DIARIO DE UNA FILOTEA
5 agosto 2023
En 1968, Joseph Ratzinger afirmó que “cuando Dios haya desaparecido totalmente para los seres humanos, experimentarán su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo”.
La Providencia de Dios es asombrosa, y observable tanto en grandes acontecimientos como en los más pequeños detalles. Y nos parece precioso que sea justamente el día posterior a la celebración de la memoria de San Juan María Vianney y en medio de las multitudes de la JMJ en Lisboa que el Señor haya querido que aparezca en InfoVaticana este escrito sobre los lugares remotos, escondidos, con escasos feligreses, en que ancianos sacerdotes hacen presente al Señor en medio de su pueblo y nos posibilitan comer el Pan de vida, sin el cual no tendríamos la vida eterna.
Es muy fácil lamentarse de “lo mal que está la Iglesia”, y no faltan razones para ello. Pero es también precioso descubrir cómo el Señor se digna a hacerse presente en las situaciones humanas más pobres y escondidas. Y Él ha querido que la posibilidad de hacerse presente sacramentalmente entre nosotros sea solamente mediante la Iglesia, en los bautizados y por el ministerio de los sacerdotes.
En este rincón rural y despoblado en que vivimos, los últimos días han sido prodigiosos en este sentido. Prodigiosos en lo pequeño y escondido. Prodigioso como que los pastores creyesen que ese Niño indefenso en el pesebre era Dios. El Señor nos ha hecho la gracia de que un sacerdote de noventa años del Opus Dei descansando unos días en familia en un pueblo cercano quisiera celebrar la Misa a diario en el santuario. En silencio, sin prisas; él, con sus fuerzas menguantes, entregado a Dios y haciendo posible que los demás le recibiéramos. Y en un pueblo aragonés con tres casas habitadas; celebrando la Misa del Pilar en pleno mes de julio, un sábado de fiesta mayor, otro sacerdote muy jubilado celebrando con gran celo y predicando sobre la Sabiduría que es el Verbo de Dios al hilo de la primera lectura del pasado domingo. O la Misa funeral en la parroquia de nuestra ciudad del pasado martes, en que el sacerdote celebró con toda la belleza el ritual de exequias cristianas y predicó una bellísima homilía sobre la entrega confiada de nuestra vida a la voluntad de Dios. Situaciones en las que verdaderamente dar gracias a Dios por querer estar entre nosotros. La razón concreta de este escrito son estas situaciones de estos días recientes, pero es de hecho lo habitual en nuestra diócesis, donde son alarmantemente pocos los sacerdotes que mantienen la misa diaria con asistencia de dos o tres feligreses. En estos entornos rurales, curiosamente, allí donde se mantiene la Misa diaria, suelen ser sacerdotes locales en edad de estar jubilados. No tenemos intención de generalizar más allá de lo que vemos aquí. El P. Juan Antonio Mateo, párroco de Tremp que falleció en 2021, conocido por sus columnas semanales en Cataluña Cristiana y su blog en Infocatólica, sufría mucho al ver cómo había sacerdotes que podían pasar de lunes a viernes sin celebrar la Misa, marchándose de sus parroquias; y se preguntaba en qué se basaba entonces su vocación y cómo la vivían. Con menos caridad que él, yo pienso que probablemente hay mucho mercenario infiltrado entre los pastores.
En la conocida como “profecía” del joven Ratzinger con que hemos comenzado (“profetizar” en lenguaje bíblico no es “ver el futuro”, sino hablar en nombre de Dios), acertó Benedicto al decir que la Iglesia quedaría muy reducida en números. Osó, además, “hacer un Jeremías” en pleno triunfalismo postconciliar. Pero, estas pequeñas comunidades, ¿son vistas por alguien como “algo nuevo”, con fuerza de renacer? No parece claro que puedan tener continuidad, habida cuenta de las edades de feligreses, sacerdotes, y de que la organización de fiesta mayor en manos de generaciones jóvenes elimina la Misa del programa… Pero Dios actúa de las maneras más insospechadas, y en esa Misa a la que uno va “por cumplir” con la familia, el Señor le puede tocar el corazón. Persona a persona. Así hace las cosas Él. No se trata de desmerecer los eventos multitudinarios católicos, pero sí ser ecuánimes. Es por sus frutos por lo que se podrán valorar. Y no por los números. De esto sabe bastante el P. Jorge González Guadalix, que ha sido un faro para nosotras desde que está de cura rural en la Sierra Norte madrileña. En cada uno de los tres pueblos en los que es párroco, celebra Misa dos días a la semana, además del domingo. Con nieve, lluvia o calor. Para que asista Rafaela o las dos religiosas del pueblo del al lado; o nadie. Pero él celebra, incansablemente. Sólo Dios sabe el bien que hace su presencia y la celebración de la Eucaristía, horas santas, procesiones, rezo del rosario, además del bien notorio que hace su apostolado en el mundo virtual. Si hay algún despistado que aún no conoce su blog “De profesión, cura”, en Infocatólica, por favor, que lo lea: https://www.infocatolica.com/blog/cura.php
A este respecto, el P. Jacques Hamel no fue solamente el primer sacerdote mártir en Europa víctima del terrorismo islámico, sino que era uno de estos sacerdotes ancianos que celebraba la Misa diaria para un reducido número de feligreses. Y en ese anonadamiento, el Señor le concedió el don del martirio. De todos es sabido cómo, el 26 de julio de 2016, a sus ochenta y cinco años, mientras celebraba Misa en la parroquia Saint-Etienne-du-Rouvray, en Normandía, Francia, dos terroristas del Daesh entraron violentamente en el templo y le degollaron ante el altar, al grito de “¡Allahu akbar!”, ordenando a uno de los feligreses que grabara todo en vídeo. Mucho más recientemente, el 23 de enero de este mismo año, y más próximo a nosotros, el sacristán Diego Valencia murió mártir a manos de otro terrorista islámico en Algeciras, que buscaba al sacerdote para asesinarlo, justo después de una Misa de diario en la que, además de los pocos fieles, estaban en los salones parroquiales los niños que recibían la catequesis. Por medio del diablo saben estos asesinos que sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía no hay Iglesia. Aunque no entendemos el rápido olvido en que parecen haber caído estos mártires. No nos damos por aludidos aunque arranquen cruces a diario, ardan templos o en el interior de los mismos, fieles y sacerdotes sean martirizados a machetazos.
Decía el P. Custodio Ballester recientemente que nosotros “todavía no hemos llegado a derramar la sangre en la confesión de la fe”. El P. Hamel y Diego Valencia sí lo hicieron. Pero estos ancianos sacerdotes que a diario celebran la Misa, que en su vejez podrían tomarse un tiempo de merecido descanso, ofrecen también su vida martirialmente, aunque no derramen la sangre, para que el Señor pueda hacerse presente y para ser semillas de nuevos cristianos.
Filotea