En los últimos años hemos visto crecer en redes sociales –especialmente en X (antes Twitter)– un fenómeno que merece una reflexión serena: sacerdotes que abren cuentas presentándose como tales, pero ocultando toda referencia a su diócesis, parroquia o comunidad concreta. Son cuentas en las que se reivindica la condición sacerdotal, pero al mismo tiempo se preserva el anonimato para evitar posibles reproches formales de los superiores.
Este modo de proceder plantea un serio problema de coherencia. El sacerdocio no es un título que se exhibe según convenga, sino una dignidad sacramental recibida en el orden sagrado (cf. c. 1008 CIC). El sacerdote está configurado de manera indeleble con Cristo y su misión, y eso comporta visibilidad, transparencia y responsabilidad pública. Por ello, anonimizar la identidad pero utilizar la condición sacerdotal para dar autoridad a las propias palabras es, en sí mismo, impropio.
Más aún cuando, desde estas cuentas, se emiten juicios severos sobre cuestiones doctrinales complejas, se descalifica a otros sacerdotes o se entra en polémicas eclesiales con tono agresivo. No faltan perfiles que se presentan como defensores de la obediencia episcopal o de la disciplina clerical, y sin embargo se escudan en el anonimato para lanzar sus mensajes. Es, en definitiva, una suerte de “terapia de desahogo” digital que contradice la misma dignidad que dicen representar.
El ministerio sacerdotal es exigente, y nadie puede negarlo. Ser capellán de hospital desgasta física y espiritualmente. Llevar adelante una parroquia implica burocracia, tensiones comunitarias, presiones humanas.
Infovaticana lo recordaba en un texto reciente
: los sacerdotes son importantísimos, y merecen comprensión y apoyo. Pero precisamente por eso es necesario recordar que el uso anónimo de las redes identificado como sacerdote no es compatible ni con el derecho canónico ni con las normas más básicas de ética en la comunicación.
El Código de Derecho Canónico es claro:
- Los clérigos deben vivir en comunión con su obispo y presbiterio (c. 275).
- Están obligados a dar testimonio público de vida cristiana y sacerdotal (c. 276).
- Deben evitar aquello que cause escándalo o confusión entre los fieles (cc. 285 y 287).
¿Puede cumplirse todo esto desde una cuenta anónima que utiliza la dignidad sacerdotal como escudo para hablar sin responsabilidad? Difícilmente.
Empatizamos con los sacerdotes, valoramos su entrega y entendemos la dureza del ministerio. Pero creemos que no es propio que se utilice la dignidad sacramental en redes desde el anonimato. Si un sacerdote desea participar en el debate público, lo que corresponde es hacerlo con transparencia, como servidor de la Iglesia, y no escondido tras un perfil que oscila entre lo clerical y lo ficticio.
Porque al final, el sacerdocio es presencia, testimonio y entrega. Y eso es incompatible con el anonimato.
