Saiz Meneses también enmienda a Magán: inmigración sí, pero integrada

Saiz Meneses también enmienda a Magán: inmigración sí, pero integrada

 

Rebelión de arzobispos contra el discurso de Añastro: el arzobispo de Sevilla recuerda los derechos de las Naciones que reciben inmigración y la obligación de éstos de integrarse. Además, recuerda la obligación evangelizadora de la Iglesia.

Sevilla. En la misa estacional de la Asunción, presidida en la Catedral de Sevilla con motivo de la festividad de la Virgen de los Reyes, el arzobispo José Ángel Saiz Meneses dedicó parte de su homilía a reflexionar sobre el fenómeno migratorio. Y lo hizo con unas palabras que, sin salirse del marco de la doctrina social de la Iglesia, introducen matices significativos respecto al discurso general de la Conferencia Episcopal en los últimos días.

En un contexto marcado por la polémica de Jumilla y la nota oficial de la CEE, Saiz recordó que “la opción preferencial por los pobres pertenece a la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su tarea evangelizadora”, pero subrayó que esta misión, aplicada a la migración, exige tres condiciones:

“Acogida solidaria, integración leal por parte de los migrantes y una implicación responsable de los gobernantes.”

No se quedó ahí. Citando a Benedicto XVI en Caritas in veritate, insistió en que un fenómeno “de tal magnitud y complejidad” debe afrontarse desde la colaboración entre países de origen y de destino y con normativas internacionales adecuadas que armonicen legislaciones, salvaguardando tanto los derechos de los migrantes como los de las sociedades que acogen.

En contraste con otras intervenciones episcopales recientes, Saiz Meneses evitó caer en una retórica de puertas abiertas sin contrapartidas, y situó el bien común y la cohesión social como elementos inseparables de cualquier política migratoria. Un enfoque que, según varios prelados consultados por este medio, es compartido en privado por otros obispos que ven con preocupación el riesgo de mensajes demasiado simplistas en un asunto tan sensible.

Que estas palabras se pronunciaran desde el púlpito en la fiesta grande de la diócesis, ante las autoridades civiles y eclesiásticas presentes, refuerza el peso de su mensaje y añade un contrapunto visible al discurso de la CEE.

A continuación, la homilia integra de Saiz Meneses:

Homilía en la misa estacional de la solemnidad de la Asunción de la Virgen 2025
Homilía en la misa estacional de la solemnidad de la Asunción de la Virgen 2025
Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses. Fiesta de la Virgen de los Reyes. Solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Catedral de Sevilla, 15-08-2025. Lecturas: Ap 11, 19a; 12,1-6a. 10ab; Sal 44,11. 12ab. 16; I Cor 15,20-26; Lc 1,39-56.

