Entre los sacramentos, la Confirmación es, con demasiada frecuencia, el gran olvidado. Esa «segunda fila» en la que se la coloca, entre el Bautismo y la Eucaristía, refleja nuestra falta de aprecio por el poder que encierra. ¿Cómo hemos llegado a olvidar que la Confirmación no es solo un trámite más, sino una explosión de gracia que nos fortalece para ser verdaderos soldados de Cristo?
La Confirmación no es un rito de paso ni una ceremonia social; es el momento en que el Espíritu Santo se derrama con plenitud sobre nosotros, como en Pentecostés, capacitándonos para defender y vivir la fe en un mundo que, más que nunca, necesita testigos valientes. Nos convierte en adultos espirituales, fortalecidos para enfrentar las batallas de nuestra vida cotidiana y para ser apóstoles en nuestros hogares, trabajos y comunidades.
Sin embargo, ¿cuántos jóvenes entienden realmente lo que están recibiendo? ¿Cuántos de nosotros, ya confirmados, hemos sido conscientes del llamado que implica este sacramento? Quizás aquí radique el problema: no lo hemos explicado con suficiente entusiasmo ni lo hemos vivido con la fuerza que merece.
Un sacramento olvidado, pero poderoso
La Confirmación es la fortaleza en la debilidad, el valor en el miedo, la luz en la oscuridad. ¿Cuántos cristianos han dejado de acudir a los sacramentos porque nunca comprendieron el fuego que recibieron en la Confirmación? Hemos reducido este regalo inmenso de Dios a un trámite necesario antes de «poder casarse por la Iglesia». Pero no, hermanos, la Confirmación no es el final del camino, sino un comienzo, un envío a la misión.
El Espíritu Santo no es un concepto abstracto ni un símbolo lejano. Es el fuego que descendió sobre los apóstoles, que los hizo predicar con valor y cambiar el mundo. Es el mismo Espíritu que habita en nosotros y nos da las palabras cuando somos atacados, que nos impulsa a amar con generosidad, que nos fortalece en las pruebas. ¿Cómo podemos ignorar un regalo tan grande?
Recuperar la Confirmación: una tarea urgente
Hoy más que nunca, necesitamos redescubrir y revitalizar este sacramento. Padres, no permitáis que vuestros hijos vean la Confirmación como algo vacío. Catequistas, haced que los jóvenes entiendan que están recibiendo una llamada al heroísmo. Sacerdotes, predicad sobre la importancia de este sacramento y alentad a los fieles a renovarlo en sus vidas.
Si viviéramos nuestra Confirmación con el fervor que merece, seríamos un ejército de luz en un mundo que se desmorona. Porque donde el Espíritu Santo está presente, no hay miedo, no hay apatía, no hay derrota. Hay vida, hay misión, hay esperanza.
Ojalá este «gran olvidado» deje de serlo y que todos volvamos a encender el fuego que nos fue dado en el día de nuestra Confirmación. El mundo necesita cristianos que ardan con el Espíritu Santo.