Cada cierto tiempo, una homilía salta a la fama porque algún cura —normalmente de parroquia modesta— se atreve a decir lo que nadie quiere oír. El domingo pasado tocó hablar de temporeros, y medio Internet se lanzó a compartir el sermón. Porque claro, quedar bien en redes cuesta poco y hablar de temporeros suena pastoral, comprometido, ético. Sobre todo si tú no tienes ninguno.
Pero qué curioso: la homilía del domingo siguiente, la que denuncia que en tu casa trabaja alguien cada semana sin contrato mientras tú te vas a Punta Cana, esa no la comparte nadie. Porque esa sí va directa al centro de operaciones. A la familia. A los amigos. A ti.
«No me digas que no puedes dar de alta a la señora si tienes un coche de 100.000€» y veraneas en Punta Cana.
Porque temporeros, ¿quién tiene? Pero personal doméstico, muchas casas. Y porque con los temporeros la culpa siempre es del otro: del empresario, del terrateniente, del sistema.
Pero con la señora que limpia en casa, la culpa empieza por ti.
Esta fue la homilía integra de este domingo del cura de Valdepeñas.
(minutos 13:52 – 29:22)
Evangelio: Lucas 12,13-21 – El rico insensato
«Guardaos de toda clase de codicia, porque, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Está entretenido hoy.
Habla de herencias. Uy, es que hoy hay que cortar tela aquí. Mucha, mucha, pero vamos a cortar poca que estamos en verano, aunque aquí se está fresquito.
Hay algunos detalles del evangelio de hoy que deberíais tener presentes en vuestra vida.
Lo primero: La vida de un hombre no depende de sus bienes.
Eso deberíais tenerlo muy claro, porque todo nace de una frase de Jesús:
«Guardaos de toda clase de codicia».
Lo segundo: El hombre era rico y tuvo una gran cosecha
Y como veis no tenía hartura. Ya era rico y quiso más.
«¿Qué haré? Haré un granero más grande».
Y se dijo a sí mismo:
«Come, duerme, date buena vida, que ya tienes mucho acumulado».
Y lo tercero: La meditación de la muerte.
«¿De quién será todo lo que has acumulado?»
Hace unos días fui a ver a una señora mayor, llena de cosicas de plata. Le dije: “Este aguamanil tan bonito, ¿por qué no se lo deja a la parroquia cuando fallezca? Porque si no, sus nietos lo van a poner en el Wallapop.”
¿Qué han sido de tantas cosas? La codicia lleva a la destrucción.
¿Cuántas familias conocéis rotas por herencias? ¿Cuántos hermanos que no se hablan?
Jesús ni siquiera quiso intervenir: «¿Quién me ha constituido juez entre vosotros?» Pero sí advierte: «Guardaos de toda clase de codicia».
La generosidad es lo contrario a la codicia. Y la codicia tiene muchas caras, incluso en la Iglesia.
¿Sabéis lo que le dije a un sacerdote que se enorgullecía de haber dejado 50.000€ en la parroquia al irse?
Le pregunté cómo lo había hecho.
– “Pues no ponía calefacción ni aire acondicionado.”
– “¿Y la gente? ¿No tiene derecho a estar cómoda en misa?”
Porque no se trata de hacer crecer el saldo, sino de usar el dinero para el bien del pueblo.
Como dice San Pablo en la segunda lectura: «Aspirad a los bienes de arriba» Y dad muerte a la fornicación, impureza, pasión, codicia y avaricia, que es una idolatría.
Cuando valoramos más el dinero que a las personas, eso es idolatría. Y no todos los pecados son sexuales. También hay pecados sociales. Si tenéis a alguien limpiando en casa cada semana, dadle de alta. No me digáis que no se puede mientras tenéis un coche de 100.000€ y os vais a Punta Cana. Entonces quedaos en las Lagunas de Ruidera, pero pagad la seguridad social.
¿Qué es lo que peor sienta con los amigos?
“¿A cuánto tocamos?”
20,32€ – redondea para arriba, hombre.
No soporto esa gente que no es generosa.
Y cuando nos toca la pedrea de la lotería, ¿qué hacemos con esos 100€?
¿Pensamos en dar 10 a los pobres y usar 90 para algo personal?
¿O solo pensamos en “echar otro boleto”?
“No estamos tan lejos del rico de la parábola” porque también nosotros, en cosas pequeñas, demostramos de qué pasta está hecho nuestro corazón.
“Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios.”
Y ¿cómo se es rico ante Dios?
Viviendo con la conciencia de que nada de lo que tienes es definitivo, que lo único definitivo es el amor de Dios.
La codicia lo rompe todo: familias, amistades, compañeros, socios.
Jesús dice: “Guardaos de toda clase de codicia”, es porque la codicia tiene muchas caras. Y hay que saber detectarla. Porque rompe las vidas, no solo los sacos.
