¿Qué hace al hombre?

¿Qué hace al hombre?
The Resurrection of Christ by Peter Paul Rubens, 1611-12 [Vrouwekathedraal, Antwerp]

Por Stephen P. White

Uno de los signos de nuestros tiempos absurdamente ridículos es que la pregunta “¿Qué es una mujer?” se haya convertido en punto de controversia política en los últimos años. La respuesta obvia (obvia, al menos, hasta ayer mismo) ha resultado insatisfactoria para los guardianes del Zeitgeist, para quienes la conexión entre naturaleza y sentido ha quedado totalmente disuelta.

Un mundo que no sabe lo que es un hombre o una mujer, y mucho menos lo que significa ser hombre o mujer, va a tener muchísimas dificultades para descubrir qué significa ser un buen hombre o una buena mujer. Es difícil para un mundo tan profundamente confundido sobre la naturaleza discernir la presencia y acción de la gracia. La gracia, después de todo, se apoya en la naturaleza y la perfecciona.

Hay razones para esperar que la fiebre de la ideología de género esté cediendo –o al menos que el control férreo que ha ejercido sobre nuestra política y nuestro discurso social se esté aflojando–. Pero incluso si llegara a desaparecer por completo, todavía habría razones para preocuparse por lo que vendría después. El fracaso de un conjunto de malas ideas no garantiza que lo que lo reemplace sea mejor.

Separar la ciencia y la medicina modernas de la ideología de género sería algo muy bueno. Pero sería un error suponer que una visión más biológica de lo masculino y lo femenino resolvería la confusión antropológica subyacente. Resulta que el sentido de la persona humana –varón y mujer– no es fácilmente definible en términos naturalistas o materiales.

Cualquier intento de explicar la naturaleza humana en términos puramente materiales, incluso sin el peso de la ideología inclinando la balanza, tenderá a excluir a Dios. Tal planteamiento sería inherentemente ateo.

En Gaudium et Spes, los Padres del Concilio Vaticano II apuntaron directamente contra una forma de ateísmo “que espera la liberación del hombre, sobre todo mediante su emancipación económica y social.” El Concilio declara además que la Iglesia, “ya ha repudiado y no puede dejar de repudiar, con firmeza, aunque con dolor, aquellas doctrinas y acciones envenenadas que contradicen la razón y la experiencia común de la humanidad, y destronan al hombre de su excelsa dignidad.”

Los Padres conciliares tenían claramente en mente la ideología comunista con esta condena, pero el error antropológico fundamental de esa ideología estaba enraizado en una concepción materialista-atea del hombre.

Y como más tarde argumentaría san Juan Pablo II, el comunismo distaba de ser el único sistema susceptible de tal error. Una sociedad consumista, insistía, puede cometer el mismo error, coincidiendo en la práctica con el sistema marxista, “en el sentido de que reduce totalmente al hombre a la esfera de la economía y a la satisfacción de las necesidades materiales.”

La ciencia material por sí sola, por útil que sea, no puede decirnos mucho sobre lo que significa ser humano. No puede responder a la pregunta de qué significa ser un buen hombre o una buena mujer. La Iglesia ofrece respuestas a esas preguntas, pero reconoce con franqueza que esas mismas preguntas tocan un misterio.

Así lo afirma Gaudium et Spes: “Entretanto, el hombre, aun sin conocerlo claramente, se hace a sí mismo una pregunta. (…) Solo Dios, que creó al hombre a su imagen, puede darle la respuesta completa y plenamente cierta cuando lo llama a una sabiduría y prudencia más altas.”

Todo esto puede parecer bastante abstracto, o al menos incompleto. Pero el “conocimiento más alto y la indagación más humilde” a los que el hombre es invitado y por los que llega a conocerse a sí mismo a la luz de la Encarnación, son fundamentalmente personales y concretos.

El anhelo de conocerse a sí mismo, de conocer su propio origen y propósito, está presente en todo corazón humano. Y es un anhelo expresado con frecuencia mucho mejor en la literatura y la poesía que en la prosa filosófica o teológica.

¿Qué significa ser un buen hombre? ¿Qué significa ser una buena mujer? Estas son preguntas apremiantes en todas las épocas. Lo son aún más hoy, debido a la confusión sobre lo que simplemente significa ser, simplemente, humano. Y no es probable que dejen de serlo a medida que nuestra tecnología y abundancia hagan cada vez más fácil creer en las dos grandes mentiras: que el mundo material no nos enseña nada o que, por el contrario, nos lo enseña todo.

Mientras tanto, los jóvenes buscan responder a estas preguntas en relativa ausencia de buenos ejemplos o de una guía sólida. Muchos jóvenes rechazan la imagen andrógina de masculinidad que ven a su alrededor: infantil, consentida, débil y desprovista de thumos y ambición. Muchas jóvenes rechazan una imagen masculinizada de la feminidad, valorando en cambio la maternidad y una feminidad sin complejos.

Hay mucho de bueno en esto, mucho incluso que celebrar. Pero también existe la tentación de imaginar que la recuperación de un sentido sustantivo y complementario de la masculinidad y la feminidad –algo que necesitamos urgentemente– puede lograrse mediante la acumulación de aquellos accidentes que asociamos con formas tradicionales de lo masculino y lo femenino.

Las redes sociales están inundadas de contenidos, dirigidos a hombres y mujeres de mentalidad tradicional, diseñados para explotar esa tentación. Sin rodeos (y fijándonos aquí en los hombres): dejarse crecer una barba robusta, levantar pesas, beber bourbon y disfrutar de un cigarro ocasional son, sin duda, actividades varoniles. Yo mismo las disfruto en distintos grados. Pero ninguna de ellas hace al hombre.

Cuando tratamos la masculinidad y la feminidad como la suma de apariencias exteriores y afectaciones, no hacemos más que reflejar los errores de la ideología de género, que exalta los accidentes a expensas de la sustancia.

Entonces, ¿qué es lo que hace al hombre? ¿Cuál es la respuesta existencialmente adecuada (en la frase de san Juan Pablo II) a la pregunta última sobre la identidad humana en todo corazón?

La respuesta ofrecida por Gaudium et Spes es tan completa como cualquiera que se pueda encontrar. Pero la respuesta no es un “qué”, sino un “Quién”: “La verdad es que solo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre.”

Sobre el autor

Stephen P. White es director ejecutivo de The Catholic Project en The Catholic University of America y miembro de Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center.

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