Quo vadis, Ecclesia?

Quo vadis, Ecclesia?

Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron (Jn. 1, 11).

La historia de Occidente es la historia de dos ciudades: la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. Sin embargo, la ciudad de los hombres parece haberse apoderado desde hace tiempo de la ciudad de Dios. La secularización se habrá cumplido cuando la Iglesia caiga en el siglo y se confunda completamente con el mundo. Sin la auctoritas que durante siglos sirvió de freno a los abusos del poder temporal, la potestas de la ciudad de los hombres extenderá su dominio por toda la faz de la Tierra. La Iglesia no sabe a dónde va. Y no lo sabe porque en lugar de interpretar los signos del tiempo (Mt. 16, 3), como su conciencia misional debería exigirle, la Iglesia se ha mimetizado con el espíritu del tiempo mismo.

Quienes nos sentimos espiritualmente cristianos no podemos por menos que dar testimonio del mal que supone que la ciudad de los hombres haya acabado por engullir a la ciudad de Dios. Pues si bien es cierto que “se esperaba el Reino y es la Iglesia lo que vino” (Loisy), no lo es menos que cuando la Iglesia no está ni se la espera es el Estado lo que viene para intentar realizar el Reino de Dios en la Tierra. Pero el Reino, como bien sabía el fundador de la fe de nuestros padres, no es de este mundo, por mucho que también no deje de tener lugar en la historia. Empeñada en conformarse al siglo, dejando al mundo de la mano de Dios, la Iglesia pierde la verdad revelada de la que solo ella es depositaria y custodia al mismo tiempo: la verdad de que Dios se hizo hombre, murió y resucitó, pues como dijo el Apóstol, “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Co. 15, 14).

Un “deseo mimético” (Girard) por conformarse al mundo se ha apoderado de la Iglesia. La bendición Urbi et Orbi, que confiere una indulgencia plenaria a la humanidad pecadora, parece haberse convertido en la actitud habitual de la ciudad de Dios ante su pueblo. Pues la idea de que el mundo es bueno no debiera haberle hecho olvidar nunca que lo que hay de malo en él no sólo es consecuencia del pecado de los hombres, sino de un verdadero “demonio de la perversidad” (Poe). Lo que tanto alabara Carl Schmitt en la Iglesia, esa “versatilidad y ambigüedad” suyas, o por decirlo con Byron, “su hermafroditismo”, son hoy las que pueden acabar precisamente con la complexio oppositorum que, según el jurista alemán, constituye la seña de identidad de la Iglesia católica. El peligro de la Iglesia reside, en efecto, en perder su invisibilidad por querer hacerse demasiado visible en el mundo, pues ella no sólo es ciudadana de dos mundos, sino justo por ello y antes que nada un contramundo.

Mezcladas y confundidas en la vida terrestre según Agustín de Hipona, las dos ciudades tienden hoy a no distinguirse. No se trata de identificar a Roma con el Anticristo o con la Ramera de Babilonia, ni siquiera con el Gran Inquisidor de Dostoyevski, sino de leer los signos del tiempo que han de llevarle a preguntar al pueblo de Dios: Quo vadis, Ecclesia? Esta pregunta es pertinente porque al contrario de Pedro, quien según una leyenda volvió a Roma para ser martirizado al encontrarse por el camino a Jesús, no parece que la Iglesia esté dispuesta a ser crucificada de nuevo con el Hijo del Hombre. Y si no lo está es porque la ciudad de Dios ha pactado desde hace tiempo con el “príncipe de este mundo”. Este pacto no sólo habría llevado a la Iglesia a perder la capacidad de leer los signos de la presencia del Mesías en la historia, como advirtió Agamben en una conferencia pronunciada en Nôtre-Dame el 8 de marzo de 2009 y publicada un año más tarde bajo el título de La Iglesia y el Reino, sino a no tener ya ojos para ver el mal y condenarlo. Porque el mal de este mundo, contra lo que piensa Schmitt en su opúsculo La visibilidad de la Iglesia, no es sólo la consecuencia del pecado de los hombres. El mal es también una prueba de la existencia de lo demoníaco.

