(Matteo Forte en Tempi) – El Tribunal Supremo de EE.UU. no ha eliminado el aborto de un plumazo. Tampoco podría. Sin embargo, gracias a la distinción totalmente liberal según la cual el poder no está concentrado en un bloque, sino que está dividido, ha remitido la cuestión al legítimo debate de los representantes elegidos por el pueblo para legislar en cada uno de los estados estadounidenses en un sentido u otro, ya que el aborto no es un «derecho» federal constitucionalmente garantizado.
Los adversarios de la democracia liberal
Que Occidente sea hoy todo relativismo y orgullo gay, como dijo Cirilo, no coincide con el hecho de que sea un sistema liberal. En todo caso, todas estas cosas (también debido a la imposición de nuevos derechos e instituciones por parte de los tribunales) destrozan la democracia liberal. Los verdaderos adversarios de esta son, paradójicamente, internos, no externos. Son los que se autodenominan, «impropiamente» diríamos, liberales. Los populistas partidarios de la democracia conservadora à la Orban y los protectores del Russkiy Mir (mundo ruso), dispuestos a apoyar «operaciones militares especiales» para impedir la expansión de la cultura occidental corrupta, comparten con las élites europeas y estadounidenses la idea de que el cristianismo es ajeno a la estratificación en el tiempo de los logros y convicciones que han conducido a una sociedad libre.
Como en las operaciones matemáticas, el orden de los factores no altera el producto: para todos, de hecho, desde los dirigentes del patriarcado de Moscú hasta los oradores convocados anualmente en Davos, pasando por los activistas LGBTQ+ y los activistas proaborto, la fe cristiana no puede estar de acuerdo con la libertad.
El regreso del «choque de civilizaciones»
La agresión de Putin contra Ucrania ha hecho revivir la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington con la guerra de línea de fractura en esa frontera oriental en la que eslavófilos, occidentales, ortodoxos fieles a Moscú y autocéfalos bendecidos por Constantinopla se habían enfrentado durante siglos y que solo la pesada bota soviética había, aparentemente, aplastado. Ya la pandemia que se había extendido desde China nos había hecho ver que la globalización, con la deslocalización de la producción que conlleva (por ejemplo, de los dispositivos de protección de la salud) y las cadenas de suministro globales (para las que, si falla el esfuerzo de una zona del mundo, todo está perdido), no podía ser lo que se conocía hasta 2020.
No es que las señales de un choque de civilizaciones y la situación crítica de la globalización no se vislumbraran ya, por un lado, con el advenimiento del terrorismo islamista el 11 de septiembre de 2011 y, por el otro, con la interesada solidaridad mostrada durante la década de crisis económica 2008-2018 por algunos gobiernos, a los que les importó más salvar a sus bancos expuestos al Estado griego en riesgo de impago que hacerse cargo del sufrimiento de ese pueblo. Pero en cada uno de estos casos cualquier enemigo invisible e impersonal, ya fuera una sigla de la galaxia islamista o la insostenibilidad de una deuda pública, parecía que podía ser manejado por los organismos supranacionales vinculados a una economía de mercado como indiscutibles logros del fin de la Guerra Fría.
La flagrante oposición a este orden mundial por parte de dos potencias, Rusia y China, como alternativa al sistema occidental, nos ha llevado a donde estamos: al declive de la democracia liberal. Pero como reconoció el propio Francis Fukuyama, padre de la tesis del «fin de la historia», la creencia de que después de 1989 la expansión del libre mercado garantizaría automáticamente la paz y el progreso «no explica satisfactoriamente ni al soldado que se arroja sobre la granada, ni al atacante suicida, ni otros casos en los que los que parece estar en juego algo que no sea el interés personal» (Identidad, Deusto, 2019, p. 27).
La cultura antagonista del individualismo radical
Sin embargo, la incapacidad de explicar algo más que el mero interés material no es del sistema liberal en sí, sino de lo que se ha introducido en el liberalismo contemporáneo para desvirtuarlo. Por ejemplo, el «nihilismo positivo» de Richard Rorty, según el cual el derecho de los ciudadanos a compartir cualquier práctica social prevalece sobre la adhesión de las instituciones a una determinada doctrina social que pretendiera anclar las leyes en principios absolutos; o el «velo de la ignorancia» de John Rawls, según el cual debemos poner entre paréntesis nuestras condiciones iniciales (biológicas, sexuales, sociales, culturales, nacionales, identitarias, etc.) para compartir un nuevo contrato social en la sociedad mundial que incluya al mayor número posible de individuos sin ninguna discriminación inicial.
Michael Novak, intelectual católico y liberal, estigmatizó esta «cultura antagónica» ya en los años 90 con la expresión «individualismo radical», porque, al no ver nada definitivo más allá de los caprichos y sentimientos del individuo, convierte en utopía la esperanza «de que pueda seguir existiendo una república basada en el autogobierno» (El espíritu del capitalismo democrático).
La separación entre poder espiritual y temporal
Por lo tanto, si se analiza con detenimiento, es una traición a lo que ha generado el sistema liberal a lo largo del tiempo. Dicho sistema, que como todos los sistemas humanos no es perfecto ni está exento de contradicciones, no nació en un contexto precristiano o no cristiano. Por el contrario, pudo desarrollarse en el contexto del cristianismo occidental, en un contexto en el que la sangre de los mártires es el testimonio de que el Estado no es el horizonte último de la existencia humana.
