Obispo Ramón Castro aboga por una economía inclusiva en la catequesis «Venga a Nosotros Tu Reino»

Obispo Ramón Castro aboga por una economía inclusiva en la catequesis «Venga a Nosotros Tu Reino»

En un momento en que México enfrenta desafíos económicos profundos, como la desigualdad y la pobreza persistente, el obispo Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ha ofrecido una reflexión contundente en el capítulo 24 de la serie de catequesis «Venga a Nosotros Tu Reino». Titulado «Una Economía realmente inclusiva», este episodio, difundido recientemente a través de plataformas como YouTube, aborda la segunda coordenada de las cuatro que orientan la acción cristiana en la sociedad: el destino universal de los bienes. Esta serie, iniciada en 2025 con motivo del centenario de la Fiesta de Cristo Rey, representa una etapa crucial en la enseñanza católica mexicana, enfocada en transformar la realidad social a la luz del Evangelio.

La serie «Venga a Nosotros Tu Reino» surge como un llamado pastoral para conmemorar la institución de la solemnidad  de Cristo Rey, proclamado en 1925 por el Papa Pío XI. Con más de 20 capítulos hasta la fecha, ha explorado temas desde la vocación laical hasta la solidaridad frente a la violencia. Según fuentes de la CEM, esta iniciativa busca no solo educar, sino impulsar un cambio concreto en la sociedad mexicana, marcada por polarizaciones y crisis económicas. El capítulo 24, disponible en el canal oficial de la CEM, marca una fase de profundización en las doctrinas sociales de la Iglesia, pasando del bien común —tratado en episodios previos— al principio de que los bienes de la creación son para todos, no para unos pocos.

En su prédica, el obispo Castro enfatiza que la tierra, como primer regalo de Dios, debe ser fuente de vida para toda la humanidad. «Parecería obvio afirmar que la tierra es de todos y para todos, pero este principio está lejos de encarnarse en nuestras comunidades», afirma. México, bendecido con recursos naturales abundantes, paradójicamente sufre una «pobreza material brutal» que va más allá de la falta de ingresos: millones carecen de acceso a agua potable, alimentos nutritivos y tierra fértil. Esta contradicción, dice el prelado, «grita al cielo», cuestionando sistemas económicos que priorizan la acumulación sobre el bienestar compartido.

Un aspecto central es la crítica a la ambivalencia de la riqueza. Castro denuncia un «deseo torcido de posesión y acumulación» que ahoga el verdadero fin de los bienes: servir a las necesidades de cada uno. «Generamos capital, pero no tejemos comunidad ni bienestar compartido», advierte, aludiendo a la indiferencia ante el hambre en las calles. El destino universal de los bienes implica que el bien personal solo florece en el de todos; un empresario exitoso que no beneficia a la sociedad «empobrece su propia alma». Aquí, el obispo resalta la función social de la propiedad privada: es legítima para generar seguridad y autonomía, pero debe servir al desarrollo de los demás. «No somos dueños absolutos de nada», subraya, recordando que daremos cuentas al Señor de la creación.

Particular atención recibe el drama de los pueblos indígenas, quienes, en íntimo contacto con la tierra, son despojados de sus frutos. «Laboran para quienes habitamos las grandes ciudades, mientras viven en condiciones muy por debajo de la dignidad humana», explica Castro. Productos como tomates, café y maíz llegan a las urbes gracias a manos indígenas que no pueden alimentar dignamente a sus familias. Esta injusticia, clama el obispo, demanda justicia, no caridad. Citando a San Gregorio, insiste: «No dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia». Salarios dignos, acceso a salud y educación no son favores, sino derechos. El amor preferencial de la Iglesia hacia los pobres debe traducirse en acciones concretas, como empresas que generan empleos justos o cooperativas que acceden a mercados equitativos.

La visión de una economía inclusiva que propone Castro es transformadora: campesinos viviendo dignamente de su trabajo, obreros con salarios suficientes para educar a sus hijos, pequeños empresarios compartiendo ganancias. Incluye cooperativas que reparten utilidades, empresas que reinvierten en comunidades, sistemas financieros accesibles y comercio justo. «En México tenemos todo lo necesario para que ninguna familia pase hambre: tierra fértil, agua abundante, manos trabajadoras, mentes creativas», afirma. Lo que falta, según él, es «voluntad de compartir, sistemas que distribuyan justamente y corazones que entiendan el destino universal de los bienes».

Esta etapa de las catequesis implica un llamado a la acción social cristiana, integrando la fe con la economía cotidiana. Tras reflexionar sobre el bien común, el enfoque en el destino universal de los bienes prepara el terreno para las coordenadas restantes —subsidiaridad y solidaridad—, orientando a los fieles a construir un «reino de justicia y esperanza». El obispo cierra invocando a Santa María de Guadalupe para liberarnos de la avaricia y servir a los más pequeños.

 

 

 

 

 

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