La Misa en España: de tradición familiar a práctica minoritaria

La Misa en España: de tradición familiar a práctica minoritaria

España era, hasta hace medio siglo, uno de los bastiones del catolicismo practicante. La Misa dominical no era simplemente un rito religioso, sino un acto social que cohesionaba a la familia y al pueblo. Hoy, esa imagen parece una reliquia. Según un reciente estudio del National Bureau of Economic Research (NBER) (puede revisar el estudio completo aquí), España ha visto desplomarse la asistencia a Misa de un 50% en 1950 a apenas un 20% en 2010.

El dato no es una mera estadística, es el reflejo de un cambio cultural de profundidad histórica. Y, como señala el estudio, este cambio tiene un punto de inflexión muy claro: el Concilio Vaticano II.

El Vaticano II: el «aggiornamento» que rompió la continuidad

Entre 1962 y 1965, la Iglesia católica se embarcó en el Concilio Vaticano II con el propósito de acercarse al mundo moderno. La intención era buena: renovar sin romper. Sin embargo, los efectos en la práctica religiosa han sido devastadores, especialmente en países como España.

Las reformas litúrgicas, lejos de atraer a los fieles, generaron una ruptura de continuidad con la tradición viva de la Iglesia. La desaparición del latín, la orientación del sacerdote hacia el pueblo y la relajación de las normas penitenciales transformaron la experiencia de la Misa en algo radicalmente diferente para generaciones enteras de católicos españoles.

El informe del NBER no acusa directamente al Concilio, pero señala el lapso entre 1965 y  1964 como punto de inflexión.  Los datos son inapelables: la caída en la práctica comienza inmediatamente después, y en países donde la identidad católica era más fuerte, como España, la pérdida ha sido más dramática.

Efectos del Concilio Vaticano II en las Tasas de Asistencia Mensual a Servicios Religiosos: Utilizando la Proporción de Fieles Católicos

 

España y la secularización acelerada: no fue sólo la política

El informe matiza un punto que en España solemos simplificar. Es cierto que la Transición política y la entrada en la modernidad cultural explican parte del fenómeno. Pero en países con procesos políticos similares —como Portugal o Italia— la caída no fue tan abrupta.

El estudio del NBER no proporciona cifras exactas año a año para España, pero señala claramente que entre 1950 y 2010 la asistencia mensual a Misa ha caído de niveles superiores al 50% hasta cifras por debajo del 25%. La aproximación de una caída de 35 puntos porcentuales es coherente con la tendencia observada y sirve para ilustrar la magnitud del fenómeno. La ausencia de datos exhaustivos año a año no impide constatar que España se encuentra entre los países con un declive más pronunciado en la práctica sacramental, sin embargo es de los que ha presentado un mayor descenso en la región.

La diferencia es eclesial. Mientras en otras naciones se preservaron ciertas formas tradicionales de piedad, en España la pastoral postconciliar abrazó con entusiasmo un aggiornamento que en muchos casos desdibujó la identidad litúrgica y doctrinal. El resultado fue que, en pocas décadas, ir a Misa pasó de ser un acto de pertenencia social a una opción minoritaria, casi marginal, entre las nuevas generaciones.

Las consecuencias: la crisis de transmisión de la fe

Este desplome no es simplemente numérico, es doctrinal y pastoral. La catequesis se ha debilitado, las vocaciones se han desplomado y la Misa dominical ha perdido su papel de eje espiritual y comunitario.

Es significativo que, según el estudio, las generaciones formadas antes del Concilio mantuvieron niveles de práctica religiosa hasta su vejez, mientras que sus hijos, educados en la nueva pastoral, abandonaron progresivamente la Misa. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿qué tipo de evangelización se ha hecho en España desde los años 70?

El desafío para una Iglesia que debe recuperar su identidad

Los datos del NBER dejan en evidencia que la estrategia de adaptación al mundo moderno no ha traído frutos en términos de participación. España es hoy un ejemplo doloroso de cómo una Iglesia que renuncia a su identidad termina por volverse irrelevante para las nuevas generaciones.

La pregunta que queda abierta es si la jerarquía eclesial española está dispuesta a asumir este diagnóstico y actuar en consecuencia. Recuperar la identidad litúrgica, fortalecer la enseñanza doctrinal y ofrecer a los fieles una Misa digna no son opciones estéticas, son cuestiones de fe.

Como advertía Pablo VI, “el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios”. Hoy, más que nunca, esa afirmación resuena con una urgencia que las cifras no permiten ignorar.

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Dato relevante sobre la imagen de portada:

Esta fotografía de hace 45 años -es de la primavera de 1965, año en que finalizó el Concilio Vaticano II- muestra la celebración de la Santa Misa oficiada en plena calle por el Padre Benito, en la que numerosos niños recibieron su Primera Comunión. Fue en la Colonia de San Cristóbal-EMT, construida en 1948-49 en la prolongación del Paseo de la Castellana -entonces Avenida del Generalísimo- de Madrid (España).

Cuatro años y medio después de la clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI promulgó la reforma litúrgica que dio lugar al Novus Ordo Missae. Esta nueva forma de celebración, además de apartarse de las disposiciones establecidas por el propio Concilio en materia de Sagrada Liturgia —recogidas en la Constitución Sacrosanctum Concilium, de 4 de diciembre de 1963—, supuso un punto de inflexión en la continuidad de la Santa Misa fijada en el Missale Romanum por San Pío V, conforme al mandato del Santo y Ecuménico Concilio de Trento.

La situación permaneció así hasta que Su Santidad Benedicto XVI, mediante el motu proprio Summorum Pontificum (2007), declaró de manera explícita que la Santa Misa según el Misal de San Pío V nunca fue abrogada. A través de dicho documento, el Papa Ratzinger liberalizó su celebración de forma universal y derogó todas las disposiciones legislativas sobre los ritos sagrados promulgadas desde 1962 —incluidas aquellas de sus predecesores—, en la medida en que fueran incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962, es decir, las últimas ediciones del Misal Romano de San Pío V, realizadas bajo la autoridad del beato Juan XXIII.

Esta interpretación fue reafirmada en el punto 28 de la Instrucción Universae Ecclesiae, publicada el 30 de abril de 2011, en la memoria litúrgica de San Pío V, donde se subraya la plena vigencia y legitimidad de la forma extraordinaria del Rito Romano.

Fuente: Blog Catolicvs

[ACTUALIZACIÓN]

Sin embargo, esta apertura fue restringida posteriormente por el Papa Francisco mediante el motu proprio Traditionis Custodes, de 16 de julio de 2021. En dicho documento, el Sumo Pontífice revocó la liberalización general de Summorum Pontificum, devolviendo a los obispos diocesanos la facultad exclusiva de autorizar —o limitar— las celebraciones según el Misal de 1962. La normativa impuso restricciones significativas al uso del Rito Romano tradicional, argumentando que el objetivo del motu proprio de Benedicto XVI —la unidad eclesial en torno a la forma ordinaria— no se había logrado, y que era necesario garantizar la comunión con las reformas litúrgicas emanadas del Concilio Vaticano II.

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