Cobo y la religión “en positivo”: cuando la doctrina se sustituye por el argumentario multicultural

Cobo y la religión “en positivo”: cuando la doctrina se sustituye por el argumentario multicultural

El cardenal José Cobo ha decidido responder a la polémica de Jumilla con un artículo que es, en realidad, un manifiesto de multiculturalismo acrítico, envuelto en citas escogidas y lenguaje eclesial cuidadosamente “neutralizado” para no incomodar a nadie. Lo presenta como defensa de la libertad religiosa, pero lo que subyace es la misma tesis de siempre: todo modelo de sociedad que no sea una fusión armónica de todas las religiones y culturas es un problema, y el que disienta es culpable de “miedo al diferente”.

A continuación, vamos a responder a sus principales afirmaciones.

1. “Debilitar la presencia religiosa es debilitar la convivencia”

Cobo iguala “presencia religiosa” con “presencia indiscriminada de cualquier religión” y asume que todas ellas son igualmente benéficas para la sociedad. Esto es un reduccionismo peligroso. No todas las religiones son compatibles entre sí ni con el orden moral natural. No es lo mismo una procesión católica arraigada en siglos de tradición que una celebración promovida por comunidades islámicas en plena expansión y con vínculos —en demasiados casos— con entornos ideológicos hostiles a la cultura y la fe cristiana. Equiparar ambas cosas no es defensa de la libertad religiosa, es relativismo puro.

2. La trampa de la “laicidad positiva”

El cardenal repite la fórmula mágica: “laicidad positiva”. Un concepto legítimo en el Magisterio… pero que él usa para justificar que el Estado facilite en igualdad de condiciones cualquier expresión religiosa, sin discernir ni siquiera si contradice los principios fundamentales de la sociedad. Una laicidad bien entendida no es neutralidad absoluta, sino el reconocimiento de la verdad y el bien común. Presentar la “neutralidad” como obligación de equiparar lo incompatible es una falacia.

3. Uso selectivo del Catecismo y del Concilio

Cobo cita el Catecismo y Dignitatis Humanae, pero convenientemente omite dos verdades:

  1. Que la libertad religiosa no es absoluta, sino que está limitada por el orden moral objetivo y el bien común (CIC 2109).
  2. Que la Iglesia tiene el deber de anunciar la verdad de Cristo y de rechazar el error, no de diluirse en un consenso interreligioso.

Sus citas, fuera de contexto, funcionan como autoridad moral para respaldar una agenda política que nada tiene que ver con la misión de la Iglesia.

4. El comodín de “el miedo al diferente”

Una constante en el texto es la acusación implícita de xenofobia a quien ponga reparos. Quien advierte de problemas derivados de la inmigración masiva o de la implantación pública de tradiciones islámicas es presentado como alguien que “siembra miedo”. No se contempla que pueda ser prudencia, sentido común o legítima defensa de la identidad cristiana. Así, se descalifica al discrepante sin responder a sus argumentos.

5. El silencio sobre los problemas reales

En todo el artículo no hay una sola línea dedicada a reconocer que existen tensiones reales allí donde la población musulmana ha crecido rápidamente: desde el cierre de templos católicos y la imposición de normas de modestia en barrios concretos, hasta problemas de seguridad y rechazo a costumbres básicas de nuestra cultura. Para Cobo, todo eso desaparece en el “relato de integración” como si fuese invento mediático.

6. De la fe al globalismo

Cuando Cobo pide un “pacto nacional de migraciones” que evite “discursos ideologizados y oportunistas” parece ignorar que la ideología que él promueve —la del multiculturalismo obligatorio— es la más politizada de todas. Bajo la apariencia de defensa del bien común, su propuesta es la de una España sin perfil cultural definido, donde la religión mayoritaria renuncie a su centralidad histórica para convertirse en una más entre el mosaico.

Esto no es doctrina social católica, es el programa de cualquier ONG financiada por Bruselas.

7. La incoherencia interna

Si Cobo cree de verdad que “una procesión católica arraigada o una fiesta del cordero no amenazan a nadie”, ¿por qué la Conferencia Episcopal ha mostrado tanta tibieza en defender expresiones católicas cuando son atacadas por ayuntamientos o colectivos laicistas? ¿Por qué tanta firmeza en defender el derecho de otras confesiones, pero tanto cálculo en la defensa pública de la propia?

8. Conclusión: la misión que se abandona

El artículo de Cobo no es la voz de un pastor que, como sucesor de los apóstoles, defiende la fe y la misión evangelizadora. Es el discurso de un gestor multicultural que teme más al titular de prensa que al juicio de Dios.

La verdadera libertad religiosa no consiste en poner al mismo nivel la verdad y el error, ni en bendecir cualquier manifestación religiosa por el mero hecho de que exista. Consiste en proclamar la fe católica con caridad y sin miedo, defendiendo el derecho a practicarla públicamente, y discerniendo —sí, discerniendo— qué prácticas de otras religiones son compatibles con la convivencia y cuáles no.

Mientras la jerarquía insista en confundir hospitalidad con indiferencia doctrinal, y en disfrazar de Magisterio un argumentario de política migratoria, seguirá debilitando justo lo que dice querer proteger: la presencia de la fe católica en la vida pública.

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