¿Cuáles son los signos de lo demoníaco que la Iglesia ha renunciado a interpretar para la comunidad de los fieles? Heidegger, quien habría dicho a su discípulo Carl Löwith que él no era ningún filósofo, sino un “teólogo cristiano”, ha trazado la génesis del advenimiento de lo demoníaco tras el “derrumbe del idealismo alemán”. En Introducción a la metafísica, un texto que reelabora un curso que el pensador dictara en la Universidad de Friburgo en 1935, éste muestra cómo “lo cuantitativo se transformó en una cualidad peculiar” ya en el siglo XIX hasta alcanzar su culmen en América y en Rusia. Heidegger escribe: “A partir de ese momento, el predominio de un promedio de lo indiferente ya no es algo sin importancia y meramente aburrido, sino que se manifiesta como la presión de aquello que ataca y destruye toda jerarquía espiritual y la denuncia como mentira. Se trata de la presión de lo que llamamos demoníaco (en el sentido de maldad destructora). Hay varios signos de la avenida de lo demoníaco y también del creciente desconcierto e inseguridad de Europa frente a aquél y en sí mismo”. Lo demoníaco se presenta, por lo pronto, como la “maldad destructora” que ataca, destruye y denuncia como mentira no el espíritu, sino la jerarquía del espíritu. Pero si ello es así, no es porque lo malinterprete, como sostiene Heidegger inmediatamente, sino porque aquella presión –cuya naturaleza es para nosotros un misterio- ha empujado al hombre a negar previamente en su corazón a Dios con la intención de poder reemplazarle tarde o temprano en su Reino, que es el proyecto oculto del gnosticismo moderno.

¿Cómo podemos definir el signo de nuestro tiempo? El pensador italiano Emanuele Severino, recientemente fallecido, decía que “vivimos en la civilización del desorden”. Pero el orden occidental se ha basado en gran medida en la “relación dialéctica” entre la Iglesia y el Estado. Como sostiene Agamben en La Iglesia y el Reino, esta relación se ha concretado históricamente en una doble polaridad: la Ley o Estado, “consagrada a la economía”, y el Mesías o Iglesia, cuya economía no es otra que la economía de la salvación. Desde este punto de vista, mientras la misión del Estado habría consistido en retener y aplazar el fin del mundo, lo que Pablo llamaba el katechon (2 Ts. 2, 6-7), la de la Iglesia no ha sido otra que la de transformar el tiempo cronológico en una experiencia del tiempo del fin, el cual no es otro que el tiempo que resta entre la resurrección y el fin de los tiempos. El juicio del filósofo italiano se muestra en este punto rotundo: “Una comunidad humana sólo puede sobrevivir si estas dos polaridades están co-presentes, si una tensión y una relación dialéctica permanece entre ellas”. “Ahora bien”, agrega el autor de El tiempo que resta, “es justamente esta tensión la que hoy está rota”. La consecuencia es que en la medida en que la Iglesia abdica de la “exigencia escatológica”, la economía del Estado extiende de inmediato su dominación sobre todos los aspectos de la vida humana. Es más: esa misma exigencia, nunca desaparecida, al ser abandonada por la Iglesia de Dios, es asumida hoy por toda suerte de “saberes profanos” que se disputan la hegemonía en el pronóstico de escenarios cada vez más catastróficos. En cuanto a la misión secular del Estado, una vez rota aquella doble polaridad, puede decirse que ésta tiene que convertirse necesariamente en una parodia de sí misma. En efecto: “El estado de crisis y de excepción permanente que los gobiernos del mundo proclaman hoy en día es perfectamente la parodia secularizada del aplazamiento perpetuo del Juicio Final en la historia de la Iglesia”.

Lo que la Iglesia no quiere o no puede ver es que ella misma se está perdiendo en el tiempo. Lo que la Iglesia no ve es que su caída en el siglo, la secularización, supone en definitiva su liquidación. Sometida a ilusiones de evangelio social cuando no transige con las nuevas ideologías de la ciudad de los hombres, la Iglesia olvida su “vocación mesiánica” y pierde la autoridad moral. Pero perderse en el siglo es perderse también en el “mal del siglo” y, por consiguiente, en el nihilismo, que es el verdadero signo de nuestro tiempo. Actuando así la Iglesia se hace cómplice del Estado en su misión de detener el mysteriun iniquitatis. Es este misterio el que la ciudad de Dios no quiere ver, pues no podemos creer que pueda mirar para otro lado. Pero “detener” el tiempo del fin no puede tener otro resultado, en el presente estado, que hacer de la apostasía la parusía y del hombre de pecado el príncipe del Reino de Dios en la Tierra, que es la mejor definición que se puede dar del infierno. “Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía y ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo” (2 Ts. 2, 3-4).

Luis Durán Guerra, profesor de Filosofía

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