En un acto que podría ser la trama de una de esas telenovelas que tanto le gustan a la parroquia, el Padre Ángel, ese cura tan amigo de la farándula y las causas de la izquierda, ha decidido cerrar la delegación de Mensajeros de la Paz en Toledo, afectando a nueve trabajadores.
Claro, él tiene todo el derecho de tomar esta decisión, después de todo, ¿quién dijo que las ONGs no pueden tener sus crisis económicas o estratégicas? Pero, ¿y si aplicamos la misma vara de medir que el Padre Ángel usaría con cualquier pequeño empresario?
Imaginemos la escena: el Padre Ángel, con su mejor cara de preocupación social, criticando a un empresario que cierra su negocio, dejando a sus empleados en la calle. «¡Qué falta de solidaridad! ¡Pensar solo en los números y no en las familias!», diría con esa voz que tanto gusta en los platós de televisión. Pero ahora, al verse en el espejo, resulta que el discurso cambia. La necesidad de reestructurar, de optimizar recursos, de «adaptarse a los nuevos tiempos», suena diferente cuando es él quien toma las riendas de la tijera.
La ironía aquí no es que cierre la oficina por necesidad, que seguramente la hay, sino la doble vara con la que se mide la moralidad en estos casos. Cuando el Padre Ángel se codea con la élite, su mensaje es de inclusión, de ayuda al prójimo, de crítica a la avaricia empresarial. Pero cuando se trata de su propia organización, la realidad se pinta con otros colores: los del pragmatismo económico.
No estamos diciendo que el Padre Ángel no tenga derecho a tomar decisiones difíciles por el bien de su obra benéfica. Lo que nos preguntamos es, ¿dónde queda ese fervor moralista cuando las decisiones las toma uno mismo? Es fácil pedir sacrificios y solidaridad cuando se está en el púlpito, pero la cosa cambia cuando se está en el otro lado del mostrador.
Así que, mientras el Padre Ángel sigue siendo elogiado por su «compromiso social», en Toledo, las familias afectadas quizás se pregunten si esa solidaridad de la que tanto habla se aplica también a ellos, o si es solo un lujo de la retórica para los eventos de postín. Porque al final, si de verdad se tratara de un pequeño empresario, el Padre Ángel estaría el primero en la fila, con su mejor pose de indignación, pidiendo cuentas por cada despido.