Fátima acordonado por la policía, el Papa Francisco mira a Juan Pablo II, magisterio en tiempos sin magisterio, con al escusa del virus.

Fátima acordonado por la policía, el Papa Francisco mira a Juan Pablo II, magisterio en tiempos sin magisterio, con al escusa del virus.

Esta pasando el primer momento del golpe causado por la violencia de la epidemia que nos ha sorprendido a todos por su capacidad de contagio y su rapidez de expansión. Poco a poco, muy poco a poco, vamos pasando a una fase que podemos considerar mucho más reflexiva sobre los que estamos viviendo, que no solo es un problema sanitario sino de mucho más calado. Nuestro cometido es informar, e intentar dar las claves de interpretación, para entender lo que está sucediendo en el Vaticano y su entorno. No cabe duda que la presencia de un papa como el Papa Francisco añade muchos matices interesantes en estos momentos. Las noticias de ayer se centraban en la catastrófica situación financiera que atraviesa el Vaticano. Es evidente que no la ha provocado el Papa Francisco y también es evidente que llevamos años de pontificado, y este sí es del Papa Francisco, en que nada se ha hecho por solucionar los problemas estructurales existentes y esto sí es responsabilidad suya.

Hablando de cosas que creemos de mucho más calado, estamos observando cómo crece la figura del Papa Benedicto XVI y se vuelve a admirar su magisterio tan luminoso en tiempos de tanta oscuridad. No es este el lugar de entrar a razonar si el Papa Francisco es católico y no, pero lo que todos tenemos claro es que es, consciente o inconscientemente, ambiguo y confuso y esto no casa nada bien con lo que llamamos magisterio. El magisterio debe de ser claro y nítido, se busca seguridad y firmeza. En magisterio ‘liquido’ deja de ser magisterio y pasa a ser una opinión pasajera sin capacidad de atraer a nadie. En este pontificado hemos caído en las adhesiones inquebrantables a la persona del Papa Francisco y se crean dos bandos, los francisquistas y anti francisquistas que son tan efímeros cómo el magisterio líquido tan a la moda.

Hoy, el Papa Francisco nos recuerda la herencia viva del Papa Juan Pablo II cuando estamos a punto de celebrar, el próximo 18, los cien años de su nacimiento. Es evidente que el Papa Juan Pablo II tenia tirón y un atractivo muy especial que lleno de ilusión muchos ámbitos de la vida de la Iglesia de cuyas rentas todavía vivimos. En estos momentos la admiración se ha convertido en devoción sellada por el propio Papa Francisco con su canonización. El Papa Francisco ha intentado en su pontificado empujar la llamada fraternidad universal con el viejo procedimiento de ocultar los colores demasiado católicos y difuminar vagos conceptos vacíos. Hemos sufrido una avalancha de abrazos y besos, de diálogos y puertas abiertas, de muros abiertos, de periferias existenciales, de calentamientos planetarios, de veneraciones a las pachamamas… todo esto ha quedado arrinconado, barrido, anulado por la terrible realidad de la epidemia. Hoy parece que lo único que tenemos que hacer es obedecer a las autoridades que nos cuidan y en que pase todo esto seguir como sí nada hubiera sucedido cerrando los ojos a la realidad.

Los intentos de volver a la llamada normalidad creemos que están abocados al más absoluto fracaso. Se nos anuncia que se abren los museos vaticanos con ‘cita previa’. Estar con las puertas cerradas y todos los empleados cobrando no es sostenible. El intento de que vuelvan los turistas para recuperar los ingresos y que todo siga igual está fuera del mundo. Esto se alarga y atender a un puñado de curiosos saldrá muy caro. Tenemos que acostumbrarnos a una nueva realidad, la que hay, no tenemos otra y vivir en ella. Quedarnos anclados en un pasado que ya no existe no nos ayudará nada a construir, la realidad es terca y se impone por sí misma.

El Papa Francisco sigue con sus intentos de que Europa, la actual Comunidad Europea , tenga más protagonismo. Las cosas cambian también en esto y los estados nacionales han sido los únicos que han sido capaces de dar una respuesta a la epidemia. Todos lo estamos viviendo y vemos cómo se han cerrado, como nunca antes, las fronteras. El Papa Francisco lleva un largo periodo encerrado en el diminuto estado Vaticano que tiene sus míticos muros en plena actividad.

El capítulo de San Pedro ha suprimido las obligaciones de la capitulares incluso en las próximas fiestas de Corpus Cristi o de San Pedro. Si algún sitio hay en el mundo en que es sumamente sencillo conservar la distancia seguridad entre personas es en la Basílica de San Pedro. No se entiende muy bien que no se pueda rezar e incluso los hay que piensan que sería el momento de recuperar el culto diario, la asistencia a coro, para rezar la oración oficial de la Iglesia en la tumba del Príncipe de los apóstoles. También es esto vemos cómo el virus es una escusa para no hacer nada. Los ingresos del cabildo dependían en gran parte de museo del tesoro de San Pedro y, lo mismo que los vaticanos, está cerrado y cargado de gastos.

La guardia republicana portuguesa parece que no tiene otra cosa que hacer que impedir que los peregrinos lleguen a Fátima para celebrar el trece de mayo. El miedo a Fátima por los masones del tiempo de las apariciones fue manifiesto y en estos momentos de imposiciones del nuevo orden mundial no hay que bajar la guardia. Mañana es un buen día para recordar el mensaje de Fátima que tanto tiene que ver con lo que estamos viviendo.

«Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde.»

Buena lectura.

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