Por Jason M. Baxter
Flannery O’Connor dijo una vez esto sobre escribir novelas: “Escribir una novela es una experiencia terrible, durante la cual se te cae el pelo y se te pudren los dientes. Siempre me irrita la gente que insinúa que escribir ficción es un escape de la realidad. Es una inmersión en la realidad y es muy impactante para el sistema.” No conozco mejor descripción de lo que ha sido para mí traducir el Purgatorio de Dante, que acaba de ser publicado por Angelico Press.
Cada mañana, durante los seis últimos meses de este proyecto, seguí la misma rutina: levantarme, tomar café y reunir alguna reserva psíquica de energía para una experiencia que drena profundamente. Luego subía, desplegaba mi texto en italiano y los comentarios, e intentaba – una y otra vez – traducir al inglés la densa red de música y sentido de Dante. Por esta razón, durante seis meses (quizás más: pregúntenle a mi esposa), he sido un zombi, mirando con ojos que no ven, escuchando con oídos que no oyen.
¿Por qué es tan psíquicamente agotador traducir a Dante? Todo el mundo sabe que su poema es un viaje inspirador desde una “selva oscura” que culmina en la Visión Beatífica y en Dios mismo. Pero su lenguaje siempre opera en múltiples dimensiones. En el nivel más básico y evidente, Dante es un músico, que escribía en endecasílabos (versos de once sílabas) que se adaptan bien al verso yámbico no demasiado rígido. Dante también usa rimas, por supuesto, que Dorothy Sayers se esforzó por capturar. Pero además de las rimas, Dante emplea toda clase de juegos de palabras densos, lo cual puede hacer, en parte, porque trabaja con un idioma flexivo: puede dejar estable la raíz – como una substancia aristotélica – mientras varía los accidentes de sus inflexiones.
Además, en ocasiones le encanta usar una sintaxis endiabladamente difícil, un bosque enmarañado y espinoso de gramática que se complica aún más por las circunlocuciones eruditas que emplea. Con toda justicia, nos advirtió sobre semejante sintaxis enredada y gramática cosmológica compleja:
Lectores, sé que ven que elevo
mi tema, y así no se maravillarán
si ahora uso más arte para reforzar mi poema.
(Purg. 9:70-72)
¿Y cómo se manifiesta esto? A Dante le encantan el juego de palabras y el arte verbal. Esas figuras retóricas de la retórica clásica que hoy nos resultan repelentes, él las adora. Por ejemplo, en un momento en que Beatriz interroga a Dante, “cuando, por sus ojos, mis ojos fueron heridos” (33:18), la figura que Dante utiliza deliberadamente es la anádliposis (una repetición retórica en “doble vuelta”). Una traducción moderna, para que esta línea suene más natural para nosotros, mata la figura retórica al traducirla como: “cuando sus ojos penetrantes se cruzaron con los míos.”
En otro lugar, Dante usa quiasmo, un patrón en forma de X que coloca una palabra de un lado de la balanza y luego la equilibra con una variante del otro lado. Por ejemplo, en un momento, Virgilio ha intuido que el peregrino alberga más preguntas dentro de sí, y luego procede generosamente a alentarlo a expresar esas dudas ocultas. Dante lo expresa así: “hablando me dio valor para hablar” (Purg. 18:7–9). Ese quiasmo se convierte en esta versión en una traducción reciente: “ese verdadero padre… habló y me dio valor para hablar.”
Pero lo extraordinario es que Dante también tiene la tendencia opuesta. Tras pasar por el “fuego purificador” que limpia el amor distorsionado de los lujuriosos, Dante, Virgilio y Estacio deben detenerse para esperar la noche, descansando en los peldaños de una empinada escalinata que sube directamente por la montaña:
Y como cabras en tranquila rumia,
que antes habían sido bulliciosas, caprichosas entre
las colinas, antes de encontrar alimento,
pero ahora, en la sombra, están quietas mientras el sol abrasa,
vigiladas por el pastor, que apoyado en
su cayado permanece atento a su descanso;
o como el centinela que duerme al aire libre
y pasa la noche junto al rebaño somnoliento
y vigila no sea que una bestia los disperse;
así estábamos los tres juntos. Y yo
era como la cabra: y ellos, los pastores.
Flanqueados por muros de altas rocas a ambos lados.
Allí, poco del mundo exterior se podía ver,
salvo un pequeño parche donde veía las estrellas,
mucho más brillantes y grandes de lo habitual.
Mientras rumiaba sobre ellas y me maravillaba de ellas,
fui vencido por el sueño, ese sueño que a menudo
conoce las noticias antes de que ocurran. (27:76–95)
Este pasaje es extraordinario. No solo introduce un hermoso sueño profético, sino que utiliza una metáfora concreta y corporal para describir lo que, para nosotros, es meramente un acto intelectual. Dante “rumia” (ruminando) la belleza de las estrellas, se alimenta de ellas, las saborea y extrae su alimento hacia su ser mediante el “maravillarse” de ellas, así como las ovejas y cabras pastan, mastican, tragan y digieren la hierba. En otras palabras, aquí Dante se alimenta del “fuego del amor”, lo saborea, lo mastica, lo rumia, para absorber en su ser el poder nutritivo de la belleza.
