El cardenal Cobo quiere convertir las parroquias de Madrid en centros psicológicos de escucha y a los curas en “denunciantes” de violencia de género

El cardenal Cobo quiere convertir las parroquias de Madrid en centros psicológicos de escucha y a los curas en “denunciantes” de violencia de género

Los curas miembros de la Comunidad de Lanceros, portavoces de otros muchos hermanos sacerdotes, estamos ya cansados de que el cardenal Cobo, nuestro querido Cardenal Comisión, no nos reciba, pase de nosotros olímpicamente y encima se dedique a decirnos qué tienen que ser las parroquias de Madrid.

Mejor dicho, a decirnos lo que los que le rodean le dicen que tienen que ser las parroquias, porque estamos convencidos de que entre tanto viaje a Roma nuestro Cardenal Comisión ya no sabe dónde está. Primero se nos dijo que debían ser Centros de Escucha y Atención psicológica, como si fuéramos el Teléfono de la Esperanza del P. Ángel. Ahora de denuncia. Nada que ver con lo que pide la Iglesia en el Código de Derecho Canónico. Igual algún día se nos dice que nos tenemos que sentar en el confesionario. 

Esta semana hemos tenido el ejemplo de la Guía “Por una vida libre de violencias contra las mujeres” de la Comisión Diocesana Por una Vida Libre de Violencias contra las Mujeres. Veamos lo que dijeron los medios afines al cardenal Comisión: “Los curas de Madrid tendrán que actuar ante las “señales de alarma” de un caso de violencia machista”. ¿Nos tendremos que dedicar a estar todo el día en Comisaría denunciado? 

Para que vean cómo es el panfleto Podemita que se nos ha remitido, les reproducimos algunas de las buenas prácticas que se nos recomiendan: 

“Formar a sacerdotes y agentes de pastoral a la luz de los avances y conocimientos en todo lo relacionado con la violencia contra las mujeres. De este modo se sensibilizará a las comunidades cristianas para erradicar esta lacra social.

Enriquecer la formación bíblica para incluir la mirada de las mujeres en la interpretación de la Palabra y la liturgia. El Evangelio es Buena Noticia y fuente de esperanza y liberación. Como lo fue para las mujeres que acompañaron a Jesús, así debe ser para las mujeres de las comunidades parroquiales.

Introducir en la liturgia días señalados, que hagan visible el gran sufrimiento de provoca esta violencia contra las mujeres y sensibilicen a las comunidades en apoyo de nuestras hermanas.

Rescatar de nuestra tradición imágenes, lenguaje, símbolos sobre Dios que sean inclusivos y, también, poner en valor la experiencia femenina de Dios en predicaciones y catequesis.

Eliminar lenguajes y prácticas excluyentes o discriminatorias que justifiquen la violencia contra las mujeres y prestar atención a la que se da también en el interior de la Iglesia.

Divulgar y dar a conocer los servicios que pueden ayudar a las mujeres que sufren violencia.

Promover en la parroquia acciones de sensibilización sobre violencia de género”.

En la citada Guía no hay ni una referencia al pecado mortal, a la conversión del corazón, al encuentro con Jesucristo que cambia la vida también de los maltratadores. 

Es hora de recordar el canon 528 del Código de Derecho Canónico: 

“§ 1.    El párroco está obligado a procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad a quienes viven en la parroquia; cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía, que ha de hacerse los domingos y fiestas de precepto, y la formación catequética; ha de fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe procurar de manera particular la formación católica de los niños y de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen la verdadera fe.

  • 2.    Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que, bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos”.

La Comunidad de Lanceros

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