Todo está preparado en Würzburg para la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Alemana, convocada del 23 al 26 de febrero, en un clima de máxima tensión. No es una reunión de trámite. Confluyen dos decisiones de alto voltaje: la elección del nuevo presidente tras la renuncia de Georg Bätzing a presentarse a la reelección y la votación de los estatutos de la llamada “Conferencia Sinodal”, el órgano destinado a dar continuidad estructural al Camino Sinodal alemán.
Una plenaria con dos detonantes
La elección del sucesor de Bätzing no es una cuestión interna menor. La presidencia de la conferencia episcopal ha funcionado en la práctica como altavoz y acelerador de un programa reformista que ha multiplicado los choques con Roma. El resultado de la votación indicará si el episcopado alemán pretende consolidar esa dinámica o si busca un giro hacia la contención y la reconstrucción de puentes. En paralelo, la discusión sobre la “Conferencia Sinodal” reabre el núcleo del conflicto: la pretensión de estabilizar un órgano permanente, de composición mixta, con capacidad real de orientar decisiones eclesiales más allá de lo meramente consultivo.
Los nombres que suenan
En los corrillos y en análisis periodísticos se mencionan perfiles como Udo Markus Bentz, Heiner Wilmer o Peter Kohlgraf, entre otros, pero no hay candidaturas oficiales publicadas. En estas elecciones, lo decisivo rara vez es el nombre aislado. Importa la mayoría que lo sostiene, el equilibrio interno que representa y, sobre todo, el mandato implícito que recibe: continuidad, pausa táctica o rectificación.
La “Conferencia Sinodal” y el choque canónico
El punto más sensible es el estatuto de la futura “Conferencia Sinodal”. El proyecto pretende dar continuidad al Camino Sinodal mediante un órgano estable en el que obispos y representantes del Comité Central de los Católicos Alemanes compartan dirección estratégica en cuestiones doctrinales. Roma ya intervino cuando se impulsó un “Consejo Sinodal” con competencias que afectaban a la constitución jerárquica de la Iglesia. El cambio de nombre y ciertos ajustes de redacción no eliminan la cuestión de fondo: si un organismo mixto puede, de hecho, condicionar la potestad propia de los obispos y redefinir la praxis eclesial al margen de la disciplina universal.
Incluso si en Würzburg se aprueban esos estatutos, no quedarían automáticamente en vigor con plena validez canónica. Para una estructura que pretenda tener efectos jurídicos y eclesiales reales se requiere, en la práctica, un encaje claro con el derecho universal y el correspondiente reconocimiento de la Santa Sede. Sin ese marco, el riesgo es fabricar una institucionalidad paralela: un cuerpo que actúe como si tuviera autoridad, aunque su autoridad sea, en el mejor de los casos, discutida y, en el peor, inexistente.
Esto no debería estar ocurriendo
El problema ya no es solamente alemán. Es eclesial. Cuando un grupo de obispos empuja de forma sostenida en dirección contraria a la doctrina y a la disciplina común, la cuestión deja de ser “diálogo” y pasa a ser “gobierno”. Si se puede intervenir con rapidez una asociación de fieles, una obra concreta o un grupo pequeño por desviaciones o por supuestos conflictos internos, resulta difícil explicar por qué no se aplica el mismo principio de tutela cuando el foco de desorden nace en la cúspide de una conferencia episcopal y se proyecta como modelo para toda la Iglesia. La asimetría es evidente: firmeza contra la tradición, paciencia con la herejía.
En la práctica, la inacción tiene un coste que no pagan quienes empujan el conflicto, sino los fieles ordinarios. La confusión doctrinal no es un debate académico: termina en parroquias fracturadas, sacerdotes desorientados, seminarios vacíos, y un catolicismo reducido a una etiqueta cultural sin contenido vinculante. Si el mensaje que se transmite es que cada país puede diseñar su propio catolicismo según el clima social del momento, entonces la unidad visible de la Iglesia se convierte en un eslogan sin realidad operativa.
El “pontificado de la escucha” y el deber de gobernar
Se esperaba de León XIV un cambio de ritmo: menos ambigüedad táctica y más decisión ejecutiva cuando lo que está en juego es la comunión eclesial. Escuchar es necesario, pero no es un sustituto del gobierno. La escucha sin decisiones termina siendo un método para que avance el más agresivo, el que fuerza hechos consumados y luego exige que el resto “acompañe” lo ya impuesto. La historia institucional enseña que, cuando la autoridad evita arbitrar, el conflicto no se resuelve: se desplaza, se enquista y se multiplica.
La Iglesia no se protege dejando que una crisis madure hasta volverse irreversible. Se protege delimitando con claridad qué es negociable y qué no lo es, y actuando a tiempo. Si una conferencia episcopal promueve estructuras que alteran la naturaleza del gobierno eclesial, o normaliza prácticas que contradicen la doctrina, la respuesta no puede limitarse a cartas, reuniones y comunicados que no cambian nada. Hay momentos en que el deber de gobernar consiste en poner un límite real, visible, verificable. Pinto y final.
Würzburg como prueba de autoridad
Würzburg no será solo el escenario de una plenaria: será una prueba de autoridad. Si el episcopado alemán aprueba estatutos que vuelven a tensar el marco canónico y la comunión con Roma, la pregunta dejará de ser qué quiere Alemania y pasará a ser qué está dispuesta a hacer Roma para impedir que la fractura se consolide.