Reflexiones sobre la vocación sacerdotal de un hijo en el contexto actual

Reflexiones sobre la vocación sacerdotal de un hijo en el contexto actual

La decisión de un hijo de seguir la vocación sacerdotal puede provocar una profunda reflexión en sus padres, especialmente en un contexto como el actual.

No puedo hablar desde la experiencia de aquellos padres cuyas hijas optan por una vida en clausura, un camino que, sin duda, representa un reto emocional aún mayor para ellos.

1. El cambio de vocación: De ingeniero de telecomunicaciones a sacerdote

Para unos padres que hemos visto a nuestro hijo crecer con la aspiración de ser ingeniero de telecomunicaciones, su decisión de ingresar al seminario a los 18 años resultó inesperada, e incluso desconcertante. Las expectativas que depositamos en el futuro de nuestros hijos a menudo se basan en sus intereses y talentos. Ver que un joven, apasionado por la tecnología y con sueños en el ámbito científico, elige un camino completamente distinto, puede generar sorpresa, confusión o, en algunos casos, desaprobación.

En nuestro caso, un antecedente familiar marcaba el terreno: un pariente cercano, que había estado en una orden religiosa desde los ocho años, fue invitado a retirarse a los veintitrés. Este cambio radical en su vida significó un proceso de adaptación para toda la familia, particularmente para mi mujer, quien tuvo que apoyarlo en su reintegración a la vida social. Mi suegra, una mujer de un pequeño pueblo, también vivió ese episodio con confusión y escepticismo, lo que añadió otra capa de incertidumbre cuando nuestro hijo expresó su deseo de ingresar al seminario de Toledo, Diócesis a la que sigue, de momento, perteneciendo.

A pesar de ello, algunos padres, aunque perplejos, podemos aprender a aceptar esta elección como un paso más profundo en el proceso de autodescubrimiento de nuestro hijo. La vocación sacerdotal es una decisión rara y difícil, que responde a un llamado interior fuerte y personal. Como padres, nos toca adaptarnos, pasando de apoyar una carrera profesional a acompañar a nuestros hijos en un camino espiritual, más abstracto y comprometido.

2. El orgullo de tener un hijo que ha encontrado su vocación al servicio de los demás

Una vez que logramos aceptar la decisión de nuestro hijo, el orgullo empieza a surgir, especialmente cuando su vocación sacerdotal lo lleva a un servicio altruista, como ha sido nuestro caso. Tras siete años en misiones en Perú y ahora en Estados Unidos, hemos visto cómo nuestro hijo dedica su vida a ayudar a comunidades desfavorecidas.

Verlo enfrentarse a las adversidades de la vida misionera, adaptarse a nuevas culturas y ayudar a quienes más lo necesitan nos llena de respeto y admiración. Para muchos padres, descubrir que nuestros hijos han optado por una vida orientada al bienestar de los demás es una fuente de inspiración, y un reflejo de los valores que hemos intentado inculcarles.

3. Los padres de sacerdotes ante los cambios en la percepción de la Iglesia en la sociedad actual

La percepción del sacerdocio ha cambiado significativamente en los últimos años debido a transformaciones sociales, culturales y religiosas. Como familia de un sacerdote, vivimos con preocupación e incertidumbre estos cambios, no solo por la reacción de la sociedad hacia la Iglesia, sino también por la manera en que la jerarquía eclesiástica los afronta, en ocasiones de forma temerosa y pusilánime.

Cabe destacar que, aunque algunos de nosotros sentimos esta falta de firmeza en la jerarquía, reconocemos que muchos sacerdotes en el «campo de batalla» siguen defendiendo con determinación los valores y dogmas que sostienen la fe católica desde hace más de dos mil años.

Parece que, al ascender en la escala jerárquica, no solo aumenta la responsabilidad, lo cual es lógico, sino también el temor a defender públicamente esos valores, en una sociedad que marca sus propias líneas y castiga a quienes se apartan de ellas, sea en el ámbito religioso o en cualquier otro.

Esta actitud de tolerancia puede ser más comprensible en aquellos de nosotros que no tenemos la fortaleza espiritual que acompaña a la vocación sacerdotal. Sin embargo, resulta difícil de justificar en quienes llevan años desempeñando este rol y ocupan puestos de responsabilidad, que deberían requerir posturas más firmes ante los constantes ataques que enfrenta la Iglesia.

En conjunto, estos sentimientos crean una experiencia emocional compleja. Los padres sentimos orgullo y amor por nuestros hijos, pero también miedo y rabia al ver cómo enfrentan una situación adversa. Para algunos, esto puede desencadenar una crisis de fe: por un lado, en la misión y vocación de nuestros hijos, y por otro, en la capacidad de la Iglesia para proteger a quienes han consagrado su vida al servicio de Dios.

Conclusión

Para algunos de nosotros, ver que nuestros hijos han sido expuestos o traicionados por quienes debían protegerlos es una experiencia dolorosa y frustrante. A pesar del orgullo y respeto que sentimos por su misión, nos enfrentamos a nuestros propios miedos e impotencias, lo que pone a prueba tanto nuestro amor incondicional por ellos como nuestra fe en las estructuras que deberían garantizar su bienestar.

José Ceferino Delgado 

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