Saludos.
Esta santa Iglesia Catedral vuelve a latir hoy con el corazón mariano de Sevilla. Venimos de la procesión con Nuestra Señora de los Reyes, Patrona y Reina, seguida por miles de hijos que han querido encontrarse con la Madre en el día grande de su Asunción gloriosa. La Iglesia nos enseña que la Inmaculada Madre de Dios, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo; y el Señor la exaltó como Reina del universo. Celebramos, por tanto, el misterio de la victoria pascual de Cristo reflejada en su Madre, celebramos la esperanza que no defrauda, porque en María contemplamos lo que Dios quiere obrar también en nosotros y en la Iglesia entera.
Las lecturas de hoy forman un tríptico luminoso. El libro del Apocalipsis nos presenta a “una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas”. La tradición de la Iglesia ha visto en esa Mujer, a la vez, símbolo de la Iglesia y figura de María. Entre dolores y combates, Dios la protege; “su Hijo fue llevado junto a Dios y junto a su trono”. La liturgia lee este pasaje en clave mariana porque en la Asunción resplandece lo que el vidente contempla: la victoria del Cordero sobre el Dragón y la participación de la Madre en la gloria del Hijo.
La segunda lectura proclama que Cristo es “primicia de los que han muerto”. En Él, “todos volverán a la vida”, y “el último enemigo en ser aniquilado será la muerte”. María participa plenamente de esta victoria por su unión íntima con el Hijo. La Iglesia, contemplándola, aprende su propio destino. La Asunción es pascua de María y anticipo de nuestra resurrección. El Evangelio nos lleva a la Visitación y al Magníficat, a la contemplación de María, que se pone en camino; es la Iglesia en salida en su forma más pura: lleva a Cristo, sirve con prontitud, escucha, proclama. En el cántico, Dios aparece como Señor de la historia que enaltece a los humildes y colma de bienes a los hambrientos.
La devoción secular de Sevilla a Nuestra Señora de los Reyes nos ha educado en un estilo genuinamente cristiano: realeza que sirve, belleza que evangeliza, ternura que sostiene. Desde los tiempos de san Fernando, nuestra ciudad ha contemplado en esta imagen la cercanía de la Madre que acompaña las alegrías y las pruebas de su pueblo. ¡Cuántas gracias recibidas por su intercesión! ¡Cuántas lágrimas enjugadas al amanecer del quince de agosto! Pero amar a María es imitarla. Su realeza no se mide por honores, sino por su total obediencia a Dios: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Por eso la veneramos en su gloria, y por eso también la seguimos en el camino de fe, humildad, caridad solícita, fortaleza al pie de la cruz.
Hemos vivido recientemente con alegría y entusiasmo el Jubileo de los Jóvenes en Roma. Allí, el Santo Padre León XIV ha exhortado a la Iglesia a renovar el don de la esperanza y a reconocer en los jóvenes un “ahora” de Dios. Nos ha recordado que la esperanza cristiana no es optimismo psicológico, sino confianza teologal apoyada en la fidelidad de Dios que resucitó a Jesús y conduce la historia. De esa esperanza nace una misión concreta: ser artífices de reconciliación y de paz, testigos de caridad, constructores del bien común. La Asunción nos dice que nuestro destino es la gloria, y precisamente por eso no podemos desentendernos de la historia: “la vida eterna” comienza ya cuando, en Cristo, amamos y servimos. Lo que el Papa ha señalado a los jóvenes vale para todos. Nuestra Señora de los Reyes es Maestra de esperanza: acompaña, guía, corrige, anima. El Magníficat es su programa: alabanza, memoria de las maravillas de Dios, opción preferencial por los pobres, gratitud y servicio.
Sevilla es tierra de encuentro. Hoy, a los pies de la Reina, elevamos una súplica apremiante por la paz. Demasiadas heridas abiertas, demasiados inocentes que sufren en los conflictos que ensombrecen el mundo. La Iglesia no se resigna: ora, anuncia y trabaja por la paz. El Santo Padre León XIV ha reiterado que la paz se construye con manos limpias y corazón valiente: manos que comparten, que perdonan, que tienden puentes; corazón que reconoce la dignidad de cada persona y no cede al lenguaje del odio. Así, desde Sevilla, pedimos el milagro de la paz y nos comprometemos a gestos concretos: reconciliación en las familias, respeto en la vida pública, rechazo de toda violencia, educación para la paz en nuestras parroquias, colegios, en todos los ámbitos eclesiales, acompañamiento espiritual y social de quienes arrastran las consecuencias de la violencia.
Este es el Año Jubilar de la Esperanza. No es un lema más: es una gracia que debe fructificar en obras. La Iglesia nos recuerda que el bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros alcanzar más plena y fácilmente su propio desarrollo y perfección (cf. Gaudium et spes 26). En ese horizonte, recuerdo algunos acentos de nuestro camino diocesano, en sintonía con el Magníficat: En primer lugar, la atención a los más pobres y los inmigrantes que llegan huyendo de la miseria. El pobre no es un número, es rostro e historia. La opción preferencial por los pobres pertenece a la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su tarea evangelizadora, tal como han señalado reiteradamente en su magisterio san Juan Pablo II, Benedicto XVI y el Papa Francisco.
Una de las acciones concretas que contiene nuestro Plan Pastoral Diocesano consiste en “potenciar y promover la acogida, el acompañamiento y la integración de las personas migrantes”. Acogida solidaria, integración leal y una implicación responsable por parte de los gobernantes. Estas son las tres claves imprescindibles. Por nuestra parte hemos de tener una actitud de acogida solidaria hacia las personas necesitadas que llaman a la puerta; por parte de los migrantes debe darse una actitud de integración leal en la nueva sociedad que les acoge. Por último, tal como señalaba Benedicto XVI en la carta encíclica Caritas in veritate, un fenómeno de tal magnitud y complejidad sólo se puede afrontar desde una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino, y ha de ir acompañado de normativas internacionales adecuadas capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar los derechos de las personas emigrantes, así como los derechos de las personas y sociedades que acogen (cf. n. 62).
Hemos de potenciar la cultura del encuentro y de la participación. No hay bien común sin participación. El Año Jubilar es tiempo favorable para tejer alianzas que sumen: parroquias y cofradías, asociaciones y movimientos, universidades y centros de investigación, el mundo del trabajo y el de la empresa, el mundo de la cultura y el deporte. La Virgen de los Reyes nos enseña a caminar juntos. A las autoridades aquí presentes les digo con respeto y afecto: la realeza de María es programa de servicio. La Iglesia reza por vosotros cada día para que, en medio de dificultades reales y complejas, busquéis con rectitud el bien común, fundamento y medida de toda verdadera política. Esa búsqueda requiere corazón, prudencia y coraje; y se sostiene con la oración de este pueblo mariano.
En esta Fiesta Patronal del Año Jubilar, elevamos una oración a Nuestra Señora de los Reyes:
Madre y Reina de Sevilla,

Asunta a los cielos, llena de gloria,

hoy venimos a tus plantas como hijos.

Tú que llevaste en tu seno al Autor de la vida

y ahora brillas junto a Él en la dicha eterna,

mira a tu pueblo que peregrina.

Sostén nuestra esperanza cuando flaquea,

enciende nuestra caridad cuando se enfría,

haz firme nuestra fe cuando vacila.

Intercede por la paz del mundo:

apaga la guerra, cura el odio,

consolida la justicia, fortalece el perdón.

Mira a los pobres de Sevilla, a los parados,

a los niños que carecen de lo necesario,

a los ancianos que sufren la soledad.

Abre caminos de vivienda digna para todos;

mueve corazones y estructuras,

para que ninguna familia carezca de hogar.

Acompaña a nuestras autoridades:

dales sabiduría, rectitud y fortaleza,

para servir siempre al bien común.

Haz de nuestros hogares, de nuestras parroquias,

de los movimientos, hermandades y realidades eclesiales,

escuelas de Evangelio y talleres de esperanza.

Y cuando llegue para cada uno “el último día”,

llévanos contigo a la gloria del cielo.

Amén.

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