Han pasado tres meses desde la elección de León XIV. Tres meses en los que no hemos sabido gran cosa de lo que piensa Su Santidad, más alla de los discursos y homilias oficiales. No hay entrevistas programadas, ni especiales en La Civiltà Cattolica, ni charlas improvisadas sobre el sentido profundo de un bonsái mutilado. Apenas un breve canutazo en Santa María de Galleria.
Y no se echa de menos.
Porque no es que resultara imprescindible el estilo francisquista de abrir la boca cada cuatro horas para compartir impresiones sobre perros, fútbol, madres absorbentes, conejas o metáforas del infierno. Uno acaba agradeciendo el silencio. La pausa. Ese ejercicio anticuado —y a estas alturas subversivo— de no estar en todas partes todo el tiempo.
León no se ha hecho retratar en el papamóvil. No ha salido en el sello con gesto de monaguillo perplejo. No ha grabado vídeos selfie para el canal de TikTok de la Secretaría de Comunicación. Y con eso, paradójicamente, ha dicho bastante más que muchos discursos.
El plato vacío
Todo esto recuerda, inevitablemente, a aquella escena de The Young Pope. El joven Pío XIII, al que nadie conoce, se enfrenta al aparato vaticano, personificado en una experta en Marketing, que le pide “una imagen cercana, humana, sonriente” para las tazas y los imanes de nevera. Él responde con… un plato vacío. Blanco. Insondable.
Una imagen sin imagen. Un mensaje sin mensaje. Un Papa que no se deja consumir.
León parece ir por esa vía. No tanto por estrategia como por naturaleza. Por convicción, quizá. Por entender que no todo le han elegido como mono de feria sino como Obispo de Roma. Que a veces conviene más actuar que comentar. Y da la sensación de que durante el verano está preparando su actuación de septiembre.
El horror al vacío
Esto, claro, desconcierta a los herederos del pontificado-espectáculo. “¿Por qué no habla?”, preguntan algunos con ansiedad. “¿Qué opina de la transición energética? ¿Y del uso responsable de las redes sociales? ¿Y de los abrazos interreligiosos?”
Nada. O casi nada. Y eso, tal vez, sea lo más relevante que ha hecho hasta ahora.
No se trata de cultivar el misterio por el misterio. Pero sí de asumir que el Vicario de Cristo no está obligado a comentar cada minucia del presente, ni a someterse a los ritmos del consumo mediático. Que quizá conviene recuperar cierta distancia. Cierta reserva. Cierto respeto, incluso.
Da la sensación de que León XIV no busca gustar. Ni resultar simpático. Y esa decisión, tan poco rentable en términos de imagen, resulta difícil de ignorar. Sobre todo en un tiempo que lo apuesta todo a la visibilidad, a la emoción inmediata, al selfie pontificio con fondo de aplausos.
No sabemos qué hará León en los próximos meses. Pero de momento, lo que no está haciendo es ya una forma —inquietante para algunos, esperanzadora para otros— de ejercer el ministerio.