Pobreza espiritual y salvación eterna

Pobreza espiritual y salvación eterna

Por David G. Bonagura, Jr.

La caridad es la virtud teologal más elevada. El Catecismo enseña que «dar limosna a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna: es también una obra de justicia agradable a Dios.» (Catecismo de la Iglesia Católica 2447) La caridad hacia los pobres se presenta de muchas formas: podemos darles pescado para un día o enseñarles a pescar.

Lo que constituye «el pobre» también abarca una amplia gama, desde la indigencia hasta la lucha por llegar a fin de mes. Para los primeros, la caridad puede consistir en dinero y ropa; para los segundos, en becas escolares o inscripciones gratuitas en actividades comunitarias. Lo importante para el donante es satisfacer la necesidad, sea cual sea, para aliviar el sufrimiento del destinatario y permitirle sentir el amor de Dios a través de nuestra compasión. Al hacerlo, mostramos «un amor preferencial» por los pobres, que es el sello distintivo de un verdadero discípulo de Cristo. (Catecismo 2448)

Pero, ¿qué pasa con los «espiritualmente pobres»? No son los «pobres de espíritu» de la primera bienaventuranza, que son los humildes ante Dios. (Mateo 5:3) En nuestros días, es triste decirlo, los espiritualmente pobres existen a montones: los solitarios, los deprimidos, los adictos y los suicidas son algunos de ellos.

Los que viven sin Dios en sus vidas también son espiritualmente pobres. Como ocurre con la pobreza material, la pobreza espiritual tiene un rango: los que no conocen a Dios o le han abandonado son los más indigentes; los que tienen a Dios pero no a Cristo están un peldaño por encima; los que tienen a Cristo pero no a la Iglesia Católica son menos pobres pero siguen sufriendo por no tener sus necesidades completamente cubiertas; los que son católicos pero no van a misa están ciegos a su pobreza.

Sin duda, los espiritualmente pobres también necesitan recibir caridad. ¿Cuál debería ser esta caridad? ¿Por qué no hacemos hincapié en el sufrimiento que estos pobres experimentan a diario?

La actividad misionera de la Iglesia se detuvo de manera efectiva después de que muchos malinterpretaran el Vaticano II como una afirmación de que la Iglesia Católica no era necesaria para la salvación. Como los que no conocían a Cristo acabarían llegando al Cielo, según el razonamiento erróneo, no tenía sentido sacrificar tanto para difundir el Evangelio. Las misiones materiales en el mundo en desarrollo continuarían, pero la evangelización ya no era necesaria, puesto que lo que uno cree ya no importaba.

Esta forma de pensar surge de una visión materialista del mundo que considera la fe como algo relativo y secundario frente a las necesidades «reales» -es decir, materiales- de las personas. Los que sostienen este punto de vista bien pueden creer en Cristo, sin pensar en las repetidas advertencias de nuestro Señor y la enseñanza continua de la Iglesia, que lo que se cree importa o tiene algo que ver con la salvación.

Permitir que otros persistan en una espiritualidad pobre, suponiendo que algún día llegarán al Cielo, es semejante a decir a los pobres materiales: «No os preocupéis: sufrid ahora vuestras penurias; cuando cumpláis 65 años recibiréis las prestaciones de la Seguridad Social, y os salvaréis de todas vuestras preocupaciones económicas.»

El Papa León XIII, al ensalzar el celo evangélico de Cristóbal Colón en Quarto abeunte saeculo, expresó esta verdad de forma más contundente: «Miserable es vivir en un estado de barbaridad y con modales salvajes: pero más miserable es carecer del conocimiento de lo que es más elevado, y morar en la ignorancia del único Dios verdadero».

Nuestro amor preferencial a los pobres ha de incluir a los espiritualmente pobres. Pero al igual que ocurre con la caridad hacia los pobres materiales, cuando se trata del orden espiritual, no podemos dar lo que no tenemos. Si algún católico no cree firmemente que la fe en Cristo es una cuestión de vida eterna o de muerte eterna, entonces es él quien es espiritualmente pobre y necesita caridad.

¿En qué consiste esta caridad con los espiritualmente pobres? En primer lugar, debemos enseñarles que la salvación no es algo que sucede mágicamente cuando morimos. Comienza cuando somos bautizados. Si somos bautizados cuando somos niños, entonces toda nuestra vida -70, 80, 90 años- la pasamos creciendo en la salvación que Cristo nos otorgó a través del bautismo. A este proceso lo llamamos santificación. La muerte completa este proceso al llevarnos ante el Salvador, cuando seremos recompensados, o castigados, en función de lo bien que le hayamos amado en esta vida.

La fe católica existe para santificarnos en esta vida y prepararnos para la siguiente. Si esperamos a abrazar la fe, con la esperanza de encontrar la salvación cuando muramos, es muy posible -incluso probable- que hayamos esperado en vano.

En segundo lugar, debemos mostrar el gran bien que la fe en Cristo nos hace en esta vida. La lista es tan larga como la de los santos de la Iglesia. La fe nos da sentido y propósito para vivir, porque sabemos que Dios nos ama y nos ha creado a cada uno con una vocación única.

Recibimos una regla para vivir: qué hacer para florecer y qué evitar para no hacernos daño. A través de los sacramentos y la oración, recibimos poder para cumplir nuestros deberes y luchar contra la tentación. Aprendemos que el culto a Dios y el amor al prójimo son los que nos traen la verdadera felicidad, y sabemos que estas dos acciones están íntimamente ligadas. Recibimos la gracia no sólo para perseverar en el inevitable sufrimiento que nos depara la vida, sino también para ser santificados por este sufrimiento.

Jesús promete a los «pobres de espíritu» que el Reino de los Cielos es suyo. Si queremos satisfacer las necesidades de los pobres espirituales, sacarlos del marasmo de la falta de sentido y llevarlos al amor de Dios, debemos mostrarles que el Cielo es real, y que también puede ser suyo, si tienden la mano para recibir al Señor.

Acerca del autor:

David G. Bonagura Jr. enseña en el Seminario St. Joseph, Nueva York. Es el autor de Steadfast in Faith: Catholicism and the Challenges of Secularism y Staying with the Catholic Church: Trusting God’s Plan of Salvation.

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