La diócesis de Barbastro-Monzón parece haberse quedado atrapada en un espejismo vocacional. Mientras otras diócesis logran, aunque sea con cuentagotas, sumar jóvenes seminaristas dispuestos a seguir la llamada de Dios, en Barbastro-Monzón el panorama es… bueno, digamos que el obispo Ángel Pérez Pueyo debe de saber los nombres de sus seminaristas de memoria. Y no es que necesite mucho esfuerzo: solo tiene uno, y no es precisamente un chavalín.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué esta diócesis parece estar sufriendo una sequía de vocaciones? Es inevitable pensar en la plantilla de sacerdotes, que parece haber hecho un pacto con el tiempo para no jubilarse nunca. Una clerecía envejecida, que parece más preocupada por recordar los viejos tiempos que por inspirar a los jóvenes. Y claro, mientras tanto, las vocaciones no llegan.
Pero eso no es todo. Lo que realmente llama la atención es la curiosa configuración de poder que se ha instalado en esta diócesis. Las mujeres han ocupado una posición preeminente, cuasiepiscopal. No es raro que en algunos círculos de la diócesis se escuchen rumores que dicen: «Si quieres algo hecho, mejor habla con ellas». Esto plantea una pregunta legítima: si ya hay quienes manejan los hilos de la diócesis, ¿para qué meterse en el lío del sacerdocio?
Y entonces llegamos al señor obispo Ángel Pérez Pueyo, un hombre de acción. O más bien, de combate. Durante años, ha estado envuelto en batallas que harían palidecer a los antiguos señores feudales. Primero fue su histórica disputa con el obispo de Lérida, una lucha casi épica que terminó por desgastar a más de uno, pero no al obispo, que se siente cómodo en la guerra. Y luego, no contento con eso, decidió embarcarse en un nuevo conflicto, esta vez con el Opus Dei por el control del santuario de Torreciudad. Ángel Pérez Pueyo parece estar más preocupado por estas «batallitas» que por orar y trabajar por las vocaciones.
Porque, claro, si tu cabeza está puesta en estas peleas, ¿cómo vas a inspirar a jóvenes para que tomen el camino del sacerdocio? La promoción vocacional requiere algo más que firmar acuerdos y lidiar con litigios territoriales; requiere presencia espiritual, oración, y esa chispa que enciende en los jóvenes el deseo de seguir un camino de servicio a los demás. Y si ese tiempo lo inviertes en enfrentarte al Opus, pues las vocaciones se esfuman.
Pero no todo es culpa de las disputas. El entorno eclesial de la diócesis tampoco ayuda mucho. Los jóvenes, que se enfrentan a un mundo cada vez más laico y menos conectado con la religión, necesitan ver algo que les motive, algo que les inspire. Y si lo único que ven son curas mayores que hablan de los tiempos pasados y una lucha por el control de un santuario, no parece ser el mejor reclamo.
Y aquí es donde el señor obispo podría darle una vuelta de tuerca a la situación. ¿Por qué no pedir a sus amiguitos periodistas que usen su pluma para algo más fructífero que las disputas? En lugar de amplificar las batallas territoriales o las tensiones dentro de la Iglesia, podría encomendarles una tarea mucho más constructiva: escribir artículos motivacionales que hablen del valor y la belleza de la vida sacerdotal. ¡Cuánto bien haría una campaña de prensa que invitara a los jóvenes a descubrir el significado profundo de la vocación, en lugar de alimentar más polémicas!
La prensa tiene un poder tremendo, y no solo para polemizar. También puede ser una herramienta poderosa para inspirar. Quizá con esos titulares que tanto les gusta crear, podrían captar la atención de los jóvenes y hacerles pensar: «¿Por qué no dedicar mi vida al servicio de Dios?». Eso sí sería una contribución efectiva al futuro de la diócesis. Después de todo, si los periodistas amigos del obispo no lo hacen, ¿quién va a contar a los jóvenes la belleza de la vida sacerdotal?
Entonces, ¿qué puede hacerse? Quizás el señor obispo debería tomarse un respiro de sus conflictos y dedicar algo de su tiempo a lo que realmente importa: fomentar vocaciones, rejuvenecer su clero, rezar y ofrecer una imagen atractiva de la Iglesia. Porque, después de todo, las vocaciones no surgen de los tribunales ni de las disputas territoriales, sino del ejemplo y la inspiración.
Así que, mientras esperamos que el obispo Ángel Pérez Pueyo cuelgue las armas y vuelva su atención a lo esencial, la diócesis seguirá contando con su seminarista mayorcito, las mujeres en posiciones cuasiespiscopales y un clero que parece haber dejado de mirar hacia el futuro.
¿Será esta la diócesis que logrará romper el récord de envejecimiento clerical? El tiempo lo dirá, pero de momento, las vocaciones parecen haber perdido el tren en Barbastro-Monzón.
Aurora Buendía