto de vista católico:

En palabras de Cicerón, ya un expositor autorizado de esta ley en la antigüedad… la ley natural es la recta razón, conforme a la naturaleza, universal, constante y eterna, que con sus mandatos nos invita a hacer el bien y con sus prohibiciones nos aparta del mal… No puede hacerse ningún cambio en esta ley, ni puede eliminarse parte alguna de ella, ni puede ser abolida del todo; ni por el Senado ni por el pueblo podemos liberarnos de ella, ni es necesario buscar su comentarista o intérprete. Y no habrá una ley en Roma, otra en Atenas, otra ahora, otra después; sino que una sola ley eterna e inmutable gobernará a todos los pueblos en todo tiempo. (énfasis añadido)

León comentó sobre nuestro momento actual: «La ley natural, que es universalmente válida al margen y por encima de otras creencias más discutibles, constituye la brújula por la que orientarse al legislar y actuar, particularmente sobre las cuestiones éticas delicadas y apremiantes que, hoy más que en el pasado, conciernen a la vida personal y la intimidad».

Nuestra necesidad ahora, entonces, no es la visión ligera del generalista ni la perspectiva miope de los especialistas, sino el camino amplio y sólido de la sabiduría. Sin él, sólo habitamos un manicomio lleno de lunáticos, que se enfurecen por cosas como la «identidad sexual» y tratan de volcar todo lo que es bueno, verdadero y santo en nombre de «mi verdad».

Acerca del autor

Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington D.C. Sus libros más recientes son :  The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First CenturyColumbus and the Crisis of the West , y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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