Este domingo me gustaría traerles la brillante reseña de la película ‘El cielo es real’ (Randall Wallace, 2014), que podemos encontrar entre las páginas del libro del sacerdote español José María Pérez Chaves: ‘100 películas cristianas’. Aprovecho para recomendarte este magnífico libro en el que encontrarás las 100 películas cristianas que, a juicio de su autor, un páter cinéfilo donde los haya, han dejado mayor impronta a lo largo de la historia del séptimo arte.
El cielo es real Colton Burpo es un niño de tan solo cuatro años que debe ser intervenido de urgencia. Tras la operación, hablará sobre su experiencia, pues asegura que ha estado en el cielo. Al principio, sus padres no le creerán, pero, cuando les revele datos familiares que él no tenía por qué conocer, comenzarán a hacerlo. La película Una de las inquietudes más constantes de la humanidad ha sido el más allá: ¿qué hay después de la muerte?, ¿existe realmente una vida de ultratumba?, ¿cómo es el paso de esta vida a la siguiente?, ¿nos reuniremos de nuevo con las personas que aquí hemos amado?, etcétera. No es extraño, pues, que el séptimo arte haya querido hacerse eco de estas preguntas con cintas como Always (Para siempre), Más allá de los sueños o Más allá de la vida. Pero, al margen de estos relatos de pseudoficción, existe una realidad evidente: que hay personas que, tras estar clínicamente muertas y volver a la vida, afirman haber estado en el cielo… ¡y lo demuestran! Colton Burpo es uno de ellos. Y es que, en efecto, Colton Burpo es un personaje real, un niño de tan solo cuatro años que, en febrero de 2003, después de volver a la vida tras haber sido dado por muerto, afirmó haber estado en el más allá. Para demostrarlo, les dijo a sus padres que había visto a Jesús y que incluso se había reclinado en su regazo mientras los ángeles revoloteaban a su alrededor. Aunque ellos, al principio, no le otorgaron ningún crédito, comenzaron a sospechar que todo era cierto cuando él les habló acerca de su bisabuelo, muerto hacía treinta años, y de una hermana nonata de la que no tenía constancia. Paradójicamente, Todd Burpo, el padre de Colton, era pastor protestante a la sazón. Por aquel entonces, tenía serias dudas de fe, por lo que la experiencia de su hijo le ayudó a superarlas. Es por ello que decidió escribir un libro, que tituló El cielo es real, pues quería demostrarle a todo el mundo que, en efecto, el más allá existe y que, en él, no solo encontraremos a Dios, sino también a las personas que aquí hemos amado. Y, de alguna manera, lo consiguió, ya que el texto alcanzó las 200 000 ventas en Estados Unidos tras solo unas semanas y el número uno en el ranking literario del The New York Times (se estima que, actualmente, ha vendido unas seis millones de copias en todo el mundo). Por este motivo, el mundo del cine se fijó en él. Y lo hizo a través de Randall Wallace, nominado al Óscar por el guion de Braveheart (Mel Gibson, 1995). Al principio, ¿qué duda cabe?, fue una sorpresa para todos, pues, amén de la película de Gibson, había escrito los libretos de Pearl Harbor, El hombre de la máscara de hierro y Cuando éramos soldados (estas dos últimas, dirigidas también por él), que, aparentemente, nada tenían que ver con la temática de El cielo es real. Pero nada más lejos de la realidad, pues Wallace es un hombre de una profunda fe cristiana y, por ello, intenta vertebrar todas sus obras del aroma de Cristo (recordemos, por ejemplo, que los protagonistas de Braveheart y Cuando éramos soldados son cristianos). La cinta se saldó con un estruendoso éxito de taquilla, pues obtuvo una recaudación mundial de más de cien millones de dólares (solo noventa de ellos, en Estados Unidos), pese a que únicamente había costado doce. Ya el día de su estreno había alcanzado la cifra de tres millones de dólares, y en su primer fin de semana de exhibición, la de veintidós, quedando solo un puesto por debajo de Capitán América. El soldado de invierno (Anthony y Joe Russo, 2014), que era el gran título del año. Hoy es uno de los cinco largometrajes cristianos de más recaudación internacional (entre ellos, se encuentran también La pasión de Cristo y Las crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario) y, sin duda, el que habla con mayor franqueza y acierto sobre el más allá.
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¿Qué podemos aprender de ella? No son pocas las personas que, después de haber sido dadas por muertas, pero que han regresado milagrosamente a la vida, afirman haber estado en el cielo. Todas ellas, en sus relatos, coinciden en los mismos puntos, por lo que no cabe dudar de su veracidad: todas han abandonado su cuerpo y han visto la escena que acontecía a su alrededor; han atravesado un túnel oscuro con una luz al fondo; han sido recibidas por sus familiares y amigos difuntos (e incluso por el mismísimo Jesús), y todas han sido impelidas a volver a la tierra, pues escuchan una voz que les anuncia que aún no ha llegado su momento. Además, cuando son preguntadas acerca del particular, son capaces de hablar sobre datos que desconocían y que han aprendido en ese trance. La sociedad actual, siempre tendente a la mensura que ofrece la ciencia, denomina a este hecho “experiencia cercana a la muerte” (por sus siglas, ECM). Muchos expertos afirman que solo se trata de un problema fisiológico, pues la falta de oxígeno en el cerebro, propia de la agonía del hombre, consigue que este delire y vea cosas que no existen. Pero ¿qué ocurre con aquellas personas que, como en la película, son capaces de aportar datos que desconocían? O bien, ¿cómo se puede explicar que haya individuos que, habiendo abandonado su cuerpo, han visto lo que acontecía en las salas del hospital contiguas a la suya? Los cristianos sabemos que, lejos de ser un mero fenómeno natural, es sobre todo una prueba de la existencia del cielo. Por supuesto, este no es, estrictamente hablando, el firmamento que está sobre nosotros, sino la morada de Dios, de sus ángeles y de los santos, la meta de toda la creación; no es un lugar en el universo, sino una dimensión, en la que el alma acoge y cumple con gozo la voluntad del Padre; es el momento sin fin del amor, donde nos reuniremos también con aquellos a los que hemos querido durante nuestro paso por la tierra. Por este motivo, la Escritura afirma del más allá que es algo que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman» (1 Cor. 2, 9). Esta reseña, y 99 más, las pueden encontrar en el libro ‘100 películas cristianas’, publicado por Homo Legens.