De vuelta a la escolarización

De vuelta a la escolarización

Por Robert Royal

A pesar de todo el alboroto en torno a la “educación” y de las enormes sumas de dinero que se gastan en ella en Estados Unidos, al regresar los estudiantes a las aulas esta semana, ¿cuánto aprendizaje real se da hoy en día? Mis padres sólo tenían diplomas de bachillerato público, mucho antes de que el gobierno federal se metiera en el negocio de promover la “educación”. Pero entre las aulas locales y la instrucción en la parroquia, leían y escribían bien, sabían matemáticas correctamente, entendían el sistema de gobierno estadounidense, las prerrogativas de la Iglesia y las verdades necesarias para la salvación.

¿Con qué frecuencia sucede eso hoy?

La Constitución de EE.UU. buscaba formar “una unión más perfecta” (pues para los americanos lo meramente “perfecto” no basta). Parte de esa perfección consistía en reducir las posibilidades de tiranía y de mal gobierno limitando el alcance federal a ciertos “poderes enumerados”. La educación, una actividad sensible en una sociedad pluralista, no estaba entre esos poderes. Fue, como era previsible, el inicio de un declive educativo más pronunciado, que ya era evidente cuando, en 1980, Jimmy Carter creó el Departamento de Educación, un organismo inconstitucional.

Hoy, el sitio web del DOE invita a “Encontrar recursos educativos para padres, estudiantes y familias desde el nacimiento hasta la secundaria.” Dada la politización e ideologización de las escuelas en los últimos años, deberíamos ser muy cautos con esos “recursos educativos”.

Estados Unidos gasta más de un billón de dólares al año en educación, frente a unos 750.000 millones en defensa. No hemos logrado ganar guerras últimamente, así que hay razones para cuestionar también el presupuesto de defensa. Tampoco nos fue bien en la “guerra contra la pobreza”. Y aunque los fondos destinados a la escolarización son, quizás deliberadamente, difíciles de rastrear, ¿quién concluiría hoy que esas enormes sumas a nivel federal (más de 200.000 millones) se han gastado bien y están produciendo resultados deseables?

Sólo el 37,6 % de los estudiantes de Washington D.C. leen “al nivel de grado”, siendo ese “nivel” ya un objetivo bastante modesto. Pero The Washington Post celebraba esto como una señal alentadora, informando también de que “Más del 26 % de los estudiantes de D.C. rindieron al nivel de grado en matemáticas, la tasa de competencia más alta registrada desde que los estudiantes volvieron a las aulas en 2021, aunque aún por debajo del rendimiento previo a la pandemia.” (Antes de la pandemia era un impresionante 30 % en matemáticas y 37,5 % en lectura, en la capital de la nación más grande y poderosa de la tierra).

Los comentaristas están agitados porque el presidente envió a la Guardia Nacional a Washington para controlar el crimen. Pero ¿qué hay de los crímenes cometidos en el sistema escolar, que deja a dos tercios de los jóvenes sin preparación para las más simples responsabilidades adultas?

Y eso a pesar de que D.C. gasta unos 29.000 dólares anuales por estudiante, casi lo que cuesta un semestre en Harvard. Entretanto, nos repiten que las escuelas necesitan más dinero. Pero el problema no es el dinero. Casi la mitad de los niños en D.C. nacen fuera del matrimonio (77 % entre los negros de D.C., 55 % entre los hispanos). La deserción crónica supera el 30 %. Y D.C. no es un caso único. Entre los muchos problemas que afectan a los jóvenes hoy, el gasto escolar no es el principal. La crisis del matrimonio y de la familia, consecuencia directa de la revolución sexual, sí lo es.

La Iglesia, como lo ha hecho durante siglos, podría ayudar aquí.

En la perspectiva católica, la familia es la célula primaria de la sociedad, no el individuo. Las escuelas y demás instituciones deben ser una ayuda a los padres. Cuando hablamos del principio social católico de “subsidiariedad”, solemos pensar en la distribución de poderes políticos. Pero mucho antes de llegar a esos arreglos, está este principio:

“Como primeros responsables de la educación de sus hijos, los padres tienen el derecho de elegir una escuela para ellos que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En la medida de lo posible, los padres tienen el deber de elegir escuelas que ayuden mejor en su tarea de educadores cristianos. Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones concretas para su ejercicio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2229)

Esto apunta hacia la libertad de elección de escuela, pero más fundamentalmente hacia la necesidad de centros que al menos no saboteen a los padres, donde los estudiantes aprendan lo básico que necesitarán en la vida. Las escuelas públicas en muchas ciudades americanas son hoy incapaces incluso de proporcionar esos mínimos. Afirman acoger a todos sin partidismo, pero su neutralidad claramente no es neutral. Incluso hemos visto el absurdo de organismos federales calificando de “terroristas domésticos” a los padres que resisten la adoctrinación LGBT o la militancia trans.

Mientras tanto, grandes sectores de los jóvenes de hoy dicen estar en búsqueda de sentido, a pesar de vivir en la nación más rica, más libre (más abierta, diversa, multicultural, no binaria, y también la más confundida) de la historia humana. Todavía producimos estudiantes competentes en las materias STEM, lo cual es positivo en un mundo donde la tecnología nos protege de diversos males y malhechores.

Pero incluso los moralistas paganos podían enseñarnos que ningún bienestar material o reforma social puede producir la verdadera felicidad. Ellos –junto con los grandes sabios judíos y los santos cristianos– nos habrían advertido: “El hombre en la opulencia no entiende; se asemeja al ganado que perece.” (Salmo 49,20)

Hay motivos de esperanza en que la misma decadencia de la educación pública y de la vida social en general ha impulsado a las escuelas católicas a ser más rigurosas –y más católicas. El movimiento de educación clásica, en pleno crecimiento, está a la vanguardia de recuperar las disciplinas humanísticas que transmiten a los jóvenes lo que nuestra civilización cree que es la verdadera educación, en este mundo y en el otro. Pero para transmitir los valores de una civilización hay que creer que esa civilización, aunque imperfecta como toda obra humana, merece ser transmitida.

Las gentes de Occidente enfrentan desafíos de muchas fuerzas externas, pero aún más urgentes son los desafíos desde dentro. La verdadera batalla es interna, y si logramos defender nuestras creencias y prácticas más profundas será lo que determine si volveremos a educar a los niños o simplemente los someteremos a años de mera “escolarización”.

Sobre el autor

Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First CenturyColumbus and the Crisis of the West  y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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