San Pablo y el jubileo LGTBQ+

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“Por eso, Dios los entregó a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza; de la misma manera, los hombres, dejando la relación natural con la mujer, se abrasaron en deseo los unos por los otros, cometiendo actos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su extravío.

Y como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para que hicieran lo que no conviene. Están llenos de toda injusticia, maldad, codicia, perversidad; llenos de envidia, homicidio, contienda, engaño, malignidad; chismosos, detractores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios, jactanciosos, ingeniosos para el mal, desobedientes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados. Y aunque conocen el juicio de Dios, que quienes practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también aprueban a los que las practican.”

Cuando San Pablo escribe a los Romanos, no está elaborando un tratado de moral sexual, sino una radiografía espiritual de la humanidad caída. Y lo hace con una lógica implacable: cuando el hombre olvida a Dios, se inventa ídolos; y cuando adora a la criatura en lugar del Creador, hasta su propio cuerpo se le desordena.

Por eso, en Romanos 1, Pablo señala cómo las prácticas homosexuales son fruto de un corazón que ha querido ser autónomo. “Cambiaron la verdad de Dios por la mentira” y, como consecuencia, “sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza”. No es un juicio aislado: es el símbolo de la rebelión del hombre contra su Creador.

Los Padres de la Iglesia lo vieron enseguida. San Juan Crisóstomo, con su claridad de oro, decía que esos actos son peores que la fornicación porque niegan la misma complementariedad inscrita en la naturaleza. San Agustín los entendía como un fruto de la soberbia: el hombre que pretende reescribir la obra del Autor. Para ellos, la homosexualidad era, ante todo, el signo visible de una idolatría más profunda.

Siglos después, san Juan Pablo II, en su Teología del cuerpo, ofreció la clave definitiva: el cuerpo humano es lenguaje, y su gramática está inscrita en la creación. Hombre y mujer están llamados a la entrega mutua y fecunda. Los pecados contra la castidad, entre ellos la homosexualidad, son un “antitestimonio del amor”: la negación de ese significado esponsal. Lo que San Pablo llamaba “contra natura”, Juan Pablo II lo describe como ruptura del lenguaje del cuerpo, como si la palabra que debía expresar amor y donación se hubiera convertido en un balbuceo vacío.

Y aquí está lo actual: mientras los titulares del mundo celebran falsos “jubileos” arcoíris, la Palabra de Dios sigue siendo tan incómoda como luminosa. Pablo, los Padres y Juan Pablo II coinciden: no se trata de exclusión, sino de recordar que el amor verdadero está grabado en nuestra carne como don y como llamada. Y que toda desviación de ese plan no libera, sino que esclaviza.

El Evangelio no cierra puertas: las abre a la conversión, a la misericordia y a la vida plena. Pero no a cualquier precio: la verdad del cuerpo no se negocia. Y en esto, la Iglesia no ha cambiado ni cambiará, porque no habla de sí misma, sino del Dios que nos creó hombre y mujer a su imagen y semejanza.

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