Aunque sea un Estado de inspiración cristiana, como recordó Ambrosio al emperador Teodosio, culpable de la masacre de miles de civiles en Tesalónica. O como recordaría unos siglos más tarde Thomas Becket, asesinado mientras celebraba misa en la catedral de Canterbury por no querer someterse a las constituciones de Clarendon de Enrique I Plantegenet, cuyo hijo Juan promulgaría más tarde la Magna Charta libertatum, con la que en 1215 puso límites a los impuestos y a las detenciones arbitrarias por parte de la corona.
Y también en Inglaterra, en la era moderna, la Carta de Derechos de 1689 otorgada por Guillermo de Orange no fue ajeno al apoyo de Inocencio XI. En su Historia de la libertad, Lord Acton nos recuerda que el papa Odescalchi, preocupado como ningún otro por acabar con las divisiones confesionales en el continente, odiaba el absolutismo galicano de Luis XIV al que también hacía referencia Jacobo Estuardo, prefiriendo así al contendiente protestante. Además, la división y autolimitación de los poderes ejecutivo y legislativo primero, y judicial después, no es sino la profundización de una separación más radical: la del poder espiritual del poder temporal.
Esta separación, que tiene su origen en el pasaje evangélico en el que Cristo manda dar «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», no tiene paralelo en ninguna otra civilización. La concreción de esta separación originaria surge históricamente en Europa con la lucha entre el papado y el imperio por la investidura de los obispos y culmina con el Concordato de Worms en 1122, cuando el vértice de la Iglesia se apartó del poder secular y reclamó para sí la organización interna de la estructura eclesiástica y el gobierno en materia religiosa.
En el origen del Estado de derecho
Sin esta historia, aunque esté llena de errores, no tendríamos el Estado de derecho. Sin esta historia no tendríamos un sistema de garantías, de controles y equilibrios para proteger la libertad de la persona. Una persona que no es una mónada, sino que, como sugiere su etimología (persona en latín es la máscara que se lleva en el teatro y a través de la cual, per-, resuenan las frases que llegan al público) es un ser constitutivamente relacionado.
Y es precisamente esta naturaleza suya, más respetada en un sistema en el que el poder está dividido y no concentrado, la que puede rechazar ese nihilismo positivo por el que los valores contingentes y las prácticas sociales adoptadas no ancladas en principios universales se adaptarían a sus propios deseos y estarían a su servicio. Puede rechazarlo porque siempre está en juego algo más que el interés meramente material por el que la propia naturaleza humana se reconoce como superior a las realidades finitas en las que no puede encontrar su realización.
Democracia e individualismo radical
Y también puede rechazarlo porque el individualismo radical no solo es evidentemente incapaz de estructurar una sociedad, un vivir juntos, sino porque a nivel existencial no garantiza que pragmáticamente los nuevos valores suplanten a los antiguos, adaptando lentamente el comportamiento de los individuos a un nuevo contexto opresivo, deslizándose así de un sistema liberal a un totalitarismo blando (en este sentido se pueden interpretar los fenómenos de Black Lives Matter y de la cultura de la cancelación).
En cambio, un sistema en el que el poder se divide entre el papado y el emperador, el legislativo y el judicial, el federal y el estatal, garantiza más fácilmente que ese no constituye el horizonte último de la existencia de la persona. Y garantiza más fácilmente que «sólo en un caso este punto que es el hombre individual y concreto sería libre de todo el mundo, libre hasta el punto de que ni el mundo entero ni todo el universo podría constreñirlo, sólo en un caso esta imagen de hombre libre es explicable: si se supone que ese punto no está constituido sólo por la biología de su madre y de su padre, que posee algo que no deriva de la tradición biológica de sus antecedentes inmediatos, sino que está en relación directa con el infinito, en relación directa con el origen de todo el flujo del mundo, (…), con esa X misteriosa que se encuentra por encima del flujo de la realidad, es decir, con Dios» (L. Giussani, El sentido religioso, Encuentro, 2016, p. 157).
El papel de las minorías cristianas en Occidente
Es a lo que se refieren implícitamente los nueve jueces del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, dejando una «profunda cuestión moral» no a la decisión final de nueve jueces nombrados de por vida y no elegidos por nadie, sino al libre debate de los ciudadanos a través de sus representantes votados precisamente para legislar. Esto es lo que deberíamos recordar tanto a los activistas LGBTQ+, como a los que están a favor del aborto y a los que incluso en Occidente se sienten persuadidos por las palabras de Cirilo contra los vicios y la corrupción morales, porque están convencidos de que solo el brazo de la ley, o incluso los bombardeos, pueden hacernos inmunes al error.
La sucesión de acontecimientos en este primer semestre de 2022 me convence cada vez más de que el papel de las minorías cristianas en Occidente no es convertirse en la «quinta columna» de una potencia imperial a las puertas de Europa que dice defender la tradición y los valores cristianos. Tampoco es la de restaurar un antiguo orden cristiano, como tampoco puede pensar en acercar la fe al mundo haciendo un guiño a las nuevas modas, malinterpretando el adjetivo liberal y resignándose a que las cosas sean así. El compromiso público de las minorías cristianas, creo, es defender desde dentro un sistema ciertamente laico y aconfesional, pero cuyo origen determinado… garantiza la libertad para todos.
Publicado por Matteo Forte en Tempi
Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana