Encuentro en Bkerké: el Papa invita a los jóvenes a ser «artesanos de paz»

Encuentro en Bkerké: el Papa invita a los jóvenes a ser «artesanos de paz»

Durante su encuentro con los jóvenes en la explanada del Patriarcado de Antioquía de los Maronitas en Bkerké, el Papa León XIV dirigió un mensaje centrado en la esperanza, la reconciliación y el compromiso con la paz. El acto formó parte de su viaje apostólico a Turquía y al Líbano.

Tras ser recibido por el Patriarca maronita y escuchar varios testimonios, el Santo Padre destacó el valor del coraje mostrado por los jóvenes en medio de la guerra, la pobreza y la inestabilidad. Señaló que el Líbano, herido por décadas de conflictos, puede “florecer como el cedro” si las nuevas generaciones se comprometen con la justicia, la unidad y el bien común.

El Pontífice subrayó que la verdadera paz nace de Cristo y no de intereses de parte, recordando las palabras de san Juan Pablo II: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”. Invitó a los jóvenes a construir relaciones sólidas basadas en la fidelidad, la generosidad y el servicio desinteresado.

Asimismo, los exhortó a inspirarse en los santos del Líbano —como san Charbel, santa Rafqa y el beato Yakub El-Haddad— y a cultivar una vida interior sostenida por la oración, la Escritura y la Eucaristía. El Papa alentó a mirar a María, “Madre de Dios y Madre nuestra”, como guía en el camino de la esperanza.

El encuentro concluyó con la promesa de paz de los jóvenes, la bendición papal y un canto final. El Santo Padre reafirmó que la Iglesia acompaña a la juventud libanesa y la animó a hacer florecer el país “con la fuerza del Evangelio y la luz de la esperanza”.

Dejamos el mensaje completo de León XIV:

Assalamu lakum! (la paz sea con vosotros)

¡Queridos jóvenes del Líbano, assalamu lakum!
Este es el saludo de Jesús resucitado (cf. Jn 20,19) y sostiene la alegría de nuestro encuentro: el entusiasmo que sentimos en el corazón expresa la amorosa cercanía de Dios, que nos reúne como hermanos y hermanas para compartir la fe en Él y la comunión entre nosotros.

Doy gracias a todos ustedes por el calor con el que me han acogido, así como a Su Beatitud por las cordiales palabras de bienvenida. De modo particular saludo a los jóvenes provenientes de Siria e Irak, y a los libaneses que han venido a la patria desde varios países. Estamos aquí reunidos para escucharnos unos a otros y para pedir al Señor que inspire nuestras futuras decisiones. A este propósito, los testimonios que Anthony y María, Elie y Joelle han compartido con nosotros realmente nos abren el corazón y la mente.

Sus relatos hablan de valentía en el sufrimiento. Hablan de esperanza en la desilusión, de paz interior en medio de la guerra. Son como estrellas brillantes en una noche oscura, en la cual ya divisamos el resplandor del alba. En todos estos contrastes, muchos entre nosotros pueden reconocer sus propias experiencias, tanto en lo bueno como en lo malo. La historia del Líbano está tejida de páginas gloriosas, pero también está marcada por heridas profundas que tardan en cicatrizar. Estas heridas tienen causas que sobrepasan los confines nacionales y se entrelazan con dinámicas sociales y políticas muy complejas. Queridísimos jóvenes, tal vez se lamenten de haber heredado un mundo desgarrado por guerras y desfigurado por injusticias sociales. Sin embargo, hay esperanza, ¡y hay esperanza dentro de ustedes! Ustedes tienen un don que tantas veces a nosotros, los adultos, parece escapársenos. ¡Ustedes tienen esperanza! Y ustedes tienen tiempo. Tienen más tiempo para soñar, organizar y realizar el bien. Ustedes son el presente y, entre sus manos, ya se está construyendo el futuro. ¡Y tienen el entusiasmo para cambiar el curso de la historia! La verdadera resistencia al mal no es el mal, sino el amor, capaz de sanar las propias heridas mientras se curan las de los demás.

