En la polémica entre Santiago Abascal y ciertos obispos, conviene recordar lo esencial: la obediencia de un católico no se debe a opiniones políticas de prelados, sino al depósito de la fe y a la disciplina de los sacramentos. El magisterio obliga cuando enseña lo transmitido por Cristo y la Iglesia, no cuando improvisa sobre materias temporales o sigue la moda ideológica del momento.
La sumisión que la Iglesia pide a sus hijos no es ciega ni servil, sino fiel a la verdad revelada y al orden sobrenatural. Igual que Carlo Ancelotti no tiene obligación alguna de hacer la alineación del Real Madrid según las ocurrencias de un “obispo futbolero”, un político católico no está atado a seguir el parecer político de un prelado que, en esa materia concreta, puede no saber —o peor, estar condicionado por el espíritu del mundo.
Lo preocupante de lo que señala Abascal
Lo que Abascal sugiere es grave: si la posición de ciertos obispos en materia migratoria estuviera condicionada por intereses económicos ligados al sistema de ayudas a la inmigración ilegal —de modo que parte del dinero no llegara realmente a los necesitados, sino al sostenimiento de estructuras—, hablaríamos de un problema moral, doctrinal y pastoral. Sería un alineamiento práctico con la agenda globalista motivado por dependencia económica. Eso exige transparencia, examen de conciencia institucional y una rectificación clara.
Don Pelayo y Don Opas: respeto sin claudicación
El episodio histórico ayuda a entender la actitud debida. En el siglo VIII, el obispo Don Opas intentó persuadir a Don Pelayo para que se rindiera a los invasores musulmanes, alegando que la batalla estaba perdida. Pelayo, respetando la dignidad episcopal pero fiel a su deber, rechazó el consejo: antepuso la defensa de la fe y de la patria a la conveniencia política y al cálculo humano. No fue rebeldía contra la Iglesia, sino fidelidad a Dios frente a un pastor equivocado o acomodado al poder enemigo. Esa es la regla de oro: obediencia en lo que es de Dios; libertad —y, cuando toca, firmeza— en lo que es de los hombres.
Con los ministros sagrados, respeto siempre; pero ninguna obediencia a errores, mundanidades o aggiornamenti al poder terreno. Cortesía sin claudicación, reverencia sin rendición, y la palabra —o la espada cívica— al servicio de la fe y del bien común.
