La madrugada del 1 de abril de 2026 falleció Antonio Lara Barajas, el obispo Martín de Tours, guía espiritual de la secta apocalíptica de la Nueva Jerusalén, también llamada La Ermita. El deceso ocurrió en el enclave amurallado de Puruarán, en la Tierra Caliente michoacana, bajo el velo del hermetismo que ha caracterizado al grupo desde su fundación.
La propia “Nueva Jerusalén” publicó varios videos en redes sociales donde se ven los estamentos de la secta haciendo oraciones por el obispo en el que convocaba a oraciones por su “Papá Martín”, sin precisar las causas del fallecimiento. Su partida marca el cierre de una etapa de más de dos décadas al frente de una de los grupos religiosos más controvertidos y aislados de México, un modelo de control teocrático.
Antonio Lara Barajas, asumió el liderazgo de la Nueva Jerusalén tras la muerte del fundador, “Papá Nabor”, en 2008, representó la continuidad estricta de un sistema erigido sobre obediencia ciega, rechazo a la modernidad y un estilo de vida dictado por supuestas revelaciones divinas. Durante su mandato se mantuvieron intactas las estructuras de aislamiento y autoridad absoluta que definieron al grupo desde sus orígenes. Su figura fue central en los momentos de mayor confrontación con las autoridades estatales, como los incidentes de 2012, cuando seguidores bajo su guía demolieron escuelas públicas argumentando que la educación laica era obra del diablo. Aquellos hechos expusieron la tensión entre el derecho a la instrucción y el fanatismo religioso que ha marcado la historia de la comunidad.
El origen de la Nueva Jerusalén se remonta a 1973 en Puruarán, una comunidad agraria del municipio de Turicato, Michoacán. Todo comenzó con el entonces párroco Nabor Cárdenas Mejorada, después conocido como Papá Nabor, un sacerdote de temperamento hosco que ya había sido suspendido del ministerio en Morelia por su oposición radical a cualquier renovación eclesial.
Mucho antes del Concilio Vaticano II, Cárdenas rechazaba frontalmente las reformas litúrgicas y administraba los sacramentos según ritos tridentinos en una ermita improvisada. Según el relato fundacional del grupo, recibió el mensaje de la Virgen del Rosario a través de una campesina, Gabina Sánchez, viuda de Romero, a quien los fieles bautizaron como Mamá Salomé. La Virgen, de acuerdo con la narración oficial, advirtió del fin inminente del mundo y exigió la creación de una Nueva Jerusalén para salvar a los elegidos del apocalipsis.
Papá Nabor fue excomulgado y se autoproclamó como guía de ese nuevo grupo. Junto con Mamá Salomé levantó la Ermita en un sitio conocido como El Callejón. La comunidad creció con rapidez, atrayendo a decenas de fieles con la promesa milenarista, solo quienes obedecieran al líder y a las revelaciones marianas se salvarían, mientras el resto enfrentaría tormentos eternos.
Desde el principio se estableció una estructura teocrática y jerárquica. Se formó una sociedad estratificada en la que clérigos y religiosos ocupaban la cima, y la vida social y productiva giraba exclusivamente en torno a la ermita. Papá Nabor se convirtió en sumo pontífice cuya palabra era la norma última e incuestionable. Todos los pleitos y desavenencias se resolvían bajo su poder absoluto.
Las reglas impuestas fueron rigurosas y exhaustivas. Se exigía vestimenta específica, mantos largos y paños para las mujeres, cruces visibles para los hombres. En los inicios de manera tajante se prohibía la educación laica, los medios de comunicación, la televisión, la radio; sin embargo, en tiempos recientes, los dirigientes han usado las redes sociales para difundir aspectos internos de la Nueva Jerusalén como las oraciones y funerales a Papá Martín y las celebraciones de Semana Santa. La Ermita se transformó en un enclave autosuficiente, amurallado física y espiritualmente, donde el líder decidía matrimonios, expulsiones, distribución de bienes y el acceso de cualquier extraño.
Tras la muerte de Mamá Salomé en 1981, la comunidad vivió su primera gran ruptura. Surgieron dos facciones que competían por la sucesión. La facción vencedora impuso como nueva visionaria a una joven regiomontana del grupo de las “tempranillas” —doncellas consagradas—, Arcadia Bautista Arteaga, rebautizada como Mamá María de Jesús. La facción rival, encabezada por una joven de Ciudad Nezahualcóyotl llamada Mamá María Margarita, fue expulsada en septiembre de 1982.
Papá Nabor y la nueva vidente mantuvieron el control férreo. Las profecías apocalípticas se sucedieron, el fin del mundo se anunció para 1980, 1983, 1988 y 1999, sin que ninguna se cumpliera. Sin embargo, los fracasos no debilitaron la fe; al contrario, reforzaron el aislamiento y el miedo como herramientas de cohesión interna. Papá Nabor encarnó un rigorismo piadoso combinado con un dominio total sobre la vida de los fieles. Su personalidad carismática y manipuladora permitió que la comunidad se consolidara como un pueblo con ley propia, amparado por la impunidad y la tolerancia política de gobiernos locales de la época. La ermita se volvió un mundo aparte donde todo —desde el matrimonio hasta la propiedad— dependía de la voluntad del líder.
Al morir Papá Nabor en 2008, su agonía fue documentada en video y transmitida por medios locales. Rodeado de consagrados, sacerdotes y sus monjes, apenas su voz susurró “¡Martín!” designando a su sucesor, Antonio Barajas Lara, quien asumió como monseñor Martín de Tours. Junto a él continuó rigiendo Mamá Catalina, sucesora en la línea de las revelaciones marianas. Martín de Tours preservó intacto el modelo fundacional durante más de diecisiete años. Bajo su liderazgo se vivieron los episodios más visibles de confrontación con el Estado mexicano.
En 2012, obedeciendo supuestos anuncios divinos, los fieles demolieron salones de clases de escuelas públicas. Argumentaban que la educación secular corrompía las almas infantiles y albergaba al diablo. Las autoridades tuvieron que intervenir con policías y aulas provisionales en comunidades vecinas, pero la resistencia persistió. La educación interna siguió controlada por la secta: misas obligatorias al alba para niños y niñas, rosarios, novenas y actos de desagravio que ocupaban la mayor parte del día.
El aislamiento era total. Se prohíbe la entrada de profesores estatales y cualquier influencia exterior. La vida cotidiana está regulada hasta el detalle, actos de culto separados por sexos, distribución vigilada de bienes y un culto permanente a la obediencia que equipara cualquier disidencia con la condenación eterna. El adoctrinamiento comienza desde la infancia y se sostiene mediante el miedo apocalíptico y un régimen de vigilancia donde la delación se considera virtud. Los críticos han señalado que este sistema constituye un lavado de cerebro sistemático, manipulación emocional, negación de autonomía personal y subordinación absoluta al obispo y a las visionarias.
La extrema pobreza, la ignorancia inducida y la dependencia económica del enclave refuerzan el control. A pesar de los escándalos, la comunidad ha sobrevivido gracias a la tolerancia de autoridades locales y al miedo que infunde su estructura teocrática.
Después del fallecimiento de Martín de Tours ascendió como sucesor Juan Carlos Téllez Gómez, secretario del obispo difunto y ya conocido como el obispo San Bernardo Abad y quien presidió los rituales crismales el jueves santo de la Nueva Jerusalén. Su designación busca garantizar la continuidad del modelo fundacional. Poco se conoce de su trayectoria previa, pero la historia de la Nueva Jerusalén indica que el poder se transmite junto con las estructuras de control. La pregunta que surge ahora es si Téllez Gómez mantendrá la línea dura de aislamiento o si, ante las presiones sociales y legales, introducirá alguna apertura mínima. Los antecedentes sugieren que el fanatismo tiende a perpetuarse.
Con la muerte de Martín de Tours termina una era iniciada por Papá Nabor en 1973, pero el modelo permanece. La Nueva Jerusalén sigue siendo, en pleno siglo XXI, un enclave donde la fe se ha convertido en instrumento de dominación absoluta. Decenas de fieles continúan viviendo bajo un régimen de obediencia ciega, convencidos de que solo tras los muros de La Ermita se encuentra la salvación. El Estado mexicano ha tenido que negociar una y otra vez para garantizar el derecho a la educación, mientras la Iglesia católica mantiene su distancia y califica al grupo como cismático.
El desafío actual es si la sucesión logrará mantener unida a una comunidad que vive en permanente estado de sitio espiritual. El tiempo dirá si el fanatismo cede ante la presión exterior o si se radicaliza aún más. Por ahora, en Puruarán, las campanas siguen sonando tras los muros y las revelaciones marianas continúan dictando el destino de cientos de almas atrapadas en un sueño apocalíptico y las profecías que, en 1973, llevaron al cisma que provocó Papá Nabor.