La dedicación de Anthony y María hacia quienes estaban necesitados, la perseverancia de Elie y la generosidad de Joelle son profecías de un futuro nuevo, que debe anunciarse con la reconciliación y con la ayuda mutua. Así se cumple la palabra de Jesús: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» y «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,5.9). Queridos jóvenes, vivan a la luz del Evangelio, y serán bienaventurados a los ojos del Señor.

Su patria, el Líbano, florecerá hermosa y vigorosa como el cedro, símbolo de la unidad y de la fecundidad del pueblo. Ustedes saben bien que la fuerza del cedro está en las raíces, que normalmente tienen las mismas dimensiones que las ramas. El número y la fuerza de las ramas corresponden al número y a la fuerza de las raíces. Del mismo modo, el gran bien que hoy vemos en la sociedad libanesa es el resultado del trabajo humilde, escondido y honesto de tantos trabajadores del bien, de tantas raíces buenas que no quieren hacer crecer solo una rama del cedro libanés, sino todo el árbol, en toda su belleza. Beban de las raíces buenas del compromiso de quienes sirven a la sociedad y no “se sirven” de ella para sus propios intereses. Con un compromiso generoso por la justicia, proyecten juntos un futuro de paz y desarrollo. ¡Sean la savia de esperanza que el país espera!

A este propósito, sus preguntas permiten trazar un camino ciertamente exigente, pero precisamente por ello apasionante.
Me han preguntado dónde encontrar el punto firme para perseverar en el compromiso por la paz. Queridísimos, este punto firme no puede ser una idea, un contrato o un principio moral. El verdadero principio de vida nueva es la esperanza que viene de lo alto: ¡es Cristo! Jesús murió y resucitó para la salvación de todos. Él, el Viviente, es el fundamento de nuestra confianza; Él es el testigo de la misericordia que redime al mundo de todo mal. Como recuerda San Agustín, haciendo eco del apóstol Pablo, «en Él está nuestra paz, y de Él viene nuestra paz» (Comentario al Evangelio de Juan, LXXVII, 3). La paz no es auténtica si es solo fruto de intereses de parte, sino que es verdaderamente sincera cuando yo hago al otro lo que quisiera que el otro hiciera conmigo (cf. Mt 7,12). Con ánimo inspirado, San Juan Pablo II decía que «no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2002). Es exactamente así: del perdón proviene la justicia, que es fundamento de la paz.

Su segunda pregunta puede entonces encontrar respuesta justamente en esta dinámica. Es verdad, vivimos tiempos en los cuales las relaciones personales parecen frágiles y se consumen como si fueran objetos. Incluso entre los más jóvenes, a veces, a la confianza en el prójimo se contrapone el interés individual, y a la dedicación hacia el otro se prefiere el propio beneficio. Estas actitudes vuelven superficiales incluso palabras hermosísimas como amistad y amor, que con frecuencia se confunden con un sentimiento de satisfacción egoísta. Si en el centro de una relación de amistad o de amor está nuestro yo, esta relación no puede ser fecunda. Del mismo modo, no se ama verdaderamente si se ama con límite, mientras dura un sentimiento: un amor con caducidad es un amor decadente. Por el contrario, la amistad es verdadera cuando dice “tú” antes que “yo”. Esta mirada respetuosa y acogedora hacia el otro nos permite construir un “nosotros” más grande, abierto a toda la sociedad, a toda la humanidad. Y el amor es auténtico y puede durar para siempre solo cuando refleja el esplendor eterno de Dios, Dios que es amor (cf. 1 Jn 4,8). Las relaciones sólidas y fecundas se construyen juntas sobre la confianza recíproca, sobre este “para siempre”, que late en toda vocación a la vida familiar y a la consagración religiosa.

Queridísimos jóvenes, ¿qué es lo que más que cualquier otra cosa expresa la presencia de Dios en el mundo? ¡El amor, la caridad! La caridad habla un lenguaje universal, porque habla a cada corazón humano. No es un ideal, sino una historia revelada en la vida de Jesús y de los santos, que son nuestros compañeros en las pruebas de la vida. Miren en particular a tantos jóvenes que, como ustedes, no se han dejado desanimar por las injusticias y por los malos ejemplos recibidos, incluso en la Iglesia, sino que han intentado trazar caminos nuevos, en búsqueda del Reino de Dios y de su justicia. Con la fuerza que reciben de Cristo, ¡construyan un mundo mejor que el que han encontrado! Ustedes, jóvenes, son más directos al tejer relaciones con los demás, incluso con quienes son distintos por tradición cultural o religiosa. La verdadera renovación, que desea un corazón joven, comienza con los gestos cotidianos: con la acogida del vecino y del lejano, con la mano tendida al amigo y al refugiado, con el perdón difícil pero necesario del enemigo.

Miremos cuántos ejemplos maravillosos nos han dejado los santos. Pensemos en Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, dos jóvenes que han sido canonizados en este año santo del Jubileo. Miremos a los tantos santos libaneses. ¡Qué belleza singular se manifiesta en la vida de Santa Rafqa, que con fuerza y mansedumbre resistió durante años el dolor de la enfermedad! Cuántos gestos de compasión realizó el Beato Yakub El-Haddad, ayudando a las personas más abandonadas y olvidadas por todos.

¡Qué luz tan poderosa proviene de la penumbra en la que decidió retirarse San Charbel, quien se ha convertido en uno de los símbolos del Líbano en el mundo! Sus ojos están representados siempre cerrados, como para contener un misterio infinitamente más grande. A través de los ojos de San Charbel, cerrados para ver mejor a Dios, nosotros seguimos captando con más claridad la luz de Dios. Es bellísimo el canto dedicado a él: “Oh tú que duermes y tus ojos son luz para los nuestros, sobre tus párpados ha florecido un grano de incienso”. Queridos jóvenes, que también sobre sus ojos brille la luz divina y florezca el incienso de la oración. En un mundo de distracciones y vanidades, tengan cada día un tiempo para cerrar los ojos y mirar solo a Dios. Él, si a veces parece silencioso o ausente, se revela a quien lo busca en el silencio. Mientras se esfuerzan por hacer el bien, les pido que sean contemplativos como San Charbel: orando, leyendo la Sagrada Escritura, participando en la Santa Misa y permaneciendo en adoración. El Papa Benedicto XVI decía a los cristianos de Oriente Medio: «Los invito a cultivar continuamente la verdadera amistad con Jesús mediante la fuerza de la oración» (Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 63).

Mis queridos amigos, entre todos los santos y santas resplandece la Toda Santa, María, Madre de Dios y Madre nuestra. Muchos jóvenes llevan el rosario siempre consigo: en el bolsillo, en la muñeca o en el cuello. ¡Qué hermoso es mirar a Jesús con los ojos del corazón de María! También desde este lugar donde estamos en este momento, ¡qué dulce es elevar la mirada a Nuestra Señora del Líbano, con esperanza y confianza!

Queridos jóvenes, permítanme finalmente entregarles la oración, simple y bellísima, atribuida a San Francisco de Asís: «Oh Señor, haz de mí un instrumento de tu Paz: donde haya odio, que yo lleve el Amor; donde haya ofensa, que yo lleve el perdón; donde haya discordia, que yo lleve la unión; donde haya duda, que yo lleve la fe; donde haya error, que yo lleve la verdad; donde haya desesperación, que yo lleve la esperanza; donde haya tristeza, que yo lleve la alegría; donde haya tinieblas, que yo lleve la luz».

Esta oración mantenga viva en ustedes la alegría del Evangelio, el entusiasmo cristiano. “Entusiasmo” significa “tener a Dios en el alma”: cuando el Señor habita en nosotros, la esperanza que Él nos da se vuelve fecunda para el mundo. Vean, la esperanza es una virtud pobre, porque se presenta con las manos vacías: son manos libres para abrir puertas que parecen cerradas por el cansancio, el dolor y la desilusión.

El Señor estará siempre con ustedes, y tengan la certeza del apoyo de toda la Iglesia en los desafíos decisivos de su vida y en la historia de su amado país. Los encomiendo a la protección de la Madre de Dios y Nuestra Señora, que desde lo alto de este monte mira hacia este nuevo florecimiento. ¡Jóvenes libaneses, crezcan vigorosos como los cedros y hagan florecer el mundo con esperanza!

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