San Bernardo, contemplación y acción

San Bernardo, contemplación y acción

Por Robert Royal

La mayoría de los católicos, incluso los bien formados, si se les preguntara quiénes fueron los grandes santos medievales, responderían con una lista conocida: Francisco de Asís, Domingo, Tomás de Aquino, Catalina de Siena. Pero uno de los más antiguos entre esas grandes figuras –y el más célebre en su tiempo– ha sido, curiosamente, casi olvidado en la época moderna. Era tan evidentemente santo y polifacético que Dante, en el Paraíso, después de encontrarse con cientos de otros santos y héroes, lo eligió a él para pronunciar la última oración a la Virgen María, a fin de que él, Dante, recibiera la Visión Beatífica.

Ese santo olvidado es Bernardo de Claraval (1090-1153), el Doctor Melifluo, cuya fiesta celebramos hoy. Somos algo más conscientes de los Doctores de la Iglesia en este momento debido a la proclamación de san John Henry Newman como miembro de ese grupo tan exclusivo (con él su número asciende a solo 38). Algunos han recibido nombres especiales por lo que hicieron. San Agustín es el “doctor de la gracia,” santo Tomás de Aquino el “doctor angélico,” san Anselmo el “doctor magnífico.”

Bernardo es “melifluo” porque sus palabras eran consideradas tan fluidas y dulces como la miel. Pero en vida fue también un líder carismático, constructor, reformador, consejero de reyes y otros gobernantes temporales, y –en su papel de ayuda en la fundación de los Caballeros Templarios y de la Segunda Cruzada– podía picar como abeja cuando la Iglesia y la cristiandad necesitaban defensa (en su tiempo, contra el islam militante, que entonces reconquistaba Tierra Santa).

Tendemos hoy a pensar que las figuras contemplativas son de otro mundo, que cualquiera de sus virtudes o progresos en la vida espiritual tienen poco o nada que ver con nuestra terrenal suciedad: la política confusa, las guerras y rumores de guerras, o incluso las múltiples formas en que la mundanidad –sexo, codicia, ambición sobre todo– corrompen las instituciones religiosas.

Bernardo pensaba lo contrario. Creía que el espíritu era esencial para el recto ordenamiento del mundo y para mantener las cosas terrenas en su debido lugar secundario.

Incluso mientras Bernardo escribía los textos espirituales más sublimes (basta leer su comentario al Cantar de los Cantares), era igualmente hábil para afrontar las necesidades prácticas de su tiempo. Y supo inspirar a otros a seguirlo. Aunque comenzó como un monje más en la famosa abadía reformadora de Cîteaux, no tardó en fundar su propio monasterio en Claraval, que atrajo numerosas vocaciones y llevó, directa e indirectamente, a centenares de nuevas fundaciones en la reforma cisterciense.

La Iglesia de hoy está muy dividida. Pero la Iglesia en tiempos de Bernardo estaba aún peor. Enfrentaba las habituales herejías entre los intelectuales. (Propinó a Pedro Abelardo, entre otros, un buen correctivo). Los obispos en varios lugares, incluso en París, necesitaban ser sacudidos para defender a la Iglesia frente al Estado (¿suena familiar?) –una tarea que él logró de forma casi milagrosa. Pero lo peor de todo fue que en 1130 fueron elegidos simultáneamente dos papas, produciendo un cisma que le pidieron resolver. Y lo hizo.

Y todo esto en medio de sus esfuerzos por pacificar a diversos actores en Francia, Alemania e Italia –incluso para prevenir pogromos contra los judíos (de ahí el nombre judío Bernardo, aún común hoy).

Escribiendo a su patrono Can Grande della Scala, Dante dice que quienes se preguntan si es realmente posible ascender a la Visión Beatífica deberían consultar tres textos: De quantitate animae de san Agustín, Sobre la contemplación de Ricardo de San Víctor y Sobre la consideración de san Bernardo.

“Consideración” era un término técnico en aquella época, semejante a la meditación, que podía llegar a plena contemplación. La mayor parte de la obra son consejos al papa Eugenio sobre cómo no dejar que los asuntos prácticos devorasen su alma. Dante había sufrido bajo papas y príncipes ambiciosos y poco espirituales, y sin duda se sintió identificado con pasajes como: “La acción misma ciertamente no sale bien si no está precedida por la consideración.”

Pero reconocer el justo ámbito de lo práctico subraya aún más la primacía de lo espiritual.

Esto nos plantea una pregunta a todos, casi mil años después. No somos el gran san Bernardo. Pero todos tenemos la doble tarea de buscar la santidad y, al mismo tiempo, lidiar con un mundo y una Iglesia en tumulto.

Casi nadie habría pensado en tiempos de Bernardo que se acercaba la Alta Edad Media. Y, sin embargo, llegó, en parte gracias a sus esfuerzos. No hay razón para que no ocurra una renovación semejante hoy, si tomamos en serio las disciplinas espirituales incluso mientras afrontamos nuestras propias formas de barbarie y decadencia. De hecho, son precisamente esas condiciones dolorosas las que impulsaron a Bernardo –y deberían inspirarnos a nosotros– a redoblar nuestro compromiso con la fe y las obras.

Nuestro amigo, el poeta Dana Gioia, tradujo la oración de Bernardo a la Virgen en el último canto del gran poema de Dante. Comienza con lo que parecen contradicciones lógicas: “Virgen madre,” “hija de tu hijo,” “humilde y altísima.” Pero no se limita a enumerar cosas que a nosotros nos parecen irreconciliables, sino que resuelve esas tensiones reuniendo todo lo que Dante había escrito en su viaje de la tierra al Cielo en una unidad integral:

Virgen madre, hija de tu hijo,
Más humilde y más alta que toda criatura,
Meta constante del plan eterno,

Tú eres quien tanto elevó la naturaleza humana
Que tu Creador no dudó
En ser creado en tu carne mortal,

Y en tu seno se recogió todo el amor,
Cuyo ardor llena nuestra paz eterna
Y nutre esta flor mientras crece.

Para nosotros en el cielo eres el sol radiante
De la caridad en su cenit, y para los vivos
Eres la fuente que corre de su fe.

Señora, eres tan poderosa y grande
Que quien busque la gracia y no te busque a ti
Es como quien intentara volar sin alas.

Tus bendiciones no caen solo sobre quienes las piden,
Sino que muchas veces llegan
Gratuitamente a quienes no saben su necesidad.

En ti está la misericordia, en ti la piedad,
En ti la majestad, en ti se recoge
Todo el bien de todas las cosas creadas.

Todo el bien de todas las cosas creadas. Verdaderamente melifluo y fundamento de lo práctico.

Sobre el autor

Robert Royal es editor jefe de The Catholic Thing y presidente del Faith & Reason Institute en Washington, D.C. Sus libros más recientes son The Martyrs of the New Millennium: The Global Persecution of Christians in the Twenty-First CenturyColumbus and the Crisis of the West  y A Deeper Vision: The Catholic Intellectual Tradition in the Twentieth Century.

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