En la audiencia general de este miércoles 27 de agosto, el Papa León XIV dirigió a los fieles un mensaje cargado de actualidad: “En la vida no es necesario tenerlo todo bajo control. Basta con elegir cada día amar con libertad. Esta es la verdadera esperanza: saber que, incluso en la oscuridad de la prueba, el amor de Dios nos sostiene y hace madurar en nosotros el fruto de la vida eterna”. Sus palabras apuntan directamente a una de las grandes tensiones de nuestro tiempo: la obsesión por planificar y controlar cada aspecto de la existencia, como si solo fuera posible vivir con garantías absolutas.
La reflexión del Papa interpela de manera especial a las nuevas generaciones, que a menudo sienten que no pueden dar pasos decisivos —formar una familia, tener hijos, emprender proyectos— si antes no tienen todo calculado al detalle. Como si la vida pudiera reducirse a un cuadro de Excel, donde cada gasto, cada riesgo, cada posibilidad de fracaso ha de estar prevista antes de empezar a caminar. Pero la realidad es otra: la existencia nunca ha sido previsible, y nuestros antepasados lo sabían bien. Hay enfermedades y pérdidas, hay reveses y desilusiones, pero también hay dones inesperados, alegrías no previstas, sorpresas que ningún plan puede anticipar.
“No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. Fijaos en los cuervos: no siembran ni siegan, no tienen despensa ni granero, pero Dios los alimenta. ¿Cuánto más valéis vosotros que los pájaros?” (Lc 12, 22-24)
En este sentido, las palabras del Santo Padre resuenan con fuerza en el Evangelio. El mensaje es el mismo: la vida no se sostiene en el cálculo, sino en la confianza; no en la obsesión por tener todo controlado, sino en la apertura a la providencia de Dios, que nunca abandona a quienes se confían a Él.
Así, lo verdaderamente decisivo no es asegurar cada detalle del futuro, sino atreverse a vivir el presente en libertad y en entrega. El Papa nos invita a comprender que la madurez de la fe no surge de dominar todas las variables, sino de elegir cada día amar, aun en medio de la incertidumbre. Solo así la vida se convierte en camino fecundo, abierto a la gracia, y el corazón aprende a descansar en la certeza de que, más allá de nuestros planes, Dios siempre provee.
