Seguir la ciencia, ignorar el precipicio

Seguir la ciencia, ignorar el precipicio
Cardsharps by Caravaggio, c. 1596-97 [Kimbell Art Museum, Fort Worth, Texas]

Por Francis X. Maier

Los libros pequeños pueden contener grandes ideas. Ideas simples pero importantes. Un ejemplo obvio, publicado por primera vez en edición de tapa dura en 1948 con apenas 190 páginas, es Ideas Have Consequences, de Richard Weaver. Es una pequeña obra de genio. El título lo dice todo. Pero, para que quede claro: las malas ideas que suenan bien –como supermercados de propiedad estatal; no es que alguien racional sugiera tal cosa– pueden tener resultados infelices. Como Weaver sabía de primera mano, por haberlo vivido, el siglo XX estuvo plagado de grandes ideas, sus consecuencias y, demasiadas veces, sus víctimas. Considérese las bendiciones de Lenin y Pol Pot.

Un libro pequeño similar, publicado exactamente 60 años después, es especialmente oportuno hoy. In the Shadow of Progress (2008), de Eric Cohen, es un volumen delgado, fácilmente pasado por alto. Pero contiene una sabiduría desmesurada sobre lo que significa ser humano en una era dominada por la ciencia, la tecnología y la idea –en efecto, el culto– del progreso. Cohen, fundador de la revista New Atlantis y director ejecutivo del Tikvah Fund, tiene un don para combinar contenido serio con un estilo agradable. Por eso, es un libro que debería ser leído por cualquiera que desee comprender el espíritu que anima nuestra cultura actual y sus implicaciones.

Más sobre eso en un momento. Primero, algunos datos curiosos.

¿Recuerdan las conferencias llenas de seguridad que escuchamos de tantas fuentes expertas durante los años de Obama-Trump-Biden, diciéndonos que “la ciencia es real” –en oposición, se concluiría razonablemente, a cosas como la creencia religiosa y sus preocupaciones? ¿Recuerdan todas las exhortaciones a “seguir la ciencia”, a no enredarse en inútiles disputas bioéticas sobre cuestiones vitales de investigación? ¿Recuerdan la gravedad científica y la coerción social que autorizó, impuesta para reforzar el confinamiento por el COVID?

Sí, fue incómodo cuando todos esos ancianos murieron en cuarentena. También cuando gran parte de la “ciencia” detrás de todo el asunto del encierro se desmoronó. Pero bueno, los errores ocurren, y las disculpas se pierden en el camino.

Menciono esto porque la actitud de becerro de oro de nuestra cultura hacia la ciencia, y las ilusiones y ambiciones profesionales que engendra, necesitan cierto ajuste.

El 5 de agosto, el Wall Street Journal informó que “una creciente marea de artículos falsos está inundando el registro científico y proliferando más rápido de lo que los controles actuales pueden eliminarlos del sistema”. En las últimas dos décadas ha surgido toda una industria de “empresas o individuos que cobran honorarios por publicar estudios falsos en revistas legítimas bajo el nombre de científicos desesperados cuya carrera depende de su historial de publicaciones”.

Un estudio halló más de 32.000 artículos científicos falsos en casi todas las revistas académicas. La tasa de generación de artículos falsos se duplicó aproximadamente cada 18 meses entre 2016 y 2020. Como resultado, los editores “se han visto obligados a retractarse de cientos de artículos de una sola vez y, en algunos casos, a cerrar revistas”.

La inteligencia artificial en realidad agrava el problema, “porque los modelos de lenguaje de gran escala [consumen] literatura científica sin discriminar entre artículos legítimos y fraudulentos”. El uso generalizado de buscadores y herramientas de IA relacionadas luego “enturbia las aguas de la ciencia y la comprensión científica”. También conduce a una serie de otros problemas.

El mismo Wall Street Journal informó después que “las cualidades que hacen atractivos a los chatbots [de IA] –siempre escuchan, nunca juzgan y dicen lo que uno quiere oír– también pueden hacerlos peligrosos. Especialmente para las personas autistas”. Señalaba que “las personas autistas, que a menudo tienen una forma de pensar en blanco y negro y pueden obsesionarse con temas particulares, son especialmente vulnerables” a conversaciones impulsadas por IA que literalmente nunca terminan.

Finalmente, un artículo del 7 de agosto en el Journal mencionaba “un caso en el que una mujer gastó decenas de miles de dólares para seguir un proyecto que [un] chatbot le dijo que salvaría a la humanidad”. Algunas personas han cortado el contacto con su familia siguiendo el consejo de chatbots. Un veterano en el uso de chatbots señaló que “algunas personas piensan que son el mesías, que son profetas, porque creen que están hablando con Dios a través de ChatGPT”. El artículo observaba que “un archivo en línea de conversaciones muestra a [los modelos de IA] llevando a los usuarios a un agujero de teorías sobre física, extraterrestres y el apocalipsis”, lo que resulta en una especie de psicosis de IA que alimenta “espirales delirantes”.

Obviamente, la IA tiene usos valiosos; la mayoría de los usuarios de chatbots no se vuelven psicóticos, y empresas como OpenAI trabajan arduamente para corregir los problemas a medida que se identifican. Pero ese no es mi punto. La ciencia es una empresa humana. Los seres humanos son criaturas falibles que fabrican herramientas y utopías falibles. Y cuanto más inteligentes somos, más ciegos podemos volvernos.

Lo cual nos devuelve a Eric Cohen y In the Shadow of Progress. “La ciencia es poder sin sabiduría sobre los usos del poder”, escribe Cohen. “La ciencia es un medio para muchos fines sin sabiduría sobre cuáles fines son más dignos”. El científico puede reemplazar al sacerdote en “la isla del progreso”, pero por toda su pericia, no tiene una competencia especial para discernir lo que constituye el auténtico y último bien para la humanidad.

Y, sin embargo, como observa Cohen, “ninguna idea ofende más profundamente a la mente científica moderna que la salvación divina. ¡Qué débiles debemos de ser si necesitamos un Dios que nos rescate de las cargas de vivir en este mundo!”. Por eso el biólogo y ateo mediático Richard Dawkins describió la fe religiosa como “un virus de la mente” y como “[chupar] del chupete de la fe en la inmortalidad”.

Dawkins es un niño símbolo del lado oscuro del orgullo científico, pero no está solo. “Desde el principio”, escribe Cohen, “la ciencia [ha sido] impulsada tanto por la piedad democrática como por la astucia aristocrática, por la promesa de ayudar a la humanidad y por el deseo de liberarse de las restricciones del hombre común, con sus muchos mitos, supersticiones y tabúes”.

Cohen no es –en ningún momento– “anticiencia”. Más bien, es antihibris y partidario de la realidad de nuestras ansias espirituales, así como de una modestia e integridad intelectual que ennoblecen la dignidad humana en lugar de erosionarla.

Como sugiere el excelente libro de Cohen, nunca somos tan inteligentes como creemos ser ni tan sabios como necesitamos ser. Así que un poco de humildad no estaría de más.

Sobre el autor

Francis X. Maier es investigador senior en estudios católicos en el Ethics and Public Policy Center. Es autor de True Confessions: Voices of Faith from a Life in the Church.

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