Viendo la foto de hoy con el presidente de Israel, queda claro que el nuevo Papa ha decidido imitar a su predecesor en la política de los gestos. Esa diplomacia tan sutil como inútil que consiste en no decir nada, pero posar para la foto con cara de póker o con gesto de disgusto según convenga. Lo que algunos llaman “gestudo”, como llaman al rey de España: hombre que no gobierna, pero frunce estupendamente el ceño cuando algo le molesta.
Francisco fue un maestro en este arte. No hacía falta leer sus discursos: bastaba ver cómo ponía cara de funeral con Trump o cómo salía sonriente con Maduro y con Fidel Castro.
Y ya tenemos la primera muestra de que Prevost seguirá la misma línea. Con Isaac Herzog, presidente del Estado de Israel, rostro pétreo, cejas tensas, gesto duro. Pero basta ver la foto con el hereje James Martin para descubrir que también sabe desplegar una sonrisa cálida, amplia y luminosa. Exactamente lo mismo que hacía Bergoglio: fruncir para unos, reír para otros.
Sinceramente, sigo siendo más partidario de aquella vieja recomendación evangélica: que tu “sí” sea un sí, y tu “no” sea un no.
