Nigeria, la Iglesia atrapada en una violencia fuera de control

Nigeria, la Iglesia atrapada en una violencia fuera de control

Nigeria, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, está precipitando en el caos. La corrupción y el mal gobierno permiten que las bandas criminales se expandan y se enriquezcan. Entre las causas de la deriva está el islamismo incontrolado, pero no solo: las razones del caos, en las distintas regiones del extenso y populoso país africano, son múltiples. Y los sacerdotes son las víctimas de este recrudecimiento. El 24 de mayo fueron secuestrados dos sacerdotes católicos: padre Stephen Ojapa y padre Oliver Okpara. Otros dos siguen bajo secuestro. El padre Joseph Aketeh Bako murió en manos de los secuestradores. Los obispos piden al gobierno que restablezca el orden en el país.

Nigeria está atrapada en las garras de la violencia. La situación parece próxima a un punto de no retorno. La corrupción y el mal gobierno han hecho que sus inmensos recursos petrolíferos dejen de ser una extraordinaria oportunidad de desarrollo y se conviertan en una maldición, como ocurrió en Zambia con el cobre, y en Sierra Leona, Liberia y la República Centroafricana con los diamantes.

Desde hace más de un año, a los ya numerosos problemas de seguridad se ha sumado el de los secuestros con fines de extorsión, completamente fuera de control. En algunos estados del noroeste, sobre todo en Kaduna, un número creciente de bandas armadas siembra el terror entre la población porque, fenómeno nuevo, ya no tienen como objetivo a las personas adineradas para exigir rescates millonarios, sino a personas corrientes, de clase media y baja, que puedan pagar decenas de miles de dólares o incluso miles o cientos. Más de un millar de estudiantes, incluso de primaria, han sido secuestrados en ataques nocturnos a internados, pero también a plena luz del día durante las clases. Otros miles han sido secuestrados en la calle, a lo largo de las principales arterias que conectan las grandes ciudades, en los aparcamientos de las gasolineras o mientras trabajaban en el campo. A finales de marzo, una banda atacó el tren que conecta la capital federal, Abuja, con Kaduna, la capital del estado que lleva el mismo nombre. Secuestraron a docenas de personas, quizás más de 160. Al menos ocho personas murieron durante el asalto. Los 18 policías que custodiaban el convoy intentaron intervenir, pero dado el número de atacantes, huyeron. A finales de marzo hubo incluso un intento de atentado en el aeropuerto de Kaduna. Varios hombres armados se acercaron a la valla del aeropuerto y dispararon, pero no consiguieron entrar. En el tiroteo murió un guardia de seguridad.

Ni siquiera los religiosos cristianos se libran de los criminales. El 24 de mayo fueron secuestrados dos sacerdotes católicos, el padre Stephen Ojapa y el padre Oliver Okpara. Alrededor de la medianoche un gran número de hombres armados irrumpió en la rectoría de la iglesia de San Patricio, en Gidan Maikambo, en el estado norteño de Katsina, y se llevó a dos niños. En los últimos dos meses otros dos sacerdotes han sido secuestrados y siguen en manos de sus secuestradores. El padre John Bako Shakwolo fue secuestrado en su propia casa, en el estado de Kaduna, el 25 de marzo. El padre Alphonsus Uboh se encontraba en su parroquia, en el estado sureño de Akwa Ibom, cuando hombres en moto, armados, le secuestraron el 8 de mayo. Pidieron un rescate muy alto por él: 240.000 dólares. El 3 de mayo, el padre Felix Zakari Fidson, también secuestrado en Kaduna, fue liberado. Sin embargo, lamentablemente, el padre Joseph Aketeh Bako, también secuestrado en Kaduna el 8 de marzo, murió en manos de los secuestradores. Llevaba tiempo enfermo y las condiciones de cautiverio fueron fatales para él.

Se desconoce la identidad de los secuestradores del padre Ojapa y el padre Okpara. Si su objetivo es obtener el pago de un rescate, cabe esperar que sean liberados, como ocurre en la mayoría de los casos. Pero preocupa su suerte porque Katsina, uno de los 12 estados del norte de mayoría islámica, depende de la diócesis del estado de Sokoto, cuyo obispo, monseñor Mathew Hassan Kukah, ha sido amenazado en los últimos días por haber condenado enérgicamente el asesinato de Deborah Samuel, la estudiante cristiana golpeada hasta la muerte por sus compañeros el 12 de mayo, acusada de haber publicado declaraciones blasfemas en el chat que utilizan los alumnos de su instituto. Además, tras la detención de dos personas sospechosas de haber participado en el asesinato de Deborah, miles de personas participaron en las manifestaciones organizadas para exigir su liberación, durante las cuales se produjeron actos de vandalismo que requirieron la intervención de la policía. Durante varios días, las autoridades impusieron un toque de queda total en Sokoto, la capital, y monseñor Kukah suspendió la celebración de la misa en toda la diócesis después de que dos parroquias fueran atacadas, saqueadas y gravemente dañadas.

Las malas noticias llegan también del Middle Belt, los territorios centrales del país donde las poblaciones del norte, islámicas y tradicionalmente ganaderas, se ven obligadas a convivir con las poblaciones campesinas de fe cristiana que habitan los estados del sur. Son frecuentes los enfrentamientos armados entre comunidades, exacerbados por el hecho de que se juntan intereses económicos – control de pastos y tierras de cultivo – e intolerancia religiosa. El 20 de mayo, los combatientes Fulani, la gran agrupación de pastores musulmanes, atacaron a plena luz del día a los poblados de agricultores, cristianos, en el estado de Benue, matando a decenas de personas.

Más al sur, en los ricos estados del petróleo, la tensión y la violencia han surgído por la reanudación de las reivindicaciones separatistas de la etnia igbo, que en los años 60 proclamó por un breve periodo la independencia de un vasto territorio, llamándolo República de Biafra. El juicio al líder secesionista Nnamdi Kanu está en marcha y los enfrentamientos armados entre los grupos secesionistas y las tropas gubernamentales se están intensificando. El último, el 17 de mayo, terminó con la muerte de cuatro militantes.  

Los obispos nigerianos llevan meses, años en realidad, pidiendo al gobierno que intervenga para dar estabilidad y seguridad al país. A este dramático panorama se suma la amenaza, en el extremo noreste, del grupo yihadista Boko Haram, afiliado a Al Qaeda, y de Iswap, la rama vinculada al Isis, que se desvinculó de Boko Haram en 2016. En su intervención en la recién concluida Plenaria de la Conferencia Episcopal Regional de África Occidental, monseñor Godfrey Igwebuike Onah, obispo de Nsukka, una diócesis del estado sudoriental de Enugu, expresó toda la amargura y la preocupación de la Iglesia nigeriana: Hubiera preferido estar aquí, delante de ustedes, ahora, para hablarles del amor, según la liturgia de hoy para reflexionar sobre la esencia y el sentido del cristianismo, el amor que deberíamos tener los unos por los otros”, dijo, pero ¿cómo se puede predicar el amor en un país donde la violencia se ha convertido en una regla? ¿Un país en el que la corrupción se ha convertido en norma y tradición, en el que la impunidad se ha convertido en ley, en el que el gobierno se siente tan impotente que ahora apela a los líderes religiosos para que hablen con los actores no estatales para no empeorar la situación de seguridad en nuestro país?”.

Publicado por Anna Bono en la Nuova Bussola Quotidiana

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

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