Resulta curioso, por no decir cómico, que el arzobispado de Madrid alce la voz para condenar las llamadas «terapias de conversión» con una rotundidad digna de mejores causas.
Por supuesto, esta condena tiene más que ver con la “nueva sensibilidad pastoral” que se estila en los despachos vaticanos. Sería demasiado pedirle al arzobispado que defienda la libertad de aquellos que buscan algo tan básico como vivir coherentemente con su fe. Pero lo más irónico es que, viendo los escándalos protagonizados por algunos sacerdotes bien cercanos al propio arzobispo, uno no puede evitar preguntarse si lo que realmente preocupa es que estas terapias existan o que ellos mismos podrían beneficiarse de ellas.
La «Patrulla Canina» –ese grupo de presbíteros únicamente fieles a sus inclinaciones, pero no tanto a su vocación– es un ejemplo perfecto de lo que sucede cuando la Iglesia decide mirar hacia otro lado mientras el fango sube hasta el presbiterio. Si el arzobispado dedicase el mismo afán en formar sacerdotes fuertes en su identidad cristiana como el que emplea en aplaudir las consignas progresistas, quizá la situación de las parroquias madrileñas sería distinta.
Pero no. Mejor lanzar comunicados de condena para ganar un par de puntos en la mesa de diálogo imaginario con quienes nunca pisarán un templo salvo para exigir cambios en la moral de la Iglesia. Qué triste es ver a quienes deberían ser pastores convertirse en ecos de ideologías ajenas.
Lo paradójico es que aquellos que hoy atacan las terapias de conversión defienden, al mismo tiempo, el derecho a modificar el cuerpo con hormonas y bisturí cuando alguien no está a gusto con su sexo biológico. Si uno puede “reinventarse” a base de cirugías, ¿por qué no podría también buscar acompañamiento para reordenar su afectividad?
En definitiva, quizá el arzobispado de Madrid debería reflexionar menos sobre lo que ocurre en los despachos de psicólogos católicos y más sobre lo que pasa en las sacristías de sus parroquias. Al fin y al cabo, el verdadero escándalo no son las terapias de conversión, sino la “conversión” de algunos pastores en adalides del pensamiento secular. Ojalá a los fieles se les concediera la misma libertad para decidir sobre su camino que la que se arrogan quienes, con sotana o sin ella, confunden el Evangelio con un manifiesto de la Agenda 2030.
Como decía un viejo sacerdote con mucho más sentido común que la media: “Los que más gritan contra el remedio son los que más lo necesitan”. Quizá deberían tomar nota los inquilinos de Palacio antes de que el silencio sobre ciertos comportamientos termine siendo más atronador que cualquier comunicado público.