La Conferencia Episcopal Española entregará este lunes, 18 de mayo, los Premios ¡Bravo! 2025, los galardones promovidos por la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) que, según explican sus propias normas, buscan reconocer «la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación […] que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos o los valores evangélicos».
Precisamente por ello, la decisión de conceder el Premio ¡Bravo! de Música a Rosalía por Lux, después de ver el despliegue de su tour, resulta a lo menos confuso. La crítica no nace únicamente del estilo artístico de la cantante catalana, sino del profundo contraste entre el contenido simbólico de su espectáculo y aquello que la Iglesia afirma querer premiar.
Una estética religiosa convertida en espectáculo
Las crónicas sobre el Lux Tour describen una gira atravesada de principio a fin por referencias explícitas al cristianismo: confesionario, pecado, redención, santidad, Virgen María, penitencia, ángeles, velos, cruces, procesiones e incluso un botafumeiro inspirado en el de Santiago de Compostela.
Sin embargo, esas referencias aparecen integradas dentro de una propuesta escénica que mezcla sensualidad, erotización, cultura de club, provocación sexual y «reinterpretaciones» de la fe cristiana. De hecho, una de las crónicas sobre la gira afirma expresamente que Rosalía “se apropia de los códigos de la fe para volverlos más libres, ambiguos y carnales”.
Ahí está el núcleo de la cuestión.
La tradición católica nunca ha considerado irrelevante el uso del lenguaje religioso o de los símbolos sagrados. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la blasfemia consiste en pronunciar contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, reproche o desafío, así como abusar del nombre de Dios y faltar al respeto debido a las realidades sagradas.
Y aunque no toda utilización artística de elementos religiosos constituye formalmente una blasfemia, resulta difícil ignorar la banalización que supone convertir signos vinculados al arrepentimiento, la santidad o la liturgia en elementos de entretenimiento pop.
El confesionario como recurso viral
Uno de los elementos más comentados del espectáculo es precisamente el “confesionario” que Rosalía incorpora en sus conciertos. Según distintas crónicas, este espacio se ha convertido en una sección viral donde famosos e influencers relatan experiencias sentimentales, sexuales o íntimas ante el público.
El problema no es simplemente estético. El confesionario no es un objeto decorativo ni un símbolo vacío dentro de la tradición católica. Es el lugar sacramental donde el pecador se reconcilia con Dios.
Transformarlo en un recurso teatral para anécdotas románticas o relatos virales refleja precisamente esa deriva contemporánea que trivializa lo sagrado hasta convertirlo en mera escenografía cultural.
Y, sin embargo, es precisamente esta propuesta la que la Conferencia Episcopal ha decidido premiar en nombre de los “valores evangélicos”.
La incoherencia de una Iglesia acomplejada
La cuestión de fondo no es Rosalía. Rosalía hace aquello que el mundo del espectáculo lleva años haciendo: utilizar símbolos religiosos, reinterpretarlos y mezclarlos con narrativas contemporáneas donde lo espiritual queda subordinado a la experiencia individual, la estética y la provocación.
La verdadera pregunta es otra: ¿qué lleva a una institución eclesial a bendecir culturalmente este tipo de propuestas?
Porque los Premios ¡Bravo! no son unos galardones civiles cualquiera. Son premios otorgados “por parte de la Iglesia”. Y eso implica inevitablemente un juicio moral y cultural. Cuando la Conferencia Episcopal distingue una obra concreta, está enviando un mensaje sobre qué considera compatible con el Evangelio y qué entiende hoy por “valores evangélicos”.
El problema es que muchos fieles difícilmente pueden reconocer esos valores en una propuesta artística donde lo religioso aparece constantemente mezclado con sensualidad explícita, ambigüedad moral y una utilización estética de símbolos sagrados.
Cuando la relevancia sustituye al criterio católico
Da la impresión de que ciertos organismos eclesiales llevan años atrapados en la necesidad de resultar culturalmente aceptables ante el mundo contemporáneo. Y en ese intento por parecer modernos, dialogantes y cercanos a la cultura dominante, terminan desdibujando los criterios específicamente católicos.
Premiar a Rosalía puede generar titulares, simpatía mediática y conversación en redes sociales. Pero también transmite otra idea: que la Iglesia institucional ya no considera problemático el uso ambiguo, frívolo o sensualizado de elementos profundamente vinculados a la fe cristiana.
Y eso sí tiene consecuencias.
Porque mientras muchos católicos ven cómo se ridiculizan símbolos religiosos en espacios culturales y mediáticos, descubren ahora que parte de la propia estructura eclesial no solo evita denunciar esa banalización, sino que la premia públicamente.
La pregunta, por tanto, sigue en pie: si estos galardones existen para reconocer el servicio a los “valores evangélicos”, ¿qué entiende hoy exactamente la Conferencia Episcopal por Evangelio?