Debe de ser incómodo pedirle que te ayude a equilibrar un caótico balance a la misma persona a la que tienes que llamar la atención para que no monte un cisma, sobre todo cuando te dice que va a seguir adelante con su proyecto. Es el extraño caso de Su Santidad con el cardenal Reihard Marx, jefe de los obispos alemanes y coordinador para la economía de la Santa Sede.
Las finanzas están en una situación calamitosa. Francisco, que llegó a la Cátedra de Pedro con la misión, entre otras, de poner orden en esos establos de Augias que son los dineros vaticanos, debe entrar a saco en las arcas de la Santa Sede, que en 2018 registraron un déficit de unos 70 millones de euros sobre un presupuesto de 300 millones.
Las donaciones de los fieles han caído en picado -como el propio número de fieles-, así como las contribuciones de los organismos económicos internos , como la banca vaticana, el IOR. Y, a todo esto, falta un prefecto para la Secretaría de Economía desde que el ahora encarcelado cardenal Pell tuviera que abandonar Roma por las acusaciones de pedofilia en Australia. Mientras, Francisco ha encargado al cardenal alemán Reinhard Marx, miembro del C6 y coordinador del consejo para la economía de la Santa Sede, que halle una solución.
Y es urgente, como la reunión convocada ayer para ver de dónde se puede recortar. No es fácil, porque la partida más abultada, como suele ser el caso, es el de las nóminas, no todas claras y algunas, lindando el escándalo. Según indican fuentes vaticanas, hay laicos que se llevan hasta 15.000 euros al mes fuera de balance, por no hablar de los consultores contratados, algunos de los cuales cobran más que los propios cardenales.
El Vaticano es un Estado diminuto, un barrio de la capital italiana, y tiene unos 5.000 empleados en nómina. Pero los recortes no siempre se hacen con cabeza; como anécdota, ¿recuerdan los 25 minutos que pasó el Papa encerrado en un ascensor recientemente? Pues pocos meses antes, para ahorrarse unos cientos de euros al mes, el ‘gasto extraordinario’ de dos operarios de ascensores del Palacio Apostólico.
Con esta sequía económica, el peso de la Iglesia Alemana, riquísima pese a la imparable fuga de fieles, gana inevitablemente. Lo que hace más difícil aún no aceptar la respuesta desafiante y desabrida de Marx, en el sentido de que, pese a la advertencia de Roma, piensan seguir adelante con un ‘camino sinodal’ que promete revolucionar la moral y la disciplina católicas. Si, además, se le hace al propio Marx el ‘guardián de la bolsa’, la tentación de tragar es aún mayor.
Aunque hay voces que aseguran que no llegará la sangre al río y que la advertencia de Ouellet es más ruido que nueces. Hay precedentes: en el asunto de la comunión a protestantes cónyuges de fieles católicos también se les dio un toque desde Roma, para plegarse al fin al plan de los alemanes. Parece, incluso, un minué milimétricamente calculado. Después de todo, y a juzgar por el Instrumentum laboris y, más aún, los invitados y organizadores, el Sínodo de la Amazonía tiene toda la pinta de darle la razón a los teutones en todas sus ansias de renovación.
Francisco suspiraba a principios de su mandato por “una Iglesia pobre”. Pero, ahora que está a punto de lograrla, parece que haya visto sus numerosos inconvenientes.