Este uso de metáforas concretas y corporales para actos intelectuales es algo que me he esforzado por destacar en esta traducción. Con demasiada frecuencia, incluso traducciones muy queridas y exitosas de la Comedia, realizadas por eminentes eruditos, han matado involuntariamente estas metáforas y, por tanto, han convertido la poesía de Dante en algo desencarnado: demasiado mental y poco enraizado en los nervios y el latido.
Una traducción admirada reemplaza la metáfora inusual e impactante de “rumiar” mediante el “maravillarse” por esto: “Entre tales vistas y pensamientos / fui vencido por el sueño.” En otro punto, el peregrino le dice a su maestro que las respuestas que ha recibido son tan buenas que le generan más preguntas: “Tus palabras… me han ayudado a descubrir el amor, / ¡pero eso me ha dejado embarazado de más dudas!” (Purg. 18:40-42). Un eminente traductor ha traducido esa línea así: “Pero eso me ha dejado aún más perplejo.”
Lo que estaba en el cuerpo – el “vientre” de la mente de Dante “embarazado” de dudas – se convierte en un fenómeno intelectual, todo en la cabeza (“perplejo”). En otra ocasión, cuando Dante habla con Marco Lombardo, que está disgustado por la codicia del mundo, el viejo caballero experimenta una reacción corporal visceral al escuchar simplemente la pregunta de Dante:
Suspiros profundos, exprimidos por el dolor,
se convirtieron en un “¡Ohhh!” y luego dijo: “Hermano,
el mundo está ciego. Está claro que vienes de él.”
(Purg. 16:64–66)
Un traductor moderno lo presenta así: “Lanzó un suspiro profundo, con dolor exprimido en un gemido.” El gruñido onomatopéyico y corporal de exclamación dolida de Dante se convierte en una descripción objetiva.
En otro lugar, Dante dice que lo que podríamos llamar nuestra “curiosidad” a veces no se satisface hasta que enfrenta la verdad cara a cara:
Esto encendió en mi voluntad un ardiente deseo
de contemplar al que me hablaba,
una voluntad que no descansa hasta estar cara a cara.
(Purg. 17:49–51)
Un traductor respetado lo expresa así: “una voluntad que no puede descansar antes de alcanzar su meta.”
Cuando Dante responde con evasivas a Guido del Duca sobre su procedencia, el alma perpleja responde:
“Si he hundido mis dientes (accarno) en tu sentido
con mi intelecto”, me respondió el que escuché primero,
“estás hablando del Arno.”
(Purg. 14:22–24)
La palabra impactante – accarno – era sencillamente perfecta en italiano: resume todo el argumento en dos palabras, mediante la rima con el feroz, brutal, salvaje “Arno.” Un traductor admirado lo pone así: “Si mi ingenio ha captado realmente tu sentido.”
Y finalmente, Dante dice que, al llegar al paisaje desconocido del purgatorio, “miramos alrededor confundidos, como quien prueba algo nuevo” (2:53-54), que un traductor profesional ha puesto de esta manera: “como si encontraran cosas nuevas.”
Podría enumerar al menos otras dos docenas: Dante no “obtiene respuestas”, él cosecha verdades o arranca buenos frutos de las palabras. Mientras tanto, una canción particularmente bella le hace “dar a luz” en su corazón una mezcla de alegría y tristeza (23:12; en lugar de “[producirle]… deleite”); su conciencia “muerde” y él lucha por “desenredarse” de la red del error.
Como afirma de forma muy directa un estudioso italiano: “La práctica habitual de Dante es usar un verbo concreto para expresar condiciones morales o psicológicas.” El punto aquí no es desacreditar a otros traductores, que como eruditos, me superan en muchos aspectos (no cité los ejemplos anteriores: ¡no los busquen!); más bien, mi punto es que quiero ayudar a mis lectores a sentir cuán enraizada está la poesía de Dante en la humilde experiencia del cuerpo.
En resumen, Dante desea una sintaxis elevada, clásica (véase 22:127–29), pero también una poesía arraigada en lo pequeño, lo humilde, lo bajo. Por esta razón, su poesía es como una fuga de Bach, en la que los acordes de la mano derecha ascienden mientras los de la izquierda descienden. O quizás mejor aún, lo que resultaría de mezclar al poeta épico romano Estacio con el poeta franciscano Jacopone da Todi.
En cualquier caso, esta es la gloria de Dante. También es la razón por la que los traductores lo encuentran tan difícil, y también por la que he perdido tanto cabello y tantos dientes.
Sobre el autor
Jason M. Baxter es profesor universitario, conferencista y autor de cinco libros, entre ellos The Medieval Mind of C. S. Lewis y A Beginner’s Guide to Dante’s «Comedy». El Dr. Baxter es Director del Centro para la Belleza y la Cultura en Benedictine College.