Por Robert Royal
¿Existe alguna persona sensata en la Tierra que ame las bombas nucleares? ¿Tal cual? Si la hay, nunca la conocí. Y ciertamente nunca escuché un buen argumento a favor de ellas en sí mismas. Ronald Reagan, ese expresidente estadounidense al que muchos europeos de mi época veían como un “vaquero belicista”, odiaba las armas nucleares y negoció seriamente con los soviéticos para contener su proliferación.
Sus planes de Star Wars eran marcadamente defensivos, no ofensivos, aunque el mero concepto de defensa antimisiles inspiró no solo ese apelativo sarcástico, sino también temor y repudio entre los jugadores profesionales de la carrera nuclear. Las armas nucleares son potencialmente apocalípticas. Ojalá pudiéramos prohibirlas.
Pero no podemos permitirnos hacerlo. Cuando Winston Churchill se enteró de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, comentó que a partir de entonces la seguridad sería el “hijo robusto del terror”, es decir, que las naciones con tales armas se disuadirían unas a otras por necesidad. Algunos analistas, menos familiarizados con la realidad global, desearon que las armas nucleares simplemente desaparecieran.
Figuras de la Iglesia, incluidos obispos estadounidenses, han opinado habitualmente sobre la inmoralidad de la guerra nuclear —a veces incluso sobre la inmoralidad de poseer esas armas—. Esto nos lleva a la reciente “Peregrinación por la Paz” a Japón, organizada por cuatro obispos estadounidenses —el cardenal Blase Cupich de Chicago, el arzobispo Paul Etienne de Seattle, el arzobispo John Wester de Santa Fe y el cardenal Robert McElroy de Washington— con motivo del 80º aniversario de los bombardeos nucleares de la Segunda Guerra Mundial.
Visitaron Hiroshima y Nagasaki, participaron en ceremonias conmemorativas y se reunieron con autoridades civiles y religiosas. El cardenal Cupich pidió con acierto volver al criterio clásico de guerra justa: no atacar a civiles y limitar los combates a combatientes. El cardenal McElroy abogó por la abolición de las armas nucleares y citó al Papa Francisco diciendo que la “disuasión nuclear no es un paso hacia el desarme, sino un pantano”. Y es cierto, pero hay cosas peores que pantanos, como estados tiránicos que poseen armas y no temen usarlas porque no tienen razón alguna para abstenerse.
Así, incluso cuando las autoridades de la Iglesia proclaman ideales loables, lo hacen desde una visión limitada. Sin alternativas viables, sus declaraciones resultan idealistas en exceso, rayando en lo irresponsable e incluso, de algún modo, en lo inmoral. La Iglesia, cuando se pronuncia sobre asuntos públicos —lo debe hacer raramente y con extremo cuidado— debe tener en cuenta que vivimos en un mundo caído, y esa es parte de su razón de ser. Y en un mundo caído, las amenazas letales, incluso aquellas de origen humano como la posibilidad de un apocalipsis nuclear, deben manejarse con cuidado, calma y firmeza.
En lo que va de su pontificado, el Papa Leo XIV me parece alguien que encarna esas virtudes. No se hace espectáculo público al inmiscuirse en cada tema. Su manera de ser es sobria y reflexiva. Por eso fue desafortunado verlo involucrarse también en la cuestión de las armas nucleares de un modo que me parece sencillamente poco realista.
La semana pasada, el Papa llamó al desarme nuclear con estas palabras:
“La paz verdadera exige el valiente abandono de las armas, especialmente de aquellas cuyo poder puede causar una catástrofe indescriptible. La carrera armamentista no es un camino hacia la paz. Las armas nucleares ofenden nuestra humanidad compartida y traicionan la dignidad de la creación, cuya armonía estamos llamados a preservar. Debemos tener el valor de sustituir la desconfianza por el diálogo, y el miedo por la confianza mutua. El desarme es un objetivo digno de los esfuerzos de todos los pueblos y de todos los líderes del mundo.”
Un ideal digno y una advertencia necesaria.
Pero, ¿cómo vamos del aquí al allá? ¿Diplomacia? En el mejor de los casos, requeriría líderes mundiales mucho más racionales de lo que tenemos o probablemente tendremos. Requeriría que esos líderes —inexistentes por ahora— confiaran mutuamente, al mismo tiempo y en igual medida, tanto como para hacer que sus naciones queden vulnerables al desarmarse. ¿Suena siquiera remotamente posible, en un mundo con Putin, el Partido Comunista Chino, el hinduismo radical actual en India, sin mencionar a Pakistán, Israel, Corea del Norte o Irán? Siempre esperamos líderes nuevos y mejores, pero ¿nos da la historia mundial alguna razón para creer que veremos simultáneamente a toda una generación de “reyes filósofos” en cada nación nuclear, en cualquier futuro imaginable?
Y la idea de que alguna entidad internacional consiga eliminar armas nucleares es un sueño ingenuo. Bertrand Russell, uno de los primeros filósofos modernos en ver los peligros de un mundo nuclear, propuso —en su lógica impecable y a la vez disparatada— lo siguiente:
el establecimiento de un gobierno internacional con el monopolio de una fuerza armada seria… no una fachada amable como la Sociedad de Naciones, ni un simulacro pretencioso como la actual Organización de las Naciones Unidas bajo su constitución vigente. Un gobierno internacional, si ha de poder preservar la paz, debe poseer las únicas bombas atómicas, la única planta para producirlas, la única fuerza aérea, los únicos acorazados y, en general, todo lo necesario para hacerlo irresistible.
Su personal atómico, sus escuadrones aéreos, las tripulaciones de sus acorazados y sus regimientos de infantería deberán estar compuestos, cada uno, por hombres de muchas naciones distintas; no debe existir la menor posibilidad de que se desarrolle un sentimiento nacional.
Cada miembro de la fuerza armada internacional deberá ser cuidadosamente formado en la lealtad al gobierno internacional. La autoridad internacional deberá tener el monopolio del uranio y de cualquier otra materia prima que en el futuro se descubra apta para fabricar bombas atómicas.
Deberá contar con un gran ejército de inspectores, con derecho a entrar en cualquier fábrica sin previo aviso; cualquier intento de interferir u obstruir su labor deberá tratarse como un casus belli. Deberán estar equipados con aviones que les permitan descubrir si se están estableciendo plantas secretas en regiones deshabitadas cerca de los polos o en medio de grandes desiertos.
Lógico en su planteo… y también, sencillamente, imposible.
No me gusta el mundo actual. ¿A quién le gustaría? Apoyo —y mucho— el énfasis repetido del Papa Leo en la paz mundial y, sobre todo, en la paz interior. Pero en un mundo caído, la paz es, necesariamente, una complicada danza internacional. Y es urgente que también reconozcamos eso.
Acerca del autor:
Robert Royal es editor en jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First Century, Columbus and the Crisis of the West y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.