Muchos de los que participan en el Jubileo no buscan una versión suavizada de lo que ya encuentran a diario. Vienen a Roma, precisamente, para encontrar algo diferente: una palabra de verdad, una experiencia de fe, una confrontación con el Misterio. La Iglesia tiene algo único que ofrecer, algo que no se compra ni se consume: el sentido de la vida, el valor del sufrimiento, la redención del pecado, la victoria sobre la muerte.
El riesgo de presentar una Iglesia “adaptada”, que busca ser aceptada en la cultura dominante, es que termine por diluir su mensaje en lo que ya abunda fuera de ella. El mundo ofrece espectáculo, sensibilidad emocional, entretenimiento, estética. Pero no ofrece a Cristo. Y es precisamente eso lo que la Iglesia está llamada a anunciar con valentía, sin disfraces ni concesiones.
Afortunadamente, el Jubileo de los Jóvenes no se agota en las actividades de visibilidad mediática. En estos días, miles de jóvenes participan también en momentos de adoración eucarística, confesiones, catequesis sobre la vocación y el sentido de la vida, procesiones, y vigilias silenciosas en Santa María la Mayor y en San Pablo Extramuros. Son estos los actos que verdaderamente responden al anhelo más profundo de quienes buscan a Dios: no un guiño cultural, sino una puerta abierta a la trascendencia.
Si la Iglesia quiere hablar al corazón de los jóvenes, debe tener la audacia de mostrarles la Cruz, no solo una estética amable. No están pidiendo una Iglesia que les entretenga, sino una Iglesia que les dé razones para vivir —y, si es necesario, para morir.
