La noche oscura de la Iglesia

La noche oscura de la Iglesia

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Hoy les ofrecemos este extracto del libro La muerte de la cultura cristiana, de John Senior. El autor era consciente de que, para restaurar una realidad perdida, han de identificarse los motivos que la llevaron a la languidez. Por eso, siete años antes de la publicación de La restauración de la cultura cristiana (1983), escribió La muerte de la cultura cristiana, en la que distingue las razones del colapso de nuestra civilización: el industrialismo deshumanizador, el desprecio de la filosofía realista, la inmoralidad del modernismo, la autosuficiencia racionalista… No lo hace con tono decadente y pesimista, sino que en su diagnóstico subyace un poso de esperanza: Senior está convencido de que todo lo valioso echado a perder puede recuperarse y de que hacerlo sólo depende de nosotros.

La noche oscura de la Iglesia.

En una oscura noche de octubre, en medio de una copiosa lluvia, un desconocido sacerdote italiano procedente de Londres, que había viajado todo el día a la intemperie en el asiento exterior, llegaba a Oxford. Sin haber comido nada desde la madrugada, finalmente se halló en una sala cálida, de pie junto al fuego para secar sus ropas que goteaban, cuando repentinamente, poco antes de la media noche, recibió a un visitante: uno de los más famosos hombre de Inglaterra, e incluso uno de los más famosos en la historia de las letras inglesas, quien, actuando con la extravagancia típica de la época romántica, se echó a los pies del sorprendido sacerdote y le pidió que lo acogiera en la Iglesia Católica. Años más tarde, en un polémico ensayo sobre la naturaleza de la fe, el famoso converso escribió:

«El corazón comúnmente es alcanzado, no por la razón, sino por la imaginación, por medio de impresiones directas, por el testimonio de hechos y eventos, por la historia, por descripciones. Las personas influyen sobre nosotros, las voces nos ablandan, las miradas nos subyugan, los hechos nos inflaman. Muchos vivirán y morirán por un dogma; nadie será mártir por una conclusión».

Y si ningún hombre morirá por una conclusión, ¿por qué morirá entonces? ¿Y tiene alguien que morir? Para la mayoría de los hombres, escribió Newman, la argumentación hace que el tema que se trata sea cada vez más dudoso, y considerablemente menos impresionante. Y aunque él la conocía y la amaba profundamente, Newman nunca pensó que la Biblia fuese una cosa necesaria:

«La religión de la Biblia es el título reconocido y la mejor descripción de la religión inglesa. No consiste en ritos o credos, sino principalmente en leer la Biblia en la iglesia, en familia y en privado. Estoy lejos de subestimar ese conocimiento de la Escritura que se imparte promiscuamente a la población […] Hasta un cierto punto es responsable de grandes y graves pérdidas en el cristianismo».

Nadie murió alguna vez por un conjunto de proposiciones en una argumentación, dice él, o por un conjunto de cuadros extraídos de la lectura pública de un libro. ¿Por qué entonces? ¿Tiene alguien que morir por algo? ¿Es la fe católica un paso a la muerte?

Si se pudiera resumir toda la fe en un único gesto (no es una Summa Theologica con tres enormes partes, una de las cuales está a su vez dividida en dos; ni siquiera en un catecismo de trescientas setenta preguntas y sus respuestas, por un penique) sino en un único gesto que distinga al instante al católico, ese sería la señal de la cruz: es un único gesto de lo que los teólogos llaman los misterios principales. Apretar dos dedos en la frente ─tres personas en la naturaleza de un Dios─; apoyar los otros dos dedos en la palma ─dos naturalezas en la persona de Cristo─; y luego trazar sobre uno mismo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, el sacrificio de Cristo, que es el sacrificio del altar católico. Hacer ese signo es una cosa peligrosa pues dice: me comprometo yo mismo a esa muerte. Los católicos no trazan el signo del descenso de la paloma o de la estrella de la esperanza u otro signo. Como dijo san Pablo:

«Mas en cuanto a mí, nunca suceda que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo para mí ha sido crucificado y yo para el mundo».

Y luego añade estas misteriosas palabras a las que no se les prestó demasiada atención, salvo por parte de los santos ─de san Francisco de Asís, por ejemplo─ que las entendieron:

«En adelante nadie me importune más, pues las señales de Jesús las llevo yo hasta en mi cuerpo».

San Pablo, si bien no fue un famoso hombre de letras judío, es ciertamente el más famoso judío converso. ¿Qué es lo que lo convenció? Como fariseo, conocía las escrituras de memoria; no fue la Escritura lo que lo convenció. No hay ninguna evidencia de que hubiese discutido con alguien antes de su repentino cambio en su camino a Damasco. Se dirá que fue un milagro. Pero no hubo nadie ni nada que lo dispusiera a recibir la gracia. Toda conversión es un milagro, y, sin embargo, la apologética nos arma contra el pecado de la presunción, el pecado que dice: «Dejemos todo en manos de Dios». La apologética es un esfuerzo para disponerse concediendo que Dios es también el autor de esos esfuerzos. Pero ¿quién o qué dispuso a san Pablo para la gracia? ¿Cuáles fueron los instrumentos humanos de su conversión, o de la de Newman?

Puesto que la fe es la evidencia de cosas no vistas, no hay ningún caso de que los protestantes racionalistas y los deístas del siglo XVIII llamaron «evidencia cristiana». Dios no dejó huellas digitales, no se descubrieron archivos secretos, no hay cintas grabadas para escuchar. Es cierto que san Pablo dijo que las cosas visibles del mundo conducen a las cosas invisibles de Dios, pero esta vía es negativa e indirecta. No podemos probar la fe a partir de la naturaleza, sino que más bien ─dado que la naturaleza y la fe nunca pueden contradecirse─ refutamos los intentos de refutar la fe desde la naturaleza.

La única apología directa de la Iglesia católica ha sido: (1) el testimonio de testigos, (2) la experiencia de personas que vivieron la fe, principalmente bajo la regla monástica, y vieron por sí mismos ─aunque oscuramente en un espejo─ que es verdadera; y (3) los argumentos derivados del testimonio de los testigos y de la experiencia personal, es decir, desde las primeras dos vías. Esto, realmente, son tres aspectos de una única apologética expresada con énfasis diferentes. En general los tres son necesarios, aunque no para cada persona.

Los teólogos liberales, basando sus argumentos en una visión evolucionista de la doctrina, han imaginado que hay tres estados distintos en la historia de la Iglesia, el segundo tras la destrucción del primero, y el tercero tras la destrucción del segundo, como un cohete de tres etapas. De hecho, sin embargo, los tres son integrales: todos ellos siempre presentes y en todas partes. Es cierto que para los primeros tres siglos la principal defensa fue la de los testigos, cuya palabra griega es «mártir». Muriendo por la fe dieron testimonio de su validez.

Pero la Apología de san Justino y los textos catequéticos tales como la Didajé atestiguan la presencia de argumentos desde el principio mismo; y en el Apocalipsis, san Dionisio y los Padres del Desierto, podemos ver que desde un comienzo el testimonio de los mártires y la enseñanza de los credos eran confesados en la oscura y silenciosa noche de las almas individuales.

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Este fragmento ha sido extraído del libro La muerte de la cultura cristiana (2018) de John Senior, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

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