DIARIO DE UNA FILOTEA
24 junio 2023
Filotea es un nombre de origen griego; el mismo que Teófila – que combina las dos mismas palabras en orden inverso. Su significado etimológico es Φιλο-θέη (Philothee), “amante de Dios”. Éste es el diario de “una que ama a Dios” y, por eso, todo lo que ofende a Dios es motivo de dolor y deseo de reparación.
Desde hace unos años curso estudios de doctorado en Historia Medieval en una universidad pública catalana. Allí fue donde obtuve la licenciatura hace dos décadas y allí volví, con muchas dudas, para realizar la tesis doctoral. Las dudas se debían al recuerdo de lo escorada hacia el progresismo que estaba la facultad de Historia a finales de los años 1990. Era obvio ya entonces, aun con la muy reciente caída del muro de Berlín y el aparente fracaso político del marxismo-comunismo, que la ideología predominaba sobre la ciencia. A pesar de las dudas, puesto que fue una decisión tomada ya en pleno verano, la salida más sencilla para realizar los estudios de doctorado fue la universidad pública. Un doctorado en historia medieval al que fue sencillo acceder, pues abrieron de nuevo la convocatoria en septiembre al haber plazas disponibles. Una universidad privada o una universidad eclesiástica se presentaban como opciones de acceso más complejo que habrían supuesto no poder comenzar los estudios ese mismo año.
Y tengo que decir que la experiencia no está siendo buena. De hecho, está siendo horrible. Los grandes planteamientos sobre la Historia como ciencia, las perspectivas, parecen haber desaparecido. Ya sabía que la investigación histórica estaba sujeta a las modas, pero no había caído en la cuenta de que no sólo la aproximación a la historia de un investigador estaba condicionada por su posicionamiento ideológico, sino que hemos llegado a un momento en que eso ya ni se cuestiona. La izquierda, el progresismo woke a estas alturas, ha ganado por incomparecencia del adversario la batalla cultural en la universidad pública. Puede que sea una cuestión no tan aparente en estudios de ciencias experimentales e incluso en estudios sociales tales como la economía o el derecho. Pero es muy evidente en los estudios de Historia. Estudios que han perdido la capacidad de analizar para sólo describir, para divulgar utilizando las nuevas tecnologías digitales aplicadas a la ciencia histórica, donde el situar en un mapa un monasterio medieval según sus coordenadas es el objetivo máximo del estudio. Es decir, aquello que debiera ser un paso en la investigación, y muy interesante, se ha convertido en su finalidad. Por tanto, la batalla cultural no sólo supone una ideologización del estudio de la Historia que la convierte en un arma de lucha de causas contemporáneas mediante la constante caída en anacronismos que, de hecho, invalidarían la metodología como a-científica; sino que, además, por haber renunciado a las grandes explicaciones, a las dinámicas, a las causas, se ha empobrecido enormemente la calidad de la investigación.
Es, además, especialmente insoportable cuando se trata de temas muy recurrentes en el estudio de la Edad Media como son las mujeres y la Iglesia. Aquí se hace evidente que la batalla cultural es de hecho una batalla espiritual: además de dar por sentado que cualquier estudio sobre mujeres parte de la “perspectiva de género” y del punto de partida de que las mujeres medievales estaban sometidas por el patriarcado, es estomagante repasar los temas y las perspectivas elegidas para estudiar cualquier aspecto referente a la Iglesia. Vamos a ilustrar lo que estoy diciendo: la elección de temas que parten siempre de la Iglesia como estructura opresora patriarcal que sólo puede estudiarse desde líneas de investigación sobre “poder” e “instituciones”; la contraposición de los religiosos medievales no reglados a los monásticos y conventuales, subrayando la libertad de los primeros y su intento de no caer en la institucionalización, negativa per se por impuesta; el enfoque positivo sin disimulo para todo lo que sea disidencia y herejía; la utilización de etiquetas como #igualdad en publicaciones en redes digitales de exposiciones sobre mujeres medievales. Para acabar, leamos un pasaje de un estudio académico dedicado a las monjas clarisas: “las monjas clarisas, por su condición de mujeres, no podían ser del todo autónomas (…). Las autoridades civiles y religiosas de la Edad Media siempre intentaron controlar a las monjas (…); hasta qué punto llegaba el control e injerencia de los frailes menores sobre las casas de sus hermanas clarisas (…)”. Incluso he asistido a una defensa de tesis doctoral en Historia del Arte en que, de entrada, se negaba sin argumentos la historicidad de la Ascensión, mientras que yo misma he sido censurada por tener una visión “confesional” al apuntar, siguiendo a Joseph Pearce y a Hilaire Belloc, que la aproximación del historiador a personajes y hechos del pasado ha de tener en cuenta su visión cristiana de la realidad.
La situación cambia totalmente al repasar los currículums de universidades realmente católicas, como las CEU y la Universidad de Navarra, donde desde hace décadas consiguen, no sin dificultades, alcanzar la excelencia académica sin la necesidad de manipular la Historia. Pero acceder a estas universidades no está al alcance de todos los bolsillos, así que la mayoría quedan expuestos al bombardeo ideológico y al combate contra Dios.
En “La restauración de la cultura cristiana”, John Senior apuntaba ya en los años 1970 a la necesidad de excelencia intelectual en la Universidad en el amplio sentido de la palabra para una sociedad de altos estándares culturales y espirituales. Lo que vemos hoy en la universidad pública, sobre todo en ciertos estudios de ciencias humanas y sociales, es justamente lo contrario. Por eso, como decía ya León XIII en la carta apostólica Saepenumero Considerantes al abrir a la investigación el Archivo Secreto Vaticano (hoy, “Apostólico”) en 1883, los historiadores cristianos tenemos la obligación de serlo también en la práctica profesional de la historia, sacando a la luz las mentiras y manipulaciones sobre el pasado de la Iglesia y reescribiendo si es necesario la historia de una manera justa. Es un apostolado. Porque lo que es afrenta a Dios es ofensa a todos los bautizados también, y es nuestro deber contribuir a repararlo.
Filotea