By Joseph R. Wood
«Todo cambia», exclamó una anciana en Sídney con fuerte acento australiano. Esperaba la Misa en una iglesia cuando acababan de levantarse las restricciones por COVID‑19. Pero esa iglesia en particular volvió a cerrar debido a casos entre los sacerdotes allí. Sin saberlo, coincidía con el antiguo filósofo Heráclito, quien sostenía que todo es «flujo». Se concentró en el mundo material que cambia constantemente. Se le conocía como el «filósofo de las lágrimas», inclinado a la melancolía.
Este momento me viene a la mente ahora que disfruto nuevamente el privilegio de enseñar en el Seminario Tertio Millennio de George Weigel en Cracovia, Polonia. Pronto me trasladaré a Eslovaquia, donde me uniré a nuestro editor en jefe, Robert Royal, para el Seminario Sociedad Libre. Estos seminarios reúnen a grupos de católicos muy brillantes y fieles de entre veinte y treinta años, en su mayoría europeos y estadounidenses, aunque ocasionalmente de otros lugares, para un examen intensivo de la verdad católica y de los problemas contemporáneos que enfrenta la enseñanza de la Iglesia. Y hay muchas conversaciones maravillosas en las que emerge la auténtica filosofía, la búsqueda de la sabiduría.
Los seminarios fueron fundados por Michael Novak, de feliz memoria, prolífico defensor de los mercados libres y de las instituciones políticas basadas en la libertad, a quien se menciona habitualmente en este sitio y que también ayudó a fundarlo. En los años posteriores a la caída del Muro de Berlín, Novak esperaba que los seminarios ayudaran a una nueva generación de católicos de Europa Central a aprender los hábitos e ideas que sus países necesitarían al salir de las oscuras décadas del comunismo. Los estadounidenses descubrirían la profundidad de la tradición y la fe católica que llegó aquí siglos antes, sobrevivió la era comunista y podría animar el futuro de la región y de Occidente.
Novak no era un «filósofo de las lágrimas». Pero en seminarios recientes me han impactado los cambios desde que los estudiantes empezaron a venir hace décadas. Estos cambios pueden despertar al Heráclito lloroso que hay en mí.
Las instituciones políticas y económicas que derrotaron al comunismo, o al menos permitieron que éste se derrotara a sí mismo, ya no son atractivas para muchos en Occidente, ni para muchos en Europa Central que ven el totalitarismo comunista sustituido por algo que ofrece al homo economicus y al relativismo moral como la plenitud de ser humano.
En medio de tantos cambios se percibe una sensación de inestabilidad, de que la verdad no existe o no puede encontrarse porque todo cambia de todos modos. Ello ha generado una pérdida generalizada de esperanza acompañada de un olvido de que el sufrimiento forma parte de la vida, que tiene sentido y que, aunque debe reducirse cuando sea posible, también conduce a quienes tenemos fe a la mayor alegría.
Los estudiantes de estos seminarios están buscando –y encontrando– verdades que, a diferencia de las estaciones, las instituciones políticas o las modas sociales o la opinión pública, no cambian.
He experimentado aquí con una fuente antigua, la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides. Tucídides fue un historiador y también un hombre de acción, un general. Escribe sobre las guerras del siglo V a.C., principalmente entre Atenas y Esparta, que aceleraron el declive de las ciudades griegas como forma política dominante y a veces exitosa. Fue un siglo en el que «las revoluciones estallaron en ciudad tras ciudad», y los acontecimientos en un lugar provocaban en otros «nuevos excesos de celo revolucionario. . . con una sofisticación en los métodos de tomar el poder y con atrocidades inauditas en la venganza».
Para acomodarse al cambio de los acontecimientos, también las palabras debían cambiar su significado habitual. Lo que antes se describía como un acto irreflexivo de agresión se consideraba ahora valentía; pensar en el futuro y esperar no era más que otra forma de decir que uno era un cobarde; cualquier idea de moderación era sólo un intento de disfrazar el carácter afeminado de uno… El entusiasmo fanático era la marca de un hombre de verdad… Cualquiera que sostuviera opiniones violentas siempre podía ser de fiar… En resumen, era igualmente encomiable adelantarse con un golpe a alguien que iba a hacer el mal, y denunciar a alguien que no tenía intención alguna de hacer el mal.
Uno de los episodios más famosos de Tucídides es el Diálogo de los melios, en el que los atenienses buscan convencer a los habitantes de la isla de Melos de que se alíen con ellos. Se reúnen para «discutir» el asunto. La discusión consiste en que los atenienses explican que, si los melios no aceptan, serán destruidos. Los melios apelan a un principio según el cual los pueblos más débiles deben ser tratados con «juego limpio y trato justo», un principio que «es para el bien general de todos los hombres», incluidos los atenienses. Los melios recurren a la ley natural, una noción que Robert Royal subrayó a principios de esta semana. Según esta visión, hay una ley natural que no legislamos nosotros mismos y que, aunque tenga en cuenta las circunstancias particulares, se aplica a todas las personas, en todos los lugares y en todos los tiempos.
Los atenienses responden con su propia ley de la naturaleza: «los fuertes hacen lo que tienen poder para hacer y los débiles aceptan lo que tienen que aceptar». No nos culpen, dicen los atenienses. No hicimos esta ley. Así encontramos el mundo.
He llegado a creer que, aparte de la cuestión estrechamente relacionada de si Dios existe, esta es la elección más fundamental que hacemos. ¿Pensamos que las diferencias de poder y sus resultados son el “lo que es” de la naturaleza y que eso es todo lo que importa, o existe una realidad invisible de verdad, belleza y bondad que trasciende el cambio y gobierna la naturaleza –y a nosotros?
Otro antiguo testigo y veterano de las guerras del Peloponeso, Sócrates, se enfrenta repetidamente a esta cuestión en los diálogos de Platón. Habiendo pasado de la naturaleza física al logos, o discurso razonado, para investigar la realidad, Sócrates insiste en que existe un orden invisible y trascendente –incluyendo la justicia– independiente de quién tenga más poder. Su razonamiento informará más tarde la filosofía católica.
La mujer australiana mencionada anteriormente, después de declarar que todo cambia, de repente se apartó de Heráclito. «Pero si tienes tu fe, no importa. Tienes lo que necesitas».
Hay cosas que no cambian.
Acerca del autor
Joseph R. Wood es profesor adjunto colegiado en la Escuela de Filosofía de la Universidad Católica de América. Es un filósofo peregrino y un ermitaño fácilmente